Notas de Elena 4to trimestre 2014Fe que obra

Sábado 1 de noviembre

“Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:3-5). La justicia es obediencia a la ley. La ley demanda justicia, y ante la ley, el pecador debe ser justo. Pero es incapaz de serlo. La única forma en que puede obtener la justicia es mediante la fe. Por fe puede presentar a Dios los méritos de Cristo, y el Señor coloca la obediencia de su Hijo en la cuenta del pecador. La justicia de Cristo es aceptada en lugar del fracaso del hombre, y Dios recibe, perdona y justifica al alma creyente y arrepentida, la trata como si fuera justa, y la ama como ama a su Hijo. De esta manera, la fe es contada como justicia y el alma perdonada avanza de gracia en gracia, de la luz a una luz mayor. Puede decir con regocijo: “No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:5-7) (Fe y obras, pp. 104, 105).

Domingo 2 de noviembre: Una fe muerta

En su ministerio, el Señor continuamente realizaba actos de amor, y cada obrero del evangelio debe hacer lo mismo. El nos ha designado como sus embajadores para llevar adelante su obra en el mundo. A cada verdadero y abnegado servidor se le da la comisión: “Id por todo el, mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).
Lean cuidadosamente la instrucción dada en el Nuevo Testamento. La obra que hizo el gran Maestro en relación con sus discípulos es el ejemplo que hemos de seguir en nuestra obra médico-misionera. Pero, ¿hemos seguido este ejemplo? Las buenas nuevas de la salvación han de ser proclamadas en cada aldea, pueblo y ciudad. Pero, ¿dónde están los misioneros? Pregunto en el nombre de Dios, ¿dónde están los colaboradores de Dios? Solo mediante un interés generoso en los que tienen necesidad de ayuda es como podremos dar una demostración práctica de las verdades del evangelio. “Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:15, 16). “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13).
La predicación del evangelio es mucho más que un mero sermoneo. El ignorante debe ser iluminado; el desanimado, levantado; el enfermo, sanado. La voz humana ha de hacer su parte en la obra de Dios. Las palabras de ternura, simpatía y amor darán testimonio de la verdad. Oraciones fervientes y de corazón atraerán a los ángeles.
La evangelización del mundo es la obra que Dios ha dado a quienes salen en su nombre. Tienen que ser colaboradores con Cristo, revelando su tierno y compasivo amor en favor de los que están por perecer (Recibiréis poder, p. 245).
Por favor, leed Isaías 58: …Esta es la obra especial que ahora está delante de nosotros. Todas nuestras oraciones y ayunos no valdrán nada a menos que resolvamos asimos de esta obra. Sobre nosotros descansan sagradas obligaciones. Nuestro deber está claramente establecido. El Señor nos ha hablado por medio de su profeta…
Se describe el ayuno que Dios acepta. Es el compartir nuestro pan con el hambriento y a los pobres errantes traerlos a casa. No esperar que ellos vengan hacia nosotros. Prosiguen incansablemente en vuestra búsqueda y os suplican que les proporcionéis un hogar. Vosotros debéis buscarlos y traerlos a vuestro hogar. Debéis extender vuestra alma tras ellos. Debéis alcanzarlos con una mano y por fe sostenerlos con el poderoso brazo que brinda salvación, mientras con la otra mano del amor rescatáis al oprimido y lo socorréis…
Si os empeñáis en esta obra de misericordia y amor, ¿os resultará demasiado dura? ¿Podréis fallar y ser aplastados bajo el peso, y vuestra familia ser privada de vuestro sostén e influencia? ¡Oh, no! Dios ha quitado cuidadosamente todas las dudas en cuanto a esto con una promesa a vosotros bajo la condición de vuestra obediencia. Esta promesa abarca todo lo más exigente que se pueda pedir: “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se dejará ver presto”. Solamente creed que es fiel el que lo ha prometido (El ministerio de la bondad, pp. 33-35).
Todo descuido de los necesitados y afligidos es un descuido del deber hacia Cristo en la persona de sus santos. Cuando Dios repase el caso de cada uno, no se formulará la pregunta: ¿Qué creían? sino: ¿Qué han hecho? ¿Han sido obradores de la palabra? ¿Han vivido para sí mismos? ¿O bien realizaron obras de benevolencia, de bondad y amor, prefiriendo a los otros antes que a sí mismos, y negándose a sí mismos para ayudar a los demás? Si las anotaciones muestran que ésta ha sido su vida, que sus caracteres están señalados por la ternura, la abnegación y la benevolencia, recibirán esta bendición de Cristo: “Bien hecho”. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:23, 34)…
Nuestra fortaleza y bendición espirituales estarán en proporción con el trabajo hecho con amor y con las buenas obras realizadas. El apóstol ordena: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2).
El cumplimiento de los mandamientos de Dios requiere de nosotros buenas obras, abnegación, sacrificio y dedicación al bienestar de los demás; pero esto no significa que solamente nuestras buenas obras nos salvarán, sino que ciertamente no podremos salvamos sin buenas obras. Después de hacer todo lo que somos capaces de hacer, debemos decir: Únicamente hemos cumplido nuestro deber, y en el mejor de los casos somos siervos inútiles, indignos del favor más pequeño de Dios. Cristo debe ser nuestra justicia, y la corona de nuestro gozo…
La simpatía y el tierno interés por otros proporcionarán a nuestra alma bendiciones que no hemos experimentado, y nos pondrán en estrecha relación con nuestro Redentor (A fin de conocerle, p. 336).

Lunes 3 de noviembre: Fe salvadora

La justicia es la práctica del bien, y es por sus hechos por lo que todos han de ser juzgados. Nuestros caracteres se revelan por lo que hacemos. Las obras muestran si la fe es genuina o no.
No es suficiente que creamos que Jesús no es un impostor, y que la religión de la Biblia no consiste en fábulas arteramente compuestas. Podemos creer que el nombre de Jesús es el único nombre debajo del cielo por el cual el hombre puede ser salvo, y sin embargo, no hacer de él, por la fe, nuestro Salvador personal. No es suficiente creer la teoría de la verdad. No es suficiente profesar fe en Cristo y tener nuestros nombres registrados en el libro de la iglesia. “El que guarda sus mandamientos, está en él, y él en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado”. “Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos”. Esta es la verdadera evidencia de la conversión. No importa cuál sea nuestra profesión de fe, no nos vale de nada a menos que Cristo se revele en obras de justicia.
La verdad ha de implantarse en el corazón. Ha de dominar la mente y los afectos. Todo el carácter debe ser amoldado por las declaraciones divinas. Cada jota y tilde de la Palabra de Dios ha de ser puesto en práctica en la vida diaria.
El que llegue a ser participante de la naturaleza divina estará en armonía con la gran norma de justicia de Dios, su santa ley. Esta es la regla por la cual Dios mide las acciones de los hombres. Esta será la prueba del carácter en el juicio (Palabras de vida del eran Maestro, pp. 254, 255).
Si bien es cierto que las buenas obras no salvarán ni a una sola alma, sin embargo es imposible que una sola alma sea salvada sin buenas obras. Dios nos salva bajo la condición de que pidamos si queremos recibir, busquemos si queremos encontrar y llamemos si queremos que se nos abra la puerta. Cristo se ofrece a sí mismo como dispuesto a salvar eternamente a todo aquel que vaya a él. Invita a todos a que se acerquen a él. “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37) (Mensajes selectos, tomo l, pp. 442, 443). Si bien debemos estar en armonía con la ley de Dios, no somos salvados por las obras de la ley; sin embargo, no podemos ser salvados sin obediencia. La ley es la norma por la cual se mide el carácter. Pero no nos es posible guardar los mandamientos de Dios sin la gracia regeneradora de Cristo. Solo Jesús puede limpiamos de todo pecado. El no nos salva mediante la ley, pero tampoco nos salvará en desobediencia a la ley (Fe y obras, pp. 98, 99).

Martes 4 de noviembre: La “fe” de los demonios

Cuando los judíos rechazaron a Cristo, rechazaron el fundamento de su fe. Y, por otro lado, el mundo cristiano de hoy, que pretende tener fe en Cristo pero rechaza la ley de Dios, está cometiendo un error similar al de los engañados judíos. Los que profesan aferrarse a Cristo, centralizando sus esperanzas en él, al paso que manifiestan su desdén por la ley moral y las profecías, no están en una posición más segura que la que adoptaron los judíos incrédulos. No pueden llamar a los pecadores al arrepentimiento en una forma comprensible, pues son incapaces de explicar adecuadamente de qué deben arrepentirse. El pecador, al ser exhortado a abandonar sus pecados, tiene derecho a preguntar: ¿Qué es pecado? Los que respetan la ley de Dios, pueden responder: Pecado es la transgresión de la ley. Confirmando esto, dice el apóstol Pablo: No hubiera conocido el pecado sino por la ley. Solo los que reconocen las demandas válidas de la ley moral pueden explicar la naturaleza de la expiación. Cristo vino para mediar entre Dios y el hombre, para hacer al hombre uno con Dios, poniéndolo en obediencia a la ley divina. No había poder en la ley para perdonar a su transgresor. Solo Jesús podía pagar la deuda del pecador. Pero el hecho de que Jesús haya pagado la deuda del pecador arrepentido, no le da a él licencia para continuar transgrediendo la ley de Dios, sino que debe, de allí en adelante, vivir en obediencia a esa ley (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 269, 270).
La fe consiste en confiar en Dios, en creer que nos ama y sabe lo que es mejor para nuestro bien. Así, en vez de nuestro camino, nos induce a preferir el suyo; en vez de nuestra ignorancia, acepta su sabiduría; en vez de nuestra debilidad, su fuerza; en vez de nuestro pecado, su justicia. Nuestra vida, nosotros mismos, somos ya suyos; la fe reconoce su derecho de posesión, y acepta su bendición. Se indican la verdad, la integridad y la pureza como secretos del éxito de la vida. La fe es la que nos pone en posesión de estas virtudes. Todo buen impulso o aspiración provienen de Dios; la fe recibe de Dios la vida que es lo único que puede producir crecimiento eficiencia verdaderos. Cuando hablamos de la fe debemos tener siempre presente una distinción. Hay una clase de creencia enteramente distinta de la fe. La existencia y el poder de Dios, la verdad de su Palabra, son hechos que aun Satanás y sus huestes no pueden negar de corazón. La Biblia dice que “los demonios lo creen y tiemblan”, pero ésta no es fe. Donde no solo hay una creencia en la Palabra de Dios, sino una sumisión de la voluntad a él; donde se le da a él el corazón, y los afectos se fijan en él, allí hay fe, fe que obra por el amor y purifica el alma. Mediante esta fe el corazón se renueva, conforme a la imagen de Dios. Y el corazón que en su estado camal no se sujetaba a la ley de Dios ni tampoco podía, se deleita después en sus santos preceptos… Y la justicia de la ley se cumple en nosotros, los que no andamos “conforme a la carne, mas conforme al Espíritu” (La fe por la cual vivo, p. 92). Una fe nominal en Cristo, que le acepta simplemente como Salvador del mundo, no puede traer sanidad al alma. La fe salvadora no es un mero asentimiento intelectual a la verdad. El que aguarda hasta tener un conocimiento completo antes de querer ejercer fe, no puede recibir bendición de Dios. No es suficiente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. La única fe que nos beneficiará es la que le acepta a él como Salvador personal; que nos pone en posesión de sus méritos (La maravillosa gracia de Dios, p. 140).

Miércoles 5 de noviembre: La fe de Abraham

El apóstol Santiago vio los peligros que surgirían al presentar el tema de la justificación por la fe, y se esforzó por mostrar, que la fe genuina no puede existir sin las obras correspondientes. Presenta la experiencia de Abraham. “¿No ves —dice— que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” Esta fe genuina realiza una obra genuina en los creyentes. Hay una creencia que no es fe salvadora. La Palabra declara que los demonios creen y tiemblan. La así llamada fe que no obra por amor ni purifica el alma no justificará al hombre. “Vosotros veis pues —dice el apóstol— que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).
Abraham creyó a Dios. ¿Cómo sabemos que creyó? Sus obras testificaron del carácter de su fe, y su fe le fue contada por justicia. Necesitamos hoy la fe de Abraham para iluminar las tinieblas que nos rodean, que impiden que nos lleguen los dulces rayos del amor de Dios y que detienen nuestro crecimiento espiritual. Nuestra fe debiera ser fecunda en buenas obras, pues la fe sin obras es muerta. Cada tarea que realizamos, cada sacrificio que hacemos en nombre de Jesús, produce una recompensa enorme. En el mismo acto del deber Dios habla y nos da su bendición (Reflejemos a Jesús, p. 71).

La fe genuina se manifestará en buenas obras, pues las buenas obras son frutos de la fe. Cuando Dios actúa en el corazón y el hombre entrega su voluntad a Dios y coopera con Dios, efectúa en la vida lo que Dios realiza mediante el Espíritu Santo y hay armonía entre el propósito del corazón y la práctica de la vida. Debe renunciarse a cada pecado como a lo aborrecible que crucificó al Señor de la vida y de la gloria, y el creyente debe tener una experiencia progresiva al hacer continuamente las obras de Cristo. La bendición de la justificación se retiene mediante la entrega continua de la voluntad y la obediencia continua. Los que son justificados por la fe deben tener un corazón que se mantenga en la senda del Señor. Una evidencia de que el hombre no está justificado por la fe es que sus obras no correspondan con su profesión. Santiago dice: “¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” (Santiago 2:22). La fe que no produce buenas obras no justifica al alma. “Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:24).
“Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Romanos 4:3) (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 464, 465). A fin de que el hombre sea justificado por la fe, la fe debe alcanzar un punto donde domine los afectos e impulsos del corazón; y mediante la obediencia, la fe misma es hecha perfecta… La fe es la condición por la cual Dios ha visto conveniente prometer perdón a los pecadores. No es que haya virtud alguna en la fe, que haga merecer la salvación, sino porque la fe puede aferrarse a los méritos de Cristo, quien es el remedio para el pecado. La fe puede presentar la perfecta obediencia de Cristo en lugar de la transgresión y la apostasía del pecador (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 429, 430).

Jueves 6 de noviembre: La fe de Rahab

Una de las mayores fortalezas de la tierra, la grande y rica ciudad de Jericó, se hallaba frente a ellos, a poca distancia de su campamento de Gilgal. Situada en la margen de una llanura feraz en que abundaban los ricos y diversos productos de los trópicos, esta ciudad orgullosa, cuyos palacios y templos eran morada del lujo y del vicio, desafiaba al Dios de Israel desde sus macizos baluartes. Jericó era una de las sedes principales de la idolatría…
A los habitantes de Canaán se les habían otorgado amplias oportunidades de arrepentirse. Cuarenta años antes, la apertura del mar Rojo y los juicios caídos sobre Egipto habían atestiguado el poder supremo del Dios de Israel. Y ahora la derrota de los reyes de Madián, Gahad y Basán, había recalcado aun más que Jehová superaba a todos los dioses. Los juicios que cayeron sobre Israel a causa de su participación en los ritos abominables de Baal-peor, habían demostrado cuán santo es el carácter de Jehová y cuánto aborrece la impureza. Los habitantes de Jericó conocían todos estos acontecimientos, y eran muchos los que, aunque se negaban a obedecerla, participaban de la convicción de Rahab, de que Jehová, el Dios de Israel, era “Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra” (Patriarcas y profetas, pp. 521, 525).

Mientras avanzaban, las huestes de Israel comprobaron que las había precedido el conocimiento de las obras poderosas del Dios de los hebreos, y que algunos de entre los paganos iban aprendiendo que él solo era el verdadero Dios. En la impía Jericó, este fue el testimonio de una mujer pagana: “Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra” (Josué 2:11). El conocimiento de Jehová que así había llegado a ella, resultó su salvación.
Por la fe, “Rahab la ramera no pereció juntamente con los incrédulos” (Hebreos 11:31). Y su conversión no fue un caso aislado de la misericordia de Dios hacia los idólatras que reconocían su autoridad divina. En medio de aquella tierra, un pueblo numeroso, el de los gabaonitas, renunció a su paganismo, y uniéndose con Israel participó en las bendiciones del pacto (Patriarcas y profetas, pp. 273, 274).

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