Sábado 27 de septiembre [Se cita S. Mateo 12:46-50] La vida de Cristo se caracterizaba por su ferviente actividad. Aunque a cada paso encontraba oposición, él continua- ba enseñando y sanando a la gente. Parecía que semejante actividad resulta- ba en una carga pesada para él, y esto era una fuente de ansiedad para su familia. Escuchaban que pasaba noches enteras en oración, que todos los días le seguían gran cantidad de personas, y que no tomaba suficiente tiem- po para descansar y comer. Los hijos de José, sus hermanos, convencieron a María, su madre, para que los acompañara. Sabían que su amor por ella podía influir para que actuara de forma más prudente. Sentían que el honor de la familia estaba en juego por las críticas que él recibía; no estaban de acuerdo con sus fuertes denuncias a los dirigentes religiosos de los judíos, y se indignaban por la forma en que acusaba a los escribas y fariseos. Sus obras y enseñanzas producían tumulto por doquiera, y ellos estaban resuel- tos a pedirle que cesara de actuar de esa manera (Signs of the Times, 1 de octubre de 1896). Domingo 28 de septiembre: Santiago, el hermano de Jesús Mientras Jesús estaba todavía enseñando a la gente, sus discípulos traje- ron la noticia de que su madre y sus hermanos estaban afuera y deseaban verle. Él sabía lo que sentían ellos en su corazón, y “respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y hermana, y madre”. Todos los que quisieran recibir a Cristo por la fe iban a estar unidos con él por un vínculo más íntimo que el del parentesco humano. Iban a ser uno con él, como él era uno con el Padre.

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