En Dusseldorf cambiamos de tren [se refiere a un viaje realizado mien- tras trabajaba en Europa], y fue forzoso esperar dos horas en la estación. Aquí tuvimos oportunidad de estudiar la naturaleza humana. Entraron las damas, se quitaron las ropas exteriores, y luego se miraron desde todos los ángulos para ver que sus vestidos estuvieran impecables. Luego volvieron a empolvarse la cara. Permanecieron largo tiempo frente al espejo para orde- nar su apariencia exterior satisfactoriamente, con el propósito de estar lo mejor posible cuando fueran contempladas por los ojos humanos. Pensé en la ley de Dios, el gran espejo moral en el que el pecador debe mirarse para descubrir los defectos de su carácter. Si todos estudiaran la ley de Dios, la norma moral del carácter, con tanta diligencia y espíritu crítico como mu- chos estudian su apariencia exterior frente al espejo, con el propósito de corregir y reformar cada defecto de carácter, qué transformaciones ocurri- rían en ellos: “Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natu- ral. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era” (Santiago 1:23, 24).

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