Sábado 12 de septiembre

 

Cristo presenta delante de nosotros la más alta perfección del carác­ter cristiano, que deberíamos procurar alcanzar durante toda la vida… Pablo escribe acerca de esta perfección: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo… Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-15).

¿Cómo podemos alcanzar la perfección especificada por nuestro Señor y Salvador Jesucristo: nuestro gran Maestro? ¿Podemos hacer frente a sus requisitos y alcanzar una norma tan elevada? Podemos, pues de lo contrario Cristo no nos lo hubiera ordenado. Él es nuestra justicia. En su humanidad, ha ido delante de nosotros y ha efectuado para nosotros la perfección del carácter. Hemos de tener la fe en él que obra por el amor y purifica el alma. La perfección del carácter se basa en lo que Cristo es para nosotros. Si dependemos constantemente de los méritos de nuestro Salvador, y seguimos en sus pisadas, seremos como él, puros e incontaminados.

Nuestro Salvador no requiere lo imposible de ninguna alma. No espera nada de sus discípulos que no esté dispuesto a darles gracia y fortaleza para realizar. No les pediría que fueran perfectos, si junto con su orden no les concediera toda perfección de gracia a aquellos sobre los que confiere un privilegio tan elevado y santo. Nos ha asegurado que está más dispuesto a dar el Espíritu Santo a los que lo piden, que los padres a dar buenas dádivas a sus hijos (A fin de conocerle, p. 132).

Pablo hacía muchas cosas. Era un sabio maestro. Sus muchas cartas están llenas de lecciones instructivas que exponen principios correctos. Trabajaba con sus manos, porque era fabricante de tiendas, y de esta manera ganaba el pan de cada día. Sentía una pesada responsabilidad por las iglesias. Luchaba muy fervientemente para mostrarles [a los miembros] sus errores, a fin de que pudieran corregirlos y no ser enga­ñados y alejados de Dios. Siempre trataba de ayudarles en sus dificulta­des; y sin embargo declara: “Una cosa hago”… Las responsabilidades de su vida eran muchas, sin embargo siempre mantenía frente a él esa “una cosa”. La sensación constante de la presencia de Dios lo obligaba a mantener su vista mirando siempre a Jesús, el Autor y Consumador de su fe.

El gran propósito que le constreñía a avanzar ante las penalidades y dificultades, debe inducir a cada obrero cristiano a consagrarse ente­ramente al servicio de Dios. Se le presentarán atracciones mundanales para desviar su atención del Salvador, pero debe avanzar hacia la meta, mostrando al mundo, a los ángeles y a los hombres que la esperanza de ver el rostro de Dios es digna de todo el esfuerzo y sacrificio que demanda el logro de esta esperanza (Conflicto y valor, p. 353).

 

Domingo 13 de septiembre: Griegos y judíos

 

Haríamos bien en estudiar cuidadosamente el primero y el segundo capítulos de 1 Corintios. “Nosotros predicamos a Cristo crucificado —declara el apóstol— a los judíos ciertamente tropezadero, y a los gentiles locura; empero a los llamados, así judíos como griegos, Cristo potencia de Dios y sabiduría de Dios…

En las próximas palabras el apóstol trae a consideración la verda­dera fuente de la sabiduría para el creyente: “Empero Dios nos lo reveló a nosotros por el Espíritu: porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios… Lo cual también hablamos, no con doctas palabras de humana sabiduría, mas con doctri­na del Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual”.

Estas palabras significan mucho para el alma que está tratando de correr la carrera que se le ha propuesto en el evangelio…

En nuestra experiencia individual hemos de ser enseñados por Dios. Cuando lo busquemos con corazón sincero, le confesaremos nuestros defectos de carácter; y él ha prometido recibir a todos los que vienen a él con un espíritu de humilde dependencia. El que se rinde a las exigencias de Dios tendrá la presencia permanente de Cristo, y esta compañía será para él una cosa preciosa. Aferrándose a la sabiduría divina escapará a la corrupción que está en el mundo por la concupis­cencia. Día tras día aprenderá más plenamente cómo llevar sus debilida­des a Aquel que ha prometido ser una ayuda inmediata en todo tiempo de necesidad (Testimonios para los ministros, pp. 489-491).

Muchos cristianos están poniendo sobre sus cimientos madera, heno y hojarasca, que el fuego del día final consumirá. Están ocupados en tareas que cansan, tareas que ocupan horas de oro, pero que no son las tareas que necesitan hacerse. Su tiempo está ocupado y sus energías se agotan con lo que no producirá resultados preciosos ni en esta vida ni en la futura vida inmortal. ¡Qué diferencia se notará cuando la obra espiritual ocupe la mente, cuando los talentos se pongan al servicio de Jesús! La luz que él nos ha dado brillará entonces con rayos directos y concentrados sobre otros. Todo lo que hagamos por Jesús nos permitirá gozar más de esta vida.

¡Oh, que todos pudieran ver, como yo lo he visto, el gozo de los que han trabajado hasta el máximo de sus capacidades, con humildad y mansedumbre, para ayudar a las almas a venir a Jesús! ¡Oh qué gozo sentirán los obreros cuando las almas salvadas por su intermedio expresen su gratitud en las mansiones celestiales! (Reflejemos a Jesús, p. 228).

La turba de curiosos que se apiñaban alrededor de Jesús no recibió fuerza vital alguna. Pero la enferma que lo tocó con fe, quedó curada. Así también en las cosas espirituales, el contacto casual difiere del con­tacto de la fe. La mera creencia en Cristo como Salvador del mundo no imparte sanidad al alma. La fe salvadora no es un simple asentimiento a la verdad del evangelio. La verdadera fe es la que recibe a Cristo como un Salvador personal…

Muchos consideran la fe como una opinión. La fe salvadora es una transacción, por la cual los que reciben a Cristo se unen en un pacto con Dios. Una fe viva entraña un aumento de vigor y una confianza implícita que, por medio de la gracia de Cristo, dan al alma un poder vencedor (El ministerio de curación, p. 40).

 

Lunes 14 de septiembre: Soldados y atletas

 

Aquí se establecen los buenos resultados del dominio propio y los hábitos temperantes. Los diversos juegos atléticos instituidos entre los antiguos griegos en honor de sus dioses, nos son presentados por el apóstol Pablo para ilustrar la lucha espiritual y su recompensa. Los que debían participar en estos juegos eran entrenados en base a la más seve­ra disciplina. Toda complacencia que tendía a debilitar las facultades físicas era prohibida. Los alimentos de lujo y el vino eran excluidos, a fin de promover el vigor, la fortaleza y la resistencia física.

El ganar el premio por el cual luchaban —una guirnalda de flores corruptible, conseguida en medio del aplauso de la multitud— era considerado como el más alto honor. Si tanto podía soportarse, y tanta abnegación practicarse con la esperanza de obtener un premio de tan poco valor, que en el mejor de los casos podía ser logrado solo por uno, ¡cuánto mayor no debe ser el sacrificio, cuánto más voluntaria la abnegación para ganar una corona incorruptible, para conquistar la vida eterna! (Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 31).

“Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:4).

El Señor Jesús quisiera que su posesión adquirida se desembaraza­ra de todo lo que pudiera exponerla a la tentación. Somos del Señor por creación; somos suyos por redención. Debemos mantener todos nues­tros sentidos agudos y filosos para colocamos en la relación correcta con Dios.

Las compañías que elijamos serán una ayuda o un estorbo. No debemos correr ningún riesgo al ubicamos donde los ángeles malos nos rodearán con sus tentaciones y trampas. Satanás… pone sus seductoras tentaciones ante el alma. Aparece como un ángel de luz y hace parecer buenas sus tentaciones. Nuestra primera tarea consiste en desembara­zamos de todo lo que de alguna forma ha sido puesto para manchar el alma (En lugares celestiales, p. 170).

En cada alma luchan activamente dos poderes en procura de la victoria. La incredulidad ordena sus fuerzas, guiada por Satanás, para separamos de la Fuente de nuestra fortaleza. La fe ordena las suyas, dirigidas por Cristo, el Autor y Consumador de nuestra fe. El conflicto continúa hora a hora ante la vista del universo celestial. Esta es una batalla cuerpo a cuerpo, y el gran interrogante es: ¿Quién obtendrá el dominio? Cada uno debe decidir por sí mismo este asunto. Todos deben tomar parte en esta lucha, peleando en un bando o en el otro. En este conflicto no hay tregua… Se nos urge a preparamos para esta acción. “Confortaos en el Señor, y en la potencia de su fortaleza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las ase­chanzas del diablo”. La advertencia se repite: “Por lo tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Hijos e hijas de Dios, p. 330).

 

Martes 15 de septiembre: Pablo y la ley

 

Dado que la ley del Señor es perfecta y, por lo tanto, inmutable, es imposible que los hombres pecaminosos satisfagan por sí mismos la medida de lo que requiere. Por eso vino Jesús como nuestro Redentor. Era su misión, al hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divi­na, ponerlos en armonía con los principios de la ley del cielo. Cuando renunciamos a nuestros pecados y recibimos a Cristo como nuestro Salvador, la ley es ensalzada. Pregunta el apóstol Pablo: “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley”.

La promesa del nuevo pacto es: “Pondré mis leyes en sus corazo­nes, y en sus mentes las escribiré”.

Mientras que con la muerte de Cristo iba a desaparecer el sistema de los símbolos que señalaban a Cristo como Cordero de Dios que iba a quitar el pecado del mundo, los principios de justicia expuestos en el Decálogo son tan inmutables como el trono eterno. No se ha suprimido un mandamiento, ni una jota o un tilde se ha cambiado. Estos principios que se comunicaron a los hombres en el paraíso como la ley suprema de la vida existirán sin sombra de cambio en el paraíso restaurado. Cuando el Edén vuelva a florecer en la tierra, la ley de amor dada por Dios será obedecida por todos debajo del sol (El discurso maestro de Jesucristo, p. 47).

Cuando fue pronunciada la ley, el Señor, el Creador del cielo y de la tierra, estuvo al lado de su Hijo, rodeado por el fuego y el humo del monte. No fue aquí donde la ley fue dada primero sino que fue proclamada para que los hijos de Israel, cuyas ideas se habían vuelto confusas en su relación con los idólatras de Egipto, pudieran recordar sus términos y entender lo que constituye el verdadero culto de Jehová.

Cuando fueron creados, Adán y Eva tenían un conocimiento de la ley de Dios. Estaba impresa en sus corazones y entendían lo que exigía de ellos.

La ley de Dios existía antes de que el hombre fuera creado. Estaba adaptada a la condición de los seres santos; aun los ángeles eran gober­nados por ella. Después de la caída, los principios de justicia quedaron inmutables. Nada fue quitado de la ley; no podía ser mejorado ninguno de sus santos preceptos. Y así como ha existido desde el principio, así continuará existiendo a través de los incesantes siglos de la eternidad. “Hace ya mucho que he entendido tus testimonios —dice el salmista— que para siempre los has establecido” (Comentario bíblico adventista, tomo 1, pp. 1117, 1118).

 

Miércoles 16 de septiembre: La cruz y la resurrección

 

Mientras consideraba estas cosas en su corazón, Pablo entendía más y más claramente el significado de su llamamiento “a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios” (1 Corintios 1:1). Su llamamiento había provenido, “no de los hombres, ni por hombre, mas por Jesucristo y por Dios el Padre” (Gálatas 1:1). La magnitud de la obra que le aguardaba le indujo a estudiar mucho las Sagradas Escrituras, a fin de poder predicar el evangelio “no en sabiduría de palabras, porque no sea hecha vana la cruz de Cristo”, “mas con demostración del Espíritu y de poder”, para que la fe de todos los que lo oyeran “no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios” (l Corintios 1:17; 2:4, 5).

Mientras Pablo escudriñaba las Escrituras, descubrió que a través de los siglos, “no… muchos sabios según la carne, no muchos pode­rosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para aver­gonzar lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:26-29). Y así, viendo la sabiduría del mundo a la luz de la cruz, Pablo se propuso “no conocer nada… sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2. V.M.) (Los hechos de los apóstoles, p. 104).

Con poder convincente el apóstol expuso la gran verdad de la resu­rrección. “Porque si no hay resurrección de muertos —arguyó— Cristo tampoco resucitó: y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y aun somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él haya levan­tado a Cristo; al cual no levantó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó: y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aun estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo son perdidos. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, los más miserables somos de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho”.

Pablo dirigió los pensamientos de los hermanos corintios a los triunfos de la mañana de la resurrección, cuando todos los santos que duermen se levantarán, para vivir para siempre con el Señor. “He aquí —declaró el apóstol— os digo un misterio: Todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta; porque será tocada la trompeta, y los muertos serán levantados sin corrupción, y nosotros seremos transformados. Porque es menester que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte con victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria ?… A Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo”.

Glorioso es el triunfo que aguarda al fiel. El apóstol, comprendien­do las posibilidades que estaban por delante de los creyentes corintios, trató de exponerles algo que los elevara del egoísmo y la sensualidad y glorificase su vida con la esperanza de la inmortalidad. Fervorosamente los exhortó a ser leales a su alta vocación en Cristo. “Hermanos míos amados —les suplicó— estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es vano” (Los hechos de los apóstoles, pp. 257, 258).

 

Jueves 17 de septiembre: Andar bien con otros

 

Durante todo su ministerio, Pablo había mirado a Dios en pro­cura de su dirección personal. Al mismo tiempo había tenido mucho cuidado de trabajar de acuerdo con las decisiones del concilio general de Jerusalén; y como resultado, las iglesias “eran confirmadas en fe, y eran aumentadas en número cada día” (Hechos 16:5). Y ahora, no obstante la falta de simpatía que algunos le demostraban, se consolaba al saber que había cumplido su deber fomentando en sus conversos un espíritu de lealtad, generosidad y amor hermanable, según lo revelaban en esta ocasión por las liberales contribuciones que pudo colocar ante los ancianos judíos (Los hechos de los apóstoles, p. 322).

Así, aunque aparentemente ajeno a la labor activa, Pablo ejerció más amplia y duradera influencia que si hubiese podido viajar libre­mente de iglesia en iglesia como en años anteriores. Como preso del Señor, era objeto del más profundo afecto de parte de sus hermanos; y sus palabras, escritas por quien estaba en cautiverio por la causa de Cristo, imponían mayor atención y respeto que cuando él estaba perso­nalmente con ellos. Hasta que Pablo les fue quitado, los creyentes no se dieron cuenta de cuán pesadas eran las cargas que había soportado por ellos. En otros tiempos se habían excusado en gran parte de las responsabilidades porque les faltaba su sabiduría, tacto e indomable energía; pero ahora, abandonados a su inexperiencia para aprender las lecciones que habían rehuido, apreciaron sus amonestaciones, consejos e instrucciones como no los habían estimado durante su obra personal. Al informarse de su valentía y fe durante su largo encarcelamiento, fueron estimulados a una mayor fidelidad y celo en la causa de Cristo (Los hechos de los apóstoles, pp. 362, 363).

Pablo quiere impresionar en la mente de los ministros y del pueblo la razón por la cual el evangelio fue encomendado a los hombres débiles y errantes: para que el hombre no recibiera el honor debido solo a Dios, sino que Dios recibiera toda la gloria. El embajador no ha de congra­tularse a sí mismo y atribuirse el honor del éxito, o aun compartir el honor con Dios, como si por su propio poder hubiera realizado la tarea. El razonamiento elaborado o las demostraciones argumentativas de las doctrinas, rara vez impresionan al oyente con el sentido de su necesidad y su peligro. Las declaraciones sencillas y breves, que salen de un cora­zón enternecido y lleno de simpatía por el amor de Cristo, serán como el grano de mostaza, al cual Cristo asemejó sus declaraciones respecto de la verdad divina. El arroja en el alma la energía vital de su Espíritu, para hacer que la simiente de la verdad germine y lleve fruto (Testimonios para los ministros, pp. 151, 152).

 

Viernes 18 de septiembre: Para estudiar y meditar

 

Los hechos de los apóstoles, pp. 164-171.

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