Notas de Elena | Jueves 8 de septiembre 2016 | “Buscad, y hallaréis” | Escuela Sabática


Jueves 8 de septiembre:
“Buscad, y hallaréis”

La orden dada en la parábola: “Fuérzalos a entrar”, ha sido a menudo mal interpretada. Se ha considerado que enseña que debemos forzar a los hombres a aceptar el evangelio. Pero denota más bien la urgencia de la invitación, la eficacia de los alicientes presentados. El evangelio nunca emplea la fuerza para llevar los hombres a Cristo. Su mensaje es: “A todos los sedientos: Venid a las aguas”. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven… Y el que quiere, tome del agua de la vida de balde”. El poder del amor y la gracia de Dios nos constriñen a venir. El Salvador dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo”. Él no es ahuyentado por el desprecio o desviado por la amenaza, antes busca continuamente a los perdidos diciendo: “¿Cómo tengo de dejarte?” Aunque su amor sea rechazado por el corazón obstinado, vuelve a suplicar con mayor fuerza: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. El poder conquistador de su amor compele a las almas a acceder (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 186, 187).

El Testigo verdadero dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo”. Toda amonestación, reprensión y súplica de la Palabra de Dios o de sus mensajeros es un llamamiento a la puerta del corazón. Es la voz de Jesús que procura entrada. Con cada llamamiento desoído se debilita la inclinación a abrir. Si hoy son despreciadas las impresiones del Espíritu Santo, mañana no serán tan fuertes. El corazón se vuelve menos sensible y cae en una peligrosa inconsciencia en cuanto a lo breve de la vida frente a la gran eternidad venidera. Nuestra condenación en el juicio no se deberá al hecho de que hayamos estado en el error, sino al hecho de haber descuidado las oportunidades enviadas por el cielo para que aprendiésemos lo que es la verdad (El Deseado de todas las gentes, p. 454).

Cuando vaciáis el corazón del yo, debéis aceptar la justicia de Cristo. Aferraos a ella por fe… Si abrís la puerta del corazón, Jesús llenará el vacío mediante el don de su Espíritu, y entonces podréis ser predicadores vivientes en vuestro hogar, en la iglesia y en el mundo. Podréis difundir la luz, porque los brillantes rayos del Sol de Justicia brillan sobre vosotros. Vuestra vida humilde, vuestra conducta santa, vuestra rectitud e integridad dirán a todos los que os rodean que sois hijos de Dios, herederos del cielo, que no hacéis de este mundo el lugar de vuestra morada, sino que sois peregrinos y extranjeros aquí, que buscáis una patria mejor, la celestial (A fin de conocerle, p. 167).

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