Notas de Elena | Lección 10 | Felipe como misionero | Escuela Sabática


 

Sábado 29 de agosto

 

Como discípulos de Cristo, como colaboradores suyos, debiéra­mos actuar íntimamente unidos. Algunos se convierten a la verdad de una manera, y a otros se los puede alcanzar mediante la aplicación de un método diferente. Por eso los obreros deben trabajar, unos en una forma, otros en otra, pero íntimamente unidos. A cada cual se le asigna su tarea.

Los que critican a sus compañeros de labor abren una puerta por la cual puede entrar el enemigo. ¿Puede haber algo más triste que ver a un hermano que trabaja en contra de su hermano, que manifiesta sospe­chas y dudas acerca de la sinceridad del otro? Hay lugar para que todos empleemos los talentos que Dios nos ha concedido. Todos estamos trabajando con el único propósito de inspirar fe en la Palabra divina. Por lo tanto, cada cual administre su lengua y obre de tal modo que pueda estar en armonía con los que trabajan con el mismo fin…

El glorioso evangelio, el mensaje del amor redentor de Dios, debe llegar a toda la gente, y se debe manifestar en el corazón de los obreros. El tema de la gracia salvadora es un antídoto para la aspereza de espí­ritu. El amor de Cristo en el corazón se manifestará mediante una obra ferviente en favor de la salvación de las almas (Cada día con Dios, p. 297).

¿Aguardaremos que las profecías del fin se cumplan antes de hablar de ellas? ¿De qué servirían entonces nuestras palabras? ¿Esperaremos hasta que los juicios de Dios caigan sobre el pecador para decirle cómo evitarlos? ¿Dónde está nuestra fe en la Palabra de Dios? ¿Debemos ver realizadas las cosas anunciadas para creer en lo que él nos ha dicho? En claros y distintos rayos, nos ha llegado la luz, enseñándonos que el gran día está cercano “a las puertas”. Leamos y comprendamos antes que sea demasiado tarde.

Hemos de ser conductos consagrados, por los cuales la vida del cielo se comunique a otros. El Espíritu Santo debe animar e impregnar toda la Iglesia, purificando los corazones y uniéndolos unos a otros. Los que han sido sepultados con Cristo por el bautismo deben entrar en una nueva vida, y dar un ejemplo vivo de lo que es la vida de Cristo. Una comisión sagrada nos ha sido confiada. Esta es la orden que nos ha sido dada: “Por tanto, id, y doctrinad a todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19, 20). La obra a la que os habéis consagrado consiste en dar a conocer el evangelio de la salvación. Vuestro poder está en la perfección celestial (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 289).

 

Domingo 30 de agosto: Felipe el evangelista

 

“Pero tú vela en todo, soporta las aflicciones, haz la obra de evan­gelista, cumple tu ministerio”. En este encargo todo ministro tiene esbozada su obra, —una obra que él puede hacer únicamente por el cumplimiento de la promesa que hizo Jesús a sus discípulos: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Los ministros del evangelio, como mensajeros de Dios a sus seme­jantes, no deben nunca perder de vista su misión ni sus responsabilida­des. Si pierden su conexión con el cielo, están en mayor peligro que los demás, y pueden ejercer mayor influencia para mal. Satanás los vigila constantemente, esperando que se manifieste alguna debilidad, por medio de la cual pueda atacarlos con éxito. ¡Y cómo se regocija cuan­do tiene éxito! porque un embajador de Cristo que no esté en guardia, permite al gran adversario arrebatar muchas almas.

El verdadero ministro no hará nada que empequeñezca su cargo sagrado. Se comportará con circunspección, y será prudente en su con­ducta. Obrará como obró Cristo; hará como Cristo. Empleará todas las facultades en la proclamación de las nuevas de salvación a quienes no las conocen. Llenará su corazón una intensa hambre de la justicia de Cristo. Sintiendo su necesidad, buscará con fervor el poder que debe recibir antes de poder presentar con sencillez, veracidad y humildad la verdad tal cual es en Jesús (Obreros evangélicos, pp. 17, 18).

El verdadero ministro de Cristo debería estar rodeado por una atmósfera de luz espiritual, porque está conectado con el mundo de la luz y camina con Cristo, el cual es la luz del mundo. Se pueden rechazar los argumentos, el poder de persuasión y la súplica pueden ser hechos objetos de burla, se puede hacer caso omiso de las apelaciones más elo­cuentes respaldadas por la fuerza de la lógica; pero el carácter viviente de la justicia, la piedad diaria manifestada en todos los órdenes de la vida, la ansiedad que se experimenta por el pecador dondequiera que se encuentra, el espíritu de verdad ardiente en el corazón, que brillan desde el rostro y se respiran en cada palabra que procede de los labios, constituyen un sermón que es muy difícil resistir o descartar, y que hace temblar la ciudadela de Satanás. Los ministros que caminan con Dios están vestidos con la panoplia del cielo, y sus esfuerzos se verán coronados de victoria.

Las personas ocupadas en la grandiosa y solemne tarea de amones­tar al mundo, no solamente deberían tener una experiencia individual en las cosas de Dios, sino que deberían cultivar el amor mutuo, luchar por tener una misma mente, un criterio común, y ver las cosas de la misma manera. La ausencia de este amor complace grandemente a nuestro astuto enemigo. Él es el autor de la envidia, los celos, el odio y la disensión; y se regocija cuando ve que esta vil cizaña ahoga el amor, esa tierna planta de crecimiento celestial.

Dios no se complace cuando ve que sus siervos censuran, critican y condenan a sus semejantes. Él les ha encomendado una tarea especial: la de defender la verdad. Ellos son sus trabajadores; todos deberían respetarlos y ellos se deberían respetar mutuamente (Exaltad a Jesús, P- 219).

 

Lunes 31 de agosto: Servir a las mesas

 

Cuando la gracia de Cristo se exprese en las palabras y obras de los creyentes, la luz brillará hacia los que están en tinieblas, pues mientras los labios pronuncien la alabanza de Dios, la mano se extenderá para ayudar a los que perecen. Leemos que en el día de Pentecostés, cuando descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos, nadie dijo que algo de lo que poseía era suyo. Todo lo que tenían fue entregado para el ade­lanto de una reforma admirable. Y millares se convirtieron en un día. Cuando el mismo espíritu actúe en los creyentes de hoy y devuelvan a Dios lo que es suyo con la misma liberalidad, se realizará una amplia obra muy abarcante.

Los pobres son la heredad de Dios. Cristo ha dado su vida por ellos. Él demanda a aquellos a quienes ha colocado para que actúen como sus mayordomos que den liberalmente de los medios que les han sido confiados para aliviar a los pobres y para sostener la obra de Dios en la tierra. El Señor es rico en recursos. Ha colocado a los hombres para que actúen como sus tesoreros en este mundo. Lo que él les ha dado han de usarlo en el servicio de Dios.

En toda iglesia debe establecerse un fondo para los pobres. Luego cada miembro presentará una ofrenda de agradecimiento a Dios cada semana o cada mes, según resulte más conveniente. Esta ofrenda expresará nuestra gratitud por los dones de la salud, el alimento y las ropas cómodas. Y en la medida en que Dios nos bendijo con estas comodidades, apartaremos recursos para los pobres, los dolientes y los angustiados. Quisiera llamar especialmente la atención de los hermanos a este punto. Recordemos a los pobres. Privémonos de algunos de nues­tros lujos; sí, aun de comodidades, y ayudemos a aquellos que pueden obtener solamente la más escasa alimentación e indumentaria. Al obrar en su favor, obramos para Jesús en la persona de sus santos. Él se iden­tifica con la humanidad doliente. No aguardemos hasta que hayan sido satisfechas todas nuestras necesidades imaginarias. No confiemos en nuestros sentimientos para dar cuando nos sintamos dispuestos a ello, y retener cuando no nos inclinemos a dar. Demos regularmente, sea diez, veinte o cincuenta centavos por semana, según lo que quisiéramos ver anotado en el registro celestial en el día de Dios (El ministerio de la bondad, pp. 285-287).

Los discípulos de Jesús habían llegado a una crisis. Bajo la sabia dirección de los apóstoles, que habían trabajado unidos en el poder del Espíritu Santo, la obra encomendada a los mensajeros del evangelio se había desarrollado rápidamente. La iglesia estaba ensanchándose de continuo, y este aumento de miembros acrecentaba las pesadas cargas de los que ocupaban puestos de responsabilidad. Ningún hombre, ni grupo de hombres, podría continuar llevando esas cargas solo, sin poner en peligro la futura prosperidad de la iglesia. Se necesitaba una distri­bución adicional de las responsabilidades que habían sido llevadas tan fielmente por unos pocos durante los primeros días de la iglesia. Los apóstoles debían dar ahora un paso importante en el perfeccionamiento del orden evangélico en la iglesia, colocando sobre otros algunas de las cargas llevadas hasta ahora por ellos.

Los apóstoles reunieron a los fieles en asamblea, e inspirados por el Espíritu Santo, expusieron un plan para la mejor organización de todas las fuerzas vivas de la iglesia. Dijeron los apóstoles que había llegado el tiempo en que los jefes espirituales debían ser relevados de la tarea de socorrer directamente a los pobres, y de cargas semejantes, pues debían quedar libres para proseguir con la obra de predicar el evangelio (Los hechos de los apóstoles, p. 73).

 

Martes 1 de septiembre: Felipe en Samaria

 

La persecución que sobrevino a la iglesia de Jerusalén dio gran impulso a la obra del evangelio. El éxito había acompañado la ministración de la palabra en ese lugar, y había peligro de que los discípulos permanecieran demasiado tiempo allí, desatendiendo la comisión del Salvador de ir a todo el mundo… Para dispersar a sus representantes, donde pudieran trabajar para otros, Dios permitió que fueran persegui­dos. Ahuyentados de Jerusalén, los creyentes “iban por todas partes anunciando la palabra”…

Al ser esparcidos por la persecución, salieron llenos de celo misio­nero. Comprendían la responsabilidad de su misión. Sabían que en sus manos llevaban el pan de vida para un mundo famélico; y el amor de Cristo los movía a compartir este pan con todos los necesitados. El Señor obró por medio de ellos. Doquiera iban, sanaban los enfermos y los pobres oían la predicación del evangelio.

Felipe, uno de los siete diáconos, fue de los expulsados de Jerusalén. “Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y las gentes escuchaban atentamente unánimes las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos… y muchos paralíticos y cojos eran sanados: así que había gran gozo en aquella ciudad” (Los hechos de los apóstoles, pp. 86-88).

La abnegada labor de los cristianos del pasado debería ser para noso­tros una lección objetiva y una inspiración. Los miembros de la iglesia de Dios deben ser celosos de buenas obras, renunciar a las ambiciones mundanales, y caminar en los pasos de Aquel que anduvo haciendo bie­nes. Con corazones llenos de simpatía y compasión, han de ministrar a los que necesitan ayuda, y comunicar a los pecadores el conocimiento del amor del Salvador. Semejante trabajo requiere empeñoso esfuerzo, pero produce una rica recompensa. Los que se dedican a él con sinceridad de propósito verán almas ganadas al Salvador; porque la influencia que acompaña al cumplimiento práctico de la comisión divina es irresistible.

Tampoco recae únicamente sobre el pastor ordenado la responsabi­lidad de salir a realizar la comisión evangélica. Todo el que ha recibido a Cristo está llamado a trabajar por la salvación de sus prójimos. “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga; Ven” (Apocalipsis 22:17). A toda la iglesia incumbe el deber de dar esta invitación. Todo el que la ha oído ha de hacer repercutir este mensaje por valles y mon­tes: “Ven”.

Es un error fatal suponer que la obra de salvar almas depende solamente del ministerio. El humilde y consagrado creyente a quien el Señor de la viña le ha dado preocupación por las almas, debe ser animado por los hombres a quienes Dios ha confiado mayores respon­sabilidades. Los dirigentes de la iglesia de Dios han de comprender que la comisión del Salvador se da a todo el que cree en su nombre. Dios enviará a su viña a muchos que no han sido dedicados al ministerio por la imposición de las manos (Los hechos de los apóstoles, pp. 90, 91).

 

Miércoles 2 de septiembre: Con el etíope

 

Este etíope era hombre de buena posición y amplia influencia. Dios vio que, una vez convertido, comunicaría a otros la luz recibida, y ejercería poderoso influjo en favor del evangelio. Los ángeles del Señor asistían a este hombre que buscaba luz, y le atraían al Salvador. Por el ministerio del Espíritu Santo, el Señor lo puso en relación con quien podía conducirlo a la luz.

A Felipe se le mandó que fuese al encuentro del etíope y le expli­case la profecía que iba leyendo… Entonces Felipe le declaró la gran verdad de la redención. Comenzando desde dicho pasaje de la Escritura, “le anunció el evangelio de Jesús”.

El corazón del etíope se conmovió de interés cuando Felipe le explicó las Escrituras, y al terminar el discípulo, el hombre se mostró dispuesto a aceptar la luz que se le daba. No alegó su alta posición mundana como excusa para rechazar el evangelio. “Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Y Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro: y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y bautizóle.

Este etíope simboliza una numerosa clase de personas que necesita ser enseñada por misioneros como Felipe, esto es por hombres que escuchen la voz de Dios y vayan adonde él los envíe. Muchos leen las Escrituras sin comprender su verdadero sentido. En todo el mundo, hay hombres y mujeres que miran fijamente al cielo. Oraciones, lágrimas e interrogaciones brotan de las almas anhelosas de luz en súplica de gracia y de la recepción del Espíritu Santo. Muchos están en el umbral del reino esperando únicamente ser incorporados en él.

Un ángel guio a Felipe a uno que anhelaba luz y estaba dispuesto a recibir el evangelio. Hoy también los ángeles guiarán los pasos de aquellos obreros que consientan en que el Espíritu Santo santifique sus lenguas y refine y ennoblezca sus corazones.

El ángel enviado a Felipe podría haber efectuado por sí mismo la obra en favor del etíope; pero no es tal el modo que Dios tiene de obrar. Su plan es que los hombres trabajen en beneficio de sus prójimos (Los hechos de los apóstoles, pp. 88-90).

El tema de la redención es un tema que los ángeles desean escudri­ñar; será la ciencia y el canto de los redimidos durante las interminables edades de la eternidad. ¿No es un pensamiento digno de atención y estudio ahora? La infinita misericordia y el amor de Jesús, el sacrificio hecho en nuestro favor, demandan de nosotros la más seria y solem­ne reflexión. Debemos espaciamos en el carácter de nuestro querido Redentor e Intercesor. Debemos meditar sobre la misión de Aquel que vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Cuando contemplemos así los asuntos celestiales, nuestra fe y amor serán más fuertes y nuestras oraciones más aceptables a Dios, porque se elevarán siempre con más fe y amor. Serán inteligentes y fervientes. Habrá una confianza constante en Jesús y una experiencia viva y diaria en su poder de salvar comple­tamente a todos los que van a Dios por medio de él.

A medida que meditemos en la perfección del Salvador, deseare­mos ser enteramente transformados y renovados conforme a la imagen de su pureza. Nuestra alma tendrá hambre y sed de ser hecha como Aquel a quien adoramos. Mientras más concentremos nuestros pensa­mientos en Cristo, más hablaremos de él a otros y lo representaremos ante el mundo (El camino a Cristo, pp. 88, 89).

 

Jueves 3 de septiembre: Felipe como evangelista, padre y huésped

 

A Felipe se le infundió el deseo de entrar en lugares nuevos, y de abrir camino. Un ángel, que estaba observando toda oportunidad posible de relacionar a los hombres con sus semejantes, le dio las instrucciones. Felipe fue enviado “hacia el sur, por el camino que des­ciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto” (Hechos 8:26). Esto lo puso en contacto con un hombre de mucha influencia, quien, una vez convertido, comunicaría a otros la luz de la verdad. El Señor, obrando por medio de Felipe, hizo que el hombre se convenciera de la verdad, y fuera convertido y bautizado. Él fue un oyente del camino, un hombre de buena posición, que ejercería una fuerte influencia en favor de la verdad.

Hoy, al igual que entonces, los ángeles del cielo están esperando para guiar a los hombres a sus semejantes. Un ángel le mostró a Felipe dónde encontrar a este hombre que estaba listo para recibir la verdad, y hoy los ángeles de Dios guiarán y dirigirán los pasos de los obreros que permitan que el Espíritu Santo santifique sus lenguas y retine y ennoblezca sus corazones (Recibiréis poder, p. 279).

Los padres y las madres deben comprender su responsabilidad. El mundo está lleno de trampas para los jóvenes. Muchísimos son atraí­dos por una vida de placeres egoístas y sensuales. No pueden discernir los peligros ocultos o el fin temible de la senda que a ellos les parece camino de la felicidad. Cediendo a sus apetitos y pasiones, malgastan sus energías, y millones quedan perdidos para este mundo y para el venidero. Los padres deberían recordar siempre que sus hijos tienen que arrostrar estas tentaciones. Deben preparar al niño desde antes de su nacimiento para predisponerlo a pelear con éxito las batallas contra el mal.

Los padres necesitan a cada paso una sabiduría más que humana a fin de comprender cómo educar mejor a sus hijos para una vida útil y feliz aquí, y para un servicio más elevado y un mayor gozo en el más allá (Conducción del niño, p. 21).

 

Viernes 4 de septiembre: Para estudiar y meditar

 

Los hechos de los apóstoles, pp. 85-91.

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