Jueves 7 de agosto: Morir al “yo” cada día
El fundamento del plan de salvación descansa en el sacrificio.
Jesús dejó las cortes reales y se hizo pobre para que por su pobreza nosotros fuésemos enriquecidos. Todos los que participan de esta salvación comprada para ellos por el Hijo de Dios a un sacrificio tan infinito, seguirán el ejemplo del verdadero modelo.
Cristo fue la principal piedra del ángulo y nosotros debemos edificar sobre este fundamento. Todos deben tener un espíritu de abnegación y sacrificio. La vida terrenal de Cristo fue muy abnegada; estuvo señalada por la humillación y el sacrificio. Y los hombres, participantes de la gran salvación que Jesús vino a traerles ¿rehusarán seguir a su Señor y compartir su abnegación y sacrificio? […]. ¿Es el siervo mayor que su Señor? ¿El Redentor del mundo practicará la abnegación y el sacrificio en nuestro favor mientras los miembros del cuerpo de Cristo practican la indulgencia propia? La abnegación es una condición esencial del discipulado.
La cruz y la abnegación señalan la senda de todo seguidor de Cristo. La cruz borra las inclinaciones naturales y la voluntad natural.
Sigamos al Salvador en su sencillez y abnegación. Levantemos al Hombre del Calvario por nuestras palabras y una vida santa (La fe por la cual vivo, p. 153).
Cristo presentó lo que le esperaba y lo ilustró por las cosas de la naturaleza, a fin de que los discípulos pudiesen comprenderlo.
El verdadero resultado de su misión iba a ser alcanzado por su muerte. “De cierto, de cierto os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, él solo queda; mas si muriere, mucho fruto lleva”. Cuando el grano de trigo cae en el suelo y muere, brota y lleva fruto. Así también la muerte de Cristo iba a resultar en frutos para el reino de Dios. De acuerdo con la ley del reino vegetal, la vida iba a ser el resultado de su muerte […].
Con esta verdad, Cristo relaciona la lección de sacrificio propio que todos deben aprender: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará”. Todos los que quieran producir frutos como colaboradores de Cristo deben caer primero en el suelo y morir. La vida debe ser echada en el surco de la necesidad del mundo. El amor y el interés propios deben perecer. La ley del sacrificio propio es la ley de la conservación. El labrador conserva su grano arrojándolo lejos. Así sucede en la vida humana. Dar es vivir. La vida que será preservada es la que se haya dado libremente en servicio a Dios y al hombre. Los que por amor a Cristo sacrifican su vida en este mundo, la conservarán para la eternidad (El Deseado de todas las gentes, p. 575-577).
Viernes 8 de agosto: Para estudiar y meditar
El camino a Cristo, p. 42-48; El Deseado de todas las gentes, p. 140-149.
http://escuelasabatica.es/

(274)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*