Notas de Elena | Lección 11 | El pacto | Escuela Sabática | Cuarto trimestre


 Sábado 5 de diciembre

El Señor pide que haya una reforma decidida. Y cuando un alma se reconvierta verdaderamente… que renueve su pacto con Dios, y Dios renovará su pacto con ella… Que tanto los ángeles como los seres humanos vean que con Dios hay perdón de los pecados. Un poder extraordinario de parte de Dios debe apoderarse de las iglesias adventistas del séptimo día. Entre los miembros se debe producir una reconversión, para que sean testigos de Dios y demuestren la autoridad del poder de la verdad que santifica el alma. La iglesia debe ser renovada, purificada y santificada, de lo contrario caerá sobre ella la ira de Dios con una fuerza muy superior que sobre los que nunca han profesado ser santos.

Los que sean santificados por la verdad demostrarán que ésta ha producido una reforma en sus vidas, y que los está preparando para ser trasladados al mundo celestial. Pero mientras en la vida predominen el orgullo, la envidia y las malas conjeturas, Cristo no podrá reinar en el corazón. Su amor no estará presente en el alma. En la vida de los que han llegado a ser participantes de la naturaleza divina, hay evidencia de que se ha crucificado el espíritu altivo y autosuficiente que conduce a la exaltación del yo. En su lugar mora el espíritu de Cristo, y los frutos del Espíritu aparecen en la vida. Cuando poseen la mente de Cristo, sus seguidores revelan las gracias de su carácter {Exaltad a Jesús, p. 295).

Bajo el nuevo pacto, las condiciones por las que se puede obtener la vida eterna son las mismas que bajo el antiguo: una obediencia perfecta. Bajo el antiguo pacto, había muchas ofensas de carácter insolente y atrevido para las que no había un sacrificio especificado por la ley. En el nuevo y mejor pacto, Cristo ha satisfecho la ley en lugar de los transgresores de la ley, si ellos quieren recibirlo por fe como un Salvador personal… Misericordia y perdón son las recompensas de todos los que acuden a Cristo confiando en sus méritos para que les quite los pecados. En el mejor pacto, somos limpiados del pecado por la sangre de Cristo… El pecador es incapaz de expiar un solo pecado. El poder está en el don gratuito de Cristo, una promesa apreciada únicamente por los que se percatan de sus pecados y los olvidan poniendo su alma desvalida sobre Cristo (A fin de conocerle, p. 301).

Domingo 6 de diciembre: El pacto de Dios con toda la humanidad

Dios es abundante en amor y misericordia; pero de ninguna manera disculpará a aquellos que descuidan la gran salvación que él ha provisto. Los

antediluvianos de larga vida fueron borrados de la tierra porque se desentendieron de la ley divina. Dios no volverá a traer aguas de los cielos y de abajo de la tierra como sus armas para ser usadas en la destrucción del mundo, pero cuando dentro de poco su venganza se derrame sobre aquellos que desprecian su autoridad, serán destruidos por el fuego que está oculto en las entrañas de la tierra, puesto en intensa actividad por los fuegos del cielo. Entonces de la tierra purificada surgirá un canto de alabanza: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, sea la bendición, y la honra, y la gloria, y el poder, para siempre jamás” (Apocalipsis 5:13). “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos”. Y todo aquel que haya hecho de los tesoros celestiales su primera consideración… se unirá a los acordes gozosos y triunfantes (.Nuestra elevada vocación, p. 254).

Dice el profeta: “Porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia. Alcanzará piedad el impío, y no aprenderá justicia… y no mirará a la majestad de Jehová” (Isaías 26:9,10). Así ocurrió después del diluvio. Y a libres de los castigos del Señor, los habitantes de la tierra se rebelaron de nuevo contra él. Dos veces el pacto de Dios y sus estatutos fueron desechados por el mundo. Tanto los antediluvianos como los descendientes de Noé rechazaron la autoridad divina (.Patriarcas y profetas, p. 343).

A medida que se acerca el fin, los testimonios de los siervos de Dios se harán más decididos y más poderosos, arrojando la luz de la verdad sobre los sistemas de error y opresión que por tanto tiempo han tenido la supremacía. El Señor ha enviado sus mensajes para este tiempo, para establecer el cristianismo sobre una base eterna, y todos los que creen la verdad presente deben estar firmes, no en su propia sabiduría, sino en Dios, y levantar los fundamentos de muchas generaciones. Ellos serán registrados en los libros del cielo como reparadores de brechas, restauradores de calzadas para habitar (Isaías 58:12). Debemos sostener la verdad porque es la verdad, a pesar de la más acerba oposición.

Nos sobrevendrán tentaciones. La iniquidad abunda donde menos la esperáis. Se abrirán negros capítulos que son de los más terribles que agobiarán al alma; pero no necesitamos fracasar ni desalentamos mientras sepamos que el arco de la promesa está sobre el trono de Dios.

Nos veremos sujetos a pesadas pruebas, oposición y aflicciones; pero sabemos que Jesús pasó por todo esto. Estas experiencias son valiosas para nosotros. Las ventajas no están de ninguna manera limitadas a esta corta vida. Alcanzan los siglos eternos…

A medida que nos acercamos al fin de la historia de esta tierra, o avanzamos más y más rápidamente en el crecimiento cristiano, o retrocedemos en proporción igualmente decidida (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 464, 465).

Cristo dijo: “Todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo”. Y el amado Juan, por la inspiración del Espíritu Santo, dice con gran claridad y certeza: “Si demandáremos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquier cosa que demandáremos, sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéremos demandado”. Presentad, pues, vuestra petición ante el Padre en el nombre de Jesús. Dios honrará tal nombre.

El arco iris rodea el trono como una seguridad de que Dios es verdadero, que en él no hay mudanza ni sombra de variación (.Palabras de vida del gran Maestro, pp. 113, 114).

Lunes 7 de diciembre: El pacto con Abraham

Así como la Biblia presenta dos leyes, una inmutable y eterna, la otra provisional y temporaria, así también hay dos pactos. El pacto de la gracia se estableció primeramente con el hombre en el Edén, cuando después de la caída se dio la promesa divina de que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza. Este pacto puso al alcance de todos los hombres el perdón y la ayuda de la gracia de Dios para obedecer en lo futuro mediante la fe en Cristo. También les prometía la vida eterna si eran fieles a la ley de Dios. Así recibieron los patriarcas la esperanza de la salvación.

Este mismo pacto le fue renovado a Abraham en la promesa: “En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra” (Génesis 22:18). Esta promesa dirigía los pensamientos hacia Cristo. Así la entendió Abraham (Véase Gálatas 3:8,16), y confió en Cristo para obtener el perdón de sus pecados. Fue esta fe la que se le contó como justicia. El pacto con Abraham también mantuvo la autoridad de la ley de Dios. El Señor se le apareció y le dijo: “Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto”. El testimonio de Dios respecto a su siervo fiel fue: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”. Y el Señor le declaró: “Estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu simiente después de ti en sus generaciones, por alianza perpetua, para serte a ti por Dios, y a tu simiente después de ti” (Génesis 17:1, 7; 26:5).

Aunque este pacto fue hecho con Adán, y más tarde se le renovó a Abraham, no pudo ratificarse sino hasta la muerte de Cristo. Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se indicó por primera vez la posibilidad de redención. Fue aceptado por fe: no obstante, cuando Cristo lo ratificó fue llamado el pacto nuevo. La ley de Dios fue la base de este pacto, que era sencillamente un arreglo para restituir al hombre a la armonía con la voluntad divina, colocándolo en situación de poder obedecer la ley de Dios (Patriarcas y profetas, pp. 386, 387).

Debemos establecer una enemistad inexorable entre nuestras almas y nuestro adversario; pero debemos abrir nuestros corazones al poder y la influencia del Espíritu Santo… Necesitamos llegar a ser tan sensibles a las santas influencias, que el menor susurro de Jesús conmueva nuestras almas hasta que él esté en nosotros y nosotros en él, viviendo por la fe del Hijo de Dios.

Necesitamos ser refinados, limpiados de toda mundanalidad, hasta que reflejemos la imagen de nuestro Salvador y lleguemos a ser “participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:4). Entonces nos deleitaremos en hacer la voluntad de Dios, y Cristo podrá presentamos ante el Padre y ante los santos ángeles como aquellos que permanecen en él, y no se avergonzará de llamamos sus hermanos.

Pero no nos jactemos de nuestra santidad. Al tener una visión más clara del inmaculado carácter de Cristo y de su infinita pureza, nos sentiremos como Daniel cuando contempló la gloria del Señor, y dijo: “Mi fuerza se cambió en desfallecimiento” (Daniel 10:8).

No podremos decir: “Yo soy impecable”, hasta que este cuerpo vil sea transformado a la semejanza de su cuerpo glorioso. Pero si constantemente tratamos de seguir a Jesús, tenemos la bendita esperanza de estar en pie delante del trono de Dios, sin mancha ni amiga ni cosa semejante; completos en Cristo, vestidos con el manto de su justicia y perfección (Mensajes Selectos, tomo 3, pp. 405, 406).

Martes 8 de diciembre: El pacto en el Sinaí

El favor de Dios para con los hijos de Israel había dependido siempre de que obedeciesen. Al pie del Sinaí habían hecho con él un pacto como su “especial tesoro sobre todos los pueblos”. Solemnemente habían prometido seguir por la senda de la obediencia. Habían dicho: “Todo lo que Jehová ha dicho haremos” (Éxodo 19:5, 8). Y cuando, algunos días más tarde, la ley de Dios fue pronunciada desde el monte y por medio de Moisés se dieron instrucciones adicionales en forma de estatutos y juicios, los israelitas volvieron a prometer a una voz: “Todo lo que Jehová ha dicho haremos”. Cuando se ratificó el pacto, el pueblo volvió a declarar unánimemente: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:3, 7). Dios había escogido a Israel como su pueblo, y éste le había escogido a él como su Rey.

Al acercarse el fin de las peregrinaciones por el desierto, se repitieron las condiciones del pacto. En Baal-peor, en los lindes de la tierra prometida, donde muchos cayeron víctimas de la tentación sutil, los que permanecieron fíeles renovaron sus votos de lealtad. Moisés los puso en guardia contra las tentaciones que los asaltarían en el futuro; y los exhortó fervorosamente a que permaneciesen separados de las naciones circundantes y adorasen a Dios solo.

Moisés había instruido así a Israel: “Ahora pues, oh Israel, oye los estatutos y derechos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis, y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres te da. No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno… Guardadlos, pues, y ponedlos por obra: porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia en ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, gente grande es ésta” (Deuteronomio 4:1-6).

Se les había encargado especialmente a los israelitas que no olvidasen los mandamientos de Dios, en cuya obediencia hallarían fortaleza y bendición. He aquí las palabras que el Señor les dirigió por Moisés: “Guárdate, y guarda tu alma con diligencia, que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida: y enseñarlas has a tus hijos, y a los hijos de tus hijos” (vers. 9). Las escenas pavorosas relacionadas con la promulgación de la ley en el Sinaí no debían olvidarse jamás. Habían sido claras y decididas las advertencias dadas a Israel contra las costumbres idólatras que prevalecían entre las naciones vecinas {Profetas y reyes, pp. 219, 220).

Necesitamos comprender la necesidad de ejercer una fe que sea aceptable a Dios: la fe que obra por el amor y purifica el alma. Sin fe es imposible escuchar la Palabra en forma tal que sea de provecho, aun cuando se la presente de la manera más impresionante…

A menos que mezclemos la fe con el oír la Palabra, a menos que recibamos las verdades que escuchamos como un mensaje proveniente del Cielo para ser cuidadosamente estudiado, para ser ingerido por el alma y asimilado en la vida espiritual, perderemos las impresiones que hizo el Espíritu de Dios. No comprendemos por experiencia lo que significa hallar descanso por la aceptación de la divina seguridad de la Palabra.

No se puede exagerar la importancia del estudio de la Palabra. Sus promesas son grandes y llenas de riqueza. En ningún caso debiéramos dejar de aseguramos el tesoro celestial. Cristo es nuestra única seguridad {Alza tus ojos, p. 73).

Miércoles 9 de diciembre: El nuevo pacto – parte 1

Las bendiciones del nuevo pacto se basan únicamente en la misericordia manifestada en el perdón de la injusticia y el pecado. El Señor especifica: “Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12). Todos los que se humillan de corazón, confesando sus pecados, hallarán misericordia, gracia y seguridad.

¿Ha dejado Dios de ser justo al manifestar misericordia con los pecadores? ¿Ha deshonrado su santa ley, y pasará, por lo tanto, por encima de ella? Dios es fiel. No cambia. Las condiciones de la salvación siguen siendo las mismas. La

vida, la vida eterna, es para todos los que obedecen la ley de Dios. La perfecta obediencia, manifestada en pensamiento, palabra y obra, es ahora tan esencial como cuando el intérprete de la ley dijo: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?… haz esto y vivirás” (Lucas 10:25-28) (A fin de conocerle, p. 301).

Los judíos consideraban que su descendencia natural de Abraham les daba derecho a esta promesa. Pero pasaban por alto las condiciones que Dios había especificado. Antes de hacer la promesa, había dicho: “Daré mi ley en sus entrañas, y escribiréla en sus corazones; y seré yo a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo… Porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”.

El favor de Dios se asegura a aquellos en cuyo corazón está escrita su ley. Son uno con él. Pero los judíos se habían separado de Dios. A causa de sus pecados, estaban sufriendo bajo sus juicios. Esta era la causa de su servidumbre a una nación pagana. Los intelectos estaban obscurecidos por la transgresión, y porque en tiempos pasados el Señor les había mostrado tan grande favor, disculpaban sus pecados. Se lisonjeaban de que eran mejores que otros hombres, con derecho a sus bendiciones…

Juan declaró a los maestros de Israel que su orgullo, egoísmo y crueldad demostraban que eran una generación de víboras, una maldición mortal para el pueblo, más bien que los hijos del justo y obediente Abraham (El Deseado de todas las gentes, pp. 81, 82).

Jueves 10 de diciembre: El nuevo pacto – parte 2

Antes de su conversión, Pablo se había considerado, “cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:6). Pero desde que cambiara de corazón, había adquirido un claro concepto de la misión del Salvador como Redentor de toda la especie, gentiles tanto como judíos, y había aprendido la diferencia entre una fe viva y un muerto formalismo. A la luz del evangelio, los antiguos ritos y ceremonias confiados a Israel habían adquirido un nuevo y más profundo significado. Las cosas prefiguradas por ellos se habían producido, y los que vivían bajo la dispensación evangélica habían sido relevados de su observancia. Sin embargo, Pablo todavía guardaba tanto en el espíritu como en la letra, la inalterable ley divina de los diez mandamientos (Los hechos de los apóstoles, p. 154).

Al participar con sus discípulos del pan y del vino, Cristo se comprometió como su Redentor. Les confió el nuevo pacto, por medio del cual todos los que le reciben llegan a ser hijos de Dios, coherederos con Cristo. Por este pacto, venía a ser suya toda bendición que el cielo podía conceder para esta vida y la venidera. Este pacto había de ser ratificado por la sangre de Cristo. La administración del sacramento había de recordar a los discípulos

el sacrificio infinito hecho por cada uno de ellos como parte del gran conjunto de la humanidad caída {El Deseado de todas las gentes, p. 613).

Al participar del pan quebrantado y del fruto de la vid en la cena del Señor, recordamos su muerte hasta que él venga. Así se renuevan en nuestra memoria las escenas de su pasión y muerte. Conmemoramos la resurrección de Cristo al ser sepultados con él en el bautismo y levantamos de la tumba líquida para vivir en novedad de vida a semejanza de su resurrección.

Se me mostró que la ley de Dios permanecerá inalterable por siempre y regirá en la nueva tierra por toda la eternidad. Cuando en la creación se echaron los cimientos de la tierra, los hijos de Dios contemplaron admirados la obra del Creador, y la hueste celestial prorrumpió en exclamaciones de júbilo. Entonces se echaron también los cimientos del sábado. Después de los seis días de la creación, Dios reposó el séptimo, de toda la obra que había hecho, y lo bendijo y santificó, porque en dicho día había reposado de toda su obra. El sábado fue instituido en el Edén antes de la caída, y lo observaron Adán y Eva y toda la hueste celestial. Dios reposó en el séptimo día, lo bendijo y lo santificó. Vi que el sábado nunca será abolido, sino que los santos redimidos y toda la hueste angélica lo observarán eternamente en honra del gran Creador {Primeros escritos, pp. 216, 217).

Viernes 11 de diciembre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 342-351.

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