Notas de Elena | Jueves 8 de diciembre 2016 | Arrepentido en polvo y ceniza | Escuela Sabática


Jueves 8 de diciembre: Arrepentido en polvo y ceniza
Cuando Job oyó la voz del Señor de entre el torbellino, exclamó: “Me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job 42:6)…
No puede haber glorificación de sí mismo, ni arrogantes pretensiones de estar libre de pecado, por parte de aquellos que andan a la sombra de la cruz del Calvario. Harta cuenta se dan de que fueron sus pecados los que causaron la agonía del Hijo de Dios y destrozaron su corazón; y este pensamiento les inspira profunda humildad. Los que viven más cerca de Jesús son también los que mejor ven la fragilidad y culpabilidad de la humanidad, y su sola esperanza se cifra en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado (El conflicto de los siglos, pp. 524, 525).
Cuántos se aferran tenazmente a lo que creen que es dignidad, y que solo es estima propia. Los tales tratan de honrarse a sí mismos, en vez de esperar con humildad de corazón que Cristo los honre. En la conversación, más tiempo se pasa hablando del yo que exaltando las riquezas de la gracia de Cristo… No han aprendido de Aquel que dice: “Soy manso y humilde de corazón” (S. Mateo 11:29) (A fin de conocerle, p. 177).
Cuando al siervo de Dios se le permite que contemple la gloria del Dios del cielo, cuando el Eterno se quita su velo ante la humanidad, y el hombre comprende aunque solo sea en pequeñísima medida la pureza del Santo de Israel, hará también sorprendentes confesiones de la contaminación de su alma antes que jactarse con altivez de su propia santidad. Isaías exclamó con profunda humillación: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”… la contrición del profeta era genuina. Se sintió completamente insuficiente e indigno cuando la humanidad, con sus debilidades y deformidades, fue puesta en contraste con la perfección de la santidad, de la luz y la gloria divina (Comentario bíblico adventista, t. 4, p. 1162).
La visión dada a Isaías representa la condición de los hijos de Dios en los últimos días. Tienen el privilegio de ver por fe la obra que se está desarrollando en el santuario celestial. “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo”. Mientras miran por fe en el lugar santísimo, y ven la obra de Cristo en el santuario celestial, perciben que son un pueblo de labios impuros, un pueblo cuyos labios a menudo han hablado vanidad y cuyos talentos no han sido santificados y empleados para la gloria de Dios. Con razón podrían entregarse al desaliento al comparar su propia debilidad e indignidad con la pureza y hermosura del carácter de Cristo. Pero hay esperanza para ellos si, como Isaías, reciben el sello que el Señor quiere que se imprima sobre el corazón y si humillan su alma delante de Dios. El arco de la promesa está sobre el trono y la obra realizada a favor de Isaías se realizará en ellos. Dios responderá las peticiones provenientes del corazón contrito.
Queremos que el carbón encendido sacado del altar se coloque sobre nuestros labios. Queremos oír las palabras: “Es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Conflicto y valor, p. 234).
Viernes 9 de diciembre: Para estudiar y meditar
Joyas de los testimonios, t. 3, pp. 268-276.

Escuela Sabática | Lección 11 | Para el 10 de diciembre de 2016 | Desde un torbellino | El libro de Job | Cuarto trimestre 2016 | Guía de Estudio de la Biblia – Maestros – Alumnos | Iglesia Adventista del Séptimo Día

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