Sábado 5 de septiembre

En ocasión de la conversión de Pablo, el Señor había declarado que había de ser ministro a los gentiles, para abrir “sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados” (Hechos 26:18). El ángel que le apareció a Ananías le había dicho de Pablo: “Instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel” (Hechos 9:15). Y Pablo mismo, más tarde en su vida cristiana, mientras oraba en el templo de Jerusalén, había sido visitado por un ángel del cielo, que le ordenó: “Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los Gentiles” (Hechos 22:21).

Así el Señor había mandado a Pablo que entrase en el vasto campo misionero del mundo gentil. A fin de prepararlo para esta extensa y difícil tarea, Dios le había atraído en estrecha comunión consigo y había abierto ante su arrobada visión las bellezas y glorias del cielo. Se le había confia­do el ministerio de hacer conocer el “misterio” que había estado “encu­bierto desde los tiempos eternos”, “el misterio de su voluntad… el cual misterio en los otros siglos no se dio a conocer a los hijos de los hombres como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas en el Espíritu: Que los gentiles sean juntamente herederos, e incorporados, y consortes de su promesa en Cristo por el evangelio; del cual —declara Pablo— yo soy hecho ministro… A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, es dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dis­pensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que crio todas las cosas. Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna, que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 16:25; Efesios 1:9; 3:5-11) (Los hechos de los apóstoles, pp. 129, 130).

Entre aquellos que fueron llamados a predicar el evangelio de Cristo, descuella el apóstol Pablo, y es para cada ministro un ejemplo de lealtad, consagración y esfuerzo incansable. Su experiencia y sus instrucciones acerca del carácter sagrado de la obra ministerial, son una fuente de ayuda e inspiración para aquellos que están empeñados en el ministerio evangélico.

Antes de su conversión, Pablo era un acérrimo perseguidor de los discípulos de Cristo. Pero ante las puertas de Damasco le habló una voz, resplandeció en su alma la luz del cielo, y en la revelación que recibió del Crucificado, contempló lo que cambió todo el curso de su vida. Desde entonces en adelante, el amor por el Señor de gloria, a quien había perseguido tan implacablemente en la persona de sus santos, lo superaba todo. Le había sido dado el ministerio de dar a conocer el “misterio encubierto desde tiempos eternos”. “Instrumento escogido me es éste —declaró el Angel que le apareció a Ananías— para que lleve mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel”.

Y durante todo su largo servicio, Pablo no vaciló nunca en su leal­tad al Salvador. “No hago cuenta de haberlo ya alcanzado —escribió a los filipenses— pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Obreros evangélicos, p. 59).

 

Domingo 6 de septiembre: Saulo de Tarso

 

Saulo de Tarso sobresalía entre los dignatarios judíos que se habían excitado por el éxito de la proclamación del evangelio. Aunque ciuda­dano romano por nacimiento, era Saulo de linaje judío, y había sido educado en Jerusalén por los más eminentes rabinos. Era Saulo “del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; cuanto a la ley, fariseo; cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:5, 6). Los rabinos lo consideraban como un joven muy promisorio, y acariciaban grandes esperanzas respecto a él como capaz y celoso defensor de la antigua fe. Su elevación a miembro del Sanedrín lo colocó en una posición de poder (Los hechos de los apóstoles, p. 92).

El gran apóstol a los gentiles, ¿hizo un verdadero sacrificio cuando cambió el farisaísmo por el evangelio de Cristo? Contestamos que no. Con decidido propósito dio las espaldas a la riqueza, a los amigos y a la distinción social, a los honores públicos y a sus parientes a quienes amaba tierna y sinceramente. Prefirió ligar su nombre y su destino con los de un pueblo a quien había considerado lo más bajo y despreciable de todas las cosas. Pero por amor de Cristo sufrió la pérdida de todo. Sus obras fueron más abundantes que las de cualquiera de los discípu­los y sus sufrimientos excedieron toda medida. Fue golpeado con vara, apedreado, naufragó, a menudo estuvo en peligro de muerte. Estuvo en peligro en el mar y en la tierra, en la ciudad y en el desierto, a causa de los ladrones y de sus propios conciudadanos. Prosiguió su misión aquejado por continuas flaquezas, por el dolor, por el cansancio, por las vigilias, por el frío, por la desnudez… Cuando respondió ante el sanguinario Nerón, ningún hombre lo acompañó…

Pablo fue un ejemplo vivo de lo que cada cristiano debería ser. Vivió para la gloria de Dios. Sus palabras nos llegan resonando a tra­vés del tiempo: “Para mí el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21) (Nuestra elevada vocación, p. 365).

Los que aman a Jesús y a las almas por quienes él murió, buscarán las cosas que contribuyan a la paz. Pero deben cuidarse, no sea que en sus esfuerzos por prevenir la discordia renuncien a la verdad, no sea que al evitar la división estén sacrificando los principios. La verdadera fraternidad nunca puede ser mantenida al comprometer los principios. Cuando los cristianos se acercan al modelo de la semejanza a Cristo y llegan a ser puros en espíritu y en acción, sentirán el veneno de la serpiente. Un cristianismo que es espiritual provoca la oposición de los hijos de la desobediencia… Esa paz y armonía que se obtienen por concesiones mutuas para evitar toda diferencia de opinión no merecen esos nombres. A veces se deberían hacer concesiones en asuntos que se relacionan con los sentimientos entre un hombre y otro; pero nunca debería sacrificarse ni una jota de los principios para obtener armonía (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, p. 250).

 

Lunes 7 de septiembre: Pablo, el hombre

 

Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que da la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión sin excusa por el peca­do, ni intento de justificación propia. San Pablo no procura defenderse; pinta su pecado como es, sin intentar atenuar su culpa. Dice: “Lo cual también hice en Jerusalén, encerrando yo mismo en la cárcel a muchos de los santos habiendo recibido autorización de parte de los jefes de los sacerdotes; y cuando se les daba muerte, yo echaba mi voto contra ellos. Y castigándolos muchas veces, por todas las sinagogas, les hacía fuerza para que blasfemasen; y estando sobremanera enfurecido contra ellos, iba en persecución de ellos hasta las ciudades extranjeras” (Hechos 26:10, 11). Sin vacilar declara: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores; de los cuales yo soy el primero” (1 Timoteo 1:15). El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios (El camino a Cristo, pp. 40, 41).

¿Dedicó Pablo su precioso tiempo a hablar de sus aflicciones? No; desvió la atención de sí mismo a Jesús. No vivió para lograr su propia felicidad, y sin embargo fue feliz… “Sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Corintios 7:4). Y en los últimos días de su vida, teniendo en vista la muerte del martirio, exclamó con satisfacción: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). Y fijando su vista en el futuro inmortal, el cual había sido el motivo grande e inspirador de toda su carrera, añadió: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día”; y entonces este hombre que vivió para otros se olvida de sí mismo, y dice: “y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida”. ¡Oh, noble hombre de fe! (Nuestra elevada vocación, p. 365).

Pablo, el más grande maestro humano, aceptaba tanto los deberes más humildes como los más elevados. Reconocía la necesidad del trabajo, tanto para las manos como para la mente, y desempeñaba un oficio para mantenerse. Se dedicaba a la fabricación de tiendas mientras predicaba diariamente el evangelio en los grandes centros civilizados. “Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo —dijo cuando se despedía de los ancianos de Efeso— estas manos me han servido”.

Al par que poseía altas dotes intelectuales, Pablo revelaba en su vida el poder de una sabiduría aún más rara. Sus enseñanzas, ejemplifi­cadas por su vida, revelan principios de la más profunda significación, que eran ignorados por los grandes espíritus de su tiempo. Poseía la más elevada de todas las sabidurías que da una pronta perspicacia y simpa­tía, que pone al hombre en contacto con los hombres, y lo capacita para despertar la naturaleza mejor de sus semejantes e inspirarles a vivir una vida más elevada (La educación, p. 66).

 

Martes 8 de septiembre: De Saulo a Pablo

 

Los rabinos se enorgullecían de su superioridad, no solo sobre los habitantes de otras naciones, sino sobre las multitudes de la suya propia. Dominados por el odio hacia sus opresores romanos, abrigaban la deter­minación de recobrar por la fuerza de las armas su supremacía nacional. Odiaban y daban muerte a los seguidores de Jesús, cuyo mensaje de paz era tan opuesto a sus proyectos ambiciosos. Y en esta persecución Pablo era uno de los más crueles e implacables actores…

A las puertas de Damasco, la visión del Crucificado cambió todo el curso de su vida. El perseguidor se convirtió en discípulo, el maestro en alumno. Los días de oscuridad pasados en la soledad, en Damasco, fueron como años para su vida. Su estudio lo constituían las Escrituras del Antiguo Testamento, atesoradas en su memoria, y Cristo era su Maestro. También fue para él una escuela la soledad de la naturaleza. Fue al desierto de Arabia para estudiar las Escrituras y aprender de Dios. Limpió su alma de los prejuicios y las tradiciones que habían amoldado su vida y recibió instrucción de la Fuente de verdad.

Su vida ulterior fue inspirada por el principio de la abnegación, el ministerio del amor. “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios — dijo— soy deudor”. “El amor de Cristo nos constriñe” (La educación, pp. 65, 66).

La revelación del amor de Dios al hombre tiene su centro en la cruz. No hay lengua que pueda expresar su pleno significado; no hay pluma que pueda describirla; no hay mente humana que la pueda com­prender… Cristo crucificado por nuestros pecados, Cristo resucitado de los muertos, Cristo ascendido a lo alto, es la ciencia de la salvación que hemos de aprender y enseñar (La maravillosa gracia de Dios, p. 178).

Cada alma convertida tiene una obra que hacer. Debemos recibir gracia para dispensarla gratuitamente. Debemos permitir que alumbre la luz que proviene de la Estrella resplandeciente de la mañana, para que esa luz resplandezca mediante obras de abnegación y sacrificio, siguiendo el ejemplo que Cristo nos ha dado mediante su propia vida y su carácter. Debemos recibir de la raíz esa savia que nos capacitará para llevar mucho fruto. Toda alma que haya escuchado la divina invitación debe comunicar el mensaje desde la colina hasta el valle, diciendo a todos aquellos que se relacionan con ella: “Ven”…

Cada verdadero creyente capta los rayos de la Estrella matutina, y transmite su luz a los que se hallan en tinieblas. No solo resplande­cen en medio de las tinieblas de su propio vecindario, sino que como iglesia envían la luz a las regiones distantes. El Señor espera que cada cual cumpla su deber. Todo el que se une con la iglesia debe unirse a Cristo también para difundir los rayos de la Estrella matutina, y debe convertirse en la luz del mundo. Cristo y su pueblo serán copartícipes en la gran tarea de salvar a la humanidad (Cada día coa Dios, p. 327).

 

Miércoles 9 de septiembre: Pablo en el campo misionero

 

Pablo habló a los judíos tesalonicenses de su celo anterior por la ley ceremonial, y del asombroso suceso que le había ocurrido junto a las puertas de Damasco. Antes de su conversión había confiado en una piedad heredada, una falsa esperanza. Su fe no había estado anclada en Cristo; en vez de eso, había confiado en formas y ceremonias. Su celo por la ley había estado desvinculado de la fe en Cristo, y no tenía ningún valor. Mientras se vanagloriaba de ser intachable en el cumpli­miento de los requerimientos de la ley, había rechazado a Aquel que daba valor a la ley.

Pero al convertirse, todo había cambiado. Jesús de Nazaret, a quien había estado persiguiendo en la persona de sus santos, se le apareció como el Mesías prometido. El perseguidor le vio como el Hijo de Dios que había venido a la tierra en cumplimiento de las profecías, y en cuya vida se cumplían todas las especificaciones de los Escritos Sagrados.

Mientras Pablo proclamaba con santa audacia el evangelio en la sinagoga de Tesalónica, se derramaron raudales de luz sobre el verda­dero significado de los ritos y ceremonias relacionados con el servicio del tabernáculo. Condujo el pensamiento de sus oyentes más allá del servicio terrenal y del ministerio de Cristo en el Santuario celestial, al tiempo cuando, habiendo completado su obra mediadora, Cristo volverá con poder y grande gloria y establecerá su reino en la tierra. Pablo creía en la segunda venida de Cristo. Tan clara y vigorosamente presentó las verdades concernientes a este suceso, que ellas hicieron en la mente de muchos que oían una impresión que nunca se borró (Los hechos de los apóstoles, p. 185).

El apóstol Pablo sentía una profunda responsabilidad por los que se convertían por sus labores. Por encima de todas las cosas, anhelaba que fueran fieles, “para que yo pueda gloriarme en el día de Cristo — decía— que no he corrido en vano, ni trabajado en vano” (Filipenses 2:16). Temblaba por el resultado de su ministerio. Sentía que hasta su propia salvación podría estar en peligro si no cumpliera su deber y la iglesia no cooperase con él en la obra de salvar almas. Sabía que la sola predicación no bastaba para enseñar a los creyentes a proclamar la palabra de vida. Sabía que línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poquito aquí y otro poquito allí, debían ser enseñados a progresar en la obra de Cristo.

Es un principio universal que cuando quiera que uno se niegue a usar las facultades que Dios le da, éstas decaen y mueren. La verdad que no se vive, que no se imparte, pierde su poder vivificante, su virtud sanadora (Los hechos de los apóstoles, p. 168).

 

Jueves 10 de septiembre: Misión y multiculturalismo

 

En casi cada iglesia había algunos miembros que eran judíos de nacimiento. Los maestros judíos llegaron con facilidad a esos conver­sos, y mediante ellos se afianzaron en las iglesias. Usando argumentos escriturísticos era imposible refutar las doctrinas enseñadas por Pablo; por eso usaron los medios más inescrupulosos para contrarrestar su influencia y debilitar su autoridad. Declaraban que no había sido discí­pulo de Jesús, ni había sido comisionado por él; pero que, sin embar­go, se había atrevido a enseñar doctrinas directamente opuestas a las anunciadas por Pedro, Santiago y los otros apóstoles. De esa manera los emisarios del judaísmo tuvieron éxito en alejar de su maestro en el evangelio a muchos de los conversos cristianos. Luego de triunfar en este punto los inducían a que volvieran a la observancia de la ley cere­monial como esencial para la salvación. La fe en Cristo y la observancia de los Diez Mandamientos eran consideradas como de menor impor­tancia. Divisiones, herejías y sensualismo se propagaban rápidamente entre los creyentes de Galacia.

El alma de Pablo estaba conmovida cuando vio los males que amenazaban con destruir rápidamente a esas iglesias. Inmediatamente escribió a los gálatas, expuso las falsas teorías de ellos, y con gran seve­ridad reprochó a los que se habían apartado de la fe…

Aun los mejores hombres, si actúan por sí mismos, cometerán graves equivocaciones. Mientras mayores responsabilidades se colo­quen sobre el agente humano, mientras más encumbrado sea su cargo para determinar y controlar, más males hará con seguridad pervirtiendo mentes y corazones si no sigue cuidadosamente el camino del Señor. Pedro fracasó en Antioquía en los principios de integridad. Pablo tuvo que resistirle frente a frente su influencia destructora. Esto está registra­do para bien de otros, y para que la lección pueda ser una advertencia solemne para los hombres que están en cargos elevados, a fin de que no falten contra su integridad, sino se adhieran a los principios.

Después de todos los fracasos de Pedro, después de su caída y res­tauración, de su larga carrera de servicio, de su trato familiar con Cristo, de su conocimiento de la forma pura y recta en que Cristo practicaba los principios; después de toda la instrucción que había recibido, de todos los dones, conocimiento y gran influencia al predicar y enseñar la Palabra, ¿no es extraño que él fingiera y evadiera los principios del evangelio por temor a los hombres, o para ganar su estima?

¿No es extraño que vacilara y tuviera dos caras en su posición? Quiera Dios dar a cada hombre un sentido de su propia impotencia per­sonal para timonear, con rectitud y seguridad, su propio barco hasta el puerto. La gracia de Cristo es esencial cada día. Solo su gracia incompa­rable puede hacer que nuestros pies no se extravíen (Comentario bíblico adventista, tomo 6, pp. 1108, 1109).

 

Viernes 11 de septiembre: Para estudiar y meditar

 

Los hechos de los apóstoles, pp. 92-106.

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