Notas de Elena | Lección 7 | Jesús, el Señor de las misiones | Escuela Sabática


 Notas de Elena - Tercer trimestre 2015

Sábado 8 de agosto

Todo el cielo se llena de asombro al ver que, cuando ese amor tan amplio, tan profundo, tan rico y pleno, se presenta a los hombres que han conocido la gracia de nuestro Señor Jesucristo, ellos son tan indife­rentes, tan fríos e impasibles…

Los infinitos tesoros de la verdad se han ido acumulando de siglo en siglo. Ninguna ilustración podría impresionamos adecuadamente con la extensión y la riqueza de estos vastos recursos. Están a la espera de ser demandados por quienes los aprecian. Estas gemas de verdad han de ser recogidas por el pueblo remanente de Dios, para ser dadas al mundo; pero la suficiencia propia y la dureza de corazón desechan el tesoro bendito. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. Juan 3:16). Tal amor no puede ser medido, ni puede ser expresado. Juan insta al mundo a mirar “cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3: 1). Es un amor que sobrepuja todo entendimiento.

En la plenitud del sacrificio, nada se rehusó. Jesús se dio a sí mismo. Dios desea que sus hijos se amen los unos a los otros como Cristo nos amó. Han de educar y adiestrar el alma para ese amor. Han de reflejar ese amor en su propio carácter, para proyectarlo sobre el mundo. Cada uno debería considerar ésta su tarea. La plenitud de Cristo ha de ser presentada al mundo por quienes han llegado a ser partícipes de su gracia. Han de hacer por Cristo lo que Cristo hizo por el Padre: representar su carácter (Reflejemos a Jesús, p. 282).

El Señor Jesús vino a nuestro mundo, no para revelar lo que Dios podía hacer sino lo que el hombre podía alcanzar por medio de la fe en el poder de Dios, ayudándolo en toda emergencia. Por medio de la fe, el hombre sería participante de la naturaleza divina, para vencer la tenta­ción a la cual se veía enfrentado. El Señor demanda ahora que todo hijo e hija de Adán, por la fe en Jesucristo, le sirva en la naturaleza humana que tenemos ahora.

El Señor Jesús ha salvado el abismo abierto por el pecado. Él ha unido la tierra con el cielo, el hombre finito con el Dios infinito. Jesús, el Redentor del mundo, solo podía guardar los mandamientos de Dios de la misma manera en que la humanidad puede guardarlos hoy. “Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:4).

No debemos servir a Dios como si no fuéramos humanos, sino que debemos servirle en la naturaleza que tenemos, que ha sido redimida por el Hijo de Dios; por medio de la justicia nos presentaremos perdonados delante de Dios, como si jamás hubiéramos pecado. Nunca obtendremos fuerza considerando lo que podríamos hacer si fuéramos ángeles. Tenemos que centrar nuestra fe en Cristo Jesús, y mostrar nuestro amor a Dios por medio de la obediencia a sus mandamientos. Jesús: “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Jesús dice: “Seguidme”. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 158, 159).

Domingo 9 de agosto: Jesús en el Antiguo Testamento

La venida del Salvador había sido predicha en el Edén. Cuando Adán y Eva oyeron por primera vez la promesa, esperaban que se cumpliese pronto. Dieron gozosamente la bienvenida a su primogénito, esperando que fuese el Libertador. Pero el cumplimiento de la prome­sa tardó. Los que la recibieron primero murieron sin verlo. Desde los días de Enoc, la promesa fue repetida por medio de los patriarcas y los profetas, manteniendo viva la esperanza de su aparición, y sin embar­go no había venido. La profecía de Daniel revelaba el tiempo de su advenimiento, pero no todos interpretaban correctamente el mensaje. Transcurrió un siglo tras otro, y las voces de los profetas cesaron. La mano del opresor pesaba sobre Israel, y muchos estaban listos para exclamar: “Se han prolongado los días, y fracasa toda visión”.

Pero, como las estrellas en la vasta órbita de su derrotero señalado, los propósitos de Dios no conocen premura ni demora. Por los símbo­los de las densas tinieblas y el homo humeante, Dios había anunciado a Abraham la servidumbre de Israel en Egipto, y había declarado que el tiempo de su estada allí abarcaría cuatrocientos años. “Después de esto —dijo Dios— saldrán con grande riqueza”. Y contra esta palabra se empeñó en vano todo el poder del orgulloso imperio de los faraones. “En el mismo día” señalado por la promesa divina, “salieron todos los ejércitos de Jehová de la tierra de Egipto”. Así también fue determinada en el concilio celestial la hora en que Cristo había de venir; y cuando el gran reloj del tiempo marcó aquella hora, Jesús nació en Belén. “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (El Deseado de todas las gentes, p. 23).

El Sol de justicia no apareció sobre el mundo en su esplendor, para deslumbrar los sentidos con su gloria. Escrito está de Cristo: “Como el alba está aparejada su salida”. Tranquila y suavemente la luz del día amanece sobre la tierra, despejando las sombras de las tinieblas y des­pertando el mundo a la vida. Así salió el Sol de justicia “trayendo salud eterna en sus alas” (El Deseado de todas las gentes, p. 226).

Se profetizó, además, acerca del Mesías: “No se cansará, ni desma­yará, hasta que ponga en la tierra juicio; y las islas esperarán su ley”. El Hijo de Dios iba a “magnificar la ley y engrandecerla” No iba a reducir su importancia ni la vigencia de sus requerimientos; antes iba a exal­tarla. Al mismo tiempo, iba a librar los preceptos divinos de aquellas gravosas exigencias impuestas por los hombres, que desalentaban a muchos en sus esfuerzos para servir aceptablemente a Dios.

Acerca de la misión del Salvador, la palabra de Jehová fue: “Yo Jehová te he llamado en justicia, y te tendré por la mano; te guardaré y te pondré por alianza del pueblo, por luz de las gentes; para que abras ojos de ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que están de asiento en tinieblas. Yo Jehová: éste es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas. Las cosas primeras he aquí vinieron, y yo anuncio nuevas cosas: antes que salgan a luz, yo os las haré notorias” (Isaías 42:1-9).

Mediante la Simiente prometida, el Dios de Israel iba a dar libera­ción a Sión (Profetas y reyes, pp. 511,512).

Lunes 10 de agosto: El Deseado de todas las naciones

La dedicación de los primogénitos se remontaba a los primeros tiempos. Dios había prometido el Primogénito del cielo para salvar al pecador. Este don debía ser reconocido en toda familia por la con­sagración del primer hijo. Había de ser dedicado al sacerdocio, como representante de Cristo entre los hombres…

Así que la ley de presentar a los primogénitos era muy significati­va. Al par que conmemoraba el maravilloso libramiento de los hijos de Israel por el Señor, prefiguraba una liberación mayor que realizaría el unigénito Hijo de Dios. Así como la sangre rociada sobre los dinteles había salvado a los primogénitos de Israel, tiene la sangre de Cristo poder para salvar al mundo…

El sacerdote cumplió la ceremonia oficial. Tomó al niño en sus brazos, y le sostuvo delante del altar. Después de devolverlo a su madre, inscribió el nombre “Jesús” en el rollo de los primogénitos. No sospe­chó, al tener al niñito en sus brazos, que se trataba de la Majestad del Cielo, el Rey de Gloria…

El nombre de aquel niñito impotente, inscrito en el registro de Israel como Hermano nuestro, era la esperanza de la humanidad caída. El niño por quien se pagara el rescate era Aquel que había de pagar la redención de los pecados del mundo entero. Era el verdadero “gran sacerdote sobre la casa de Dios”, la cabeza de “un sacerdocio inmu­table”, el intercesor “a la diestra de la Majestad en las alturas” (El Deseado de todas las gentes, pp. 34-36).

“Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Hemos de dar un testimonio tan definido en favor de la verdad como es en Jesús, como lo dieron Cristo y sus apóstoles. Confiando en la eficacia del Espíritu Santo, hemos de testificar de la misericordia, la bondad y el amor de un Salvador crucificado y resucitado, y ser así instrumentos por medio de los cuales se disipe la oscuridad que llena muchas men­tes, haciendo que de muchos corazones asciendan a Dios alabanzas y acciones de gracia. Cada hija e hijo de Dios tiene una gran obrar que hacer… En la medida en que el instrumento humano se empeña en su labor, Dios obra en él y por medio de él (Hijos e hijas de Dios, p. 282).

La comisión del Salvador a sus discípulos incluye a todos los cre­yentes hasta el fin del tiempo. Todos aquellos a quienes ha llegado la inspiración celestial, reciben el evangelio como cometido. A todos los que reciban la vida de Cristo se les ordena que trabajen por la salvación de sus semejantes. Para esta obra ha sido establecida la iglesia, y todos los que se ligan por sus sagrados votos se comprometen con ello a ser colaboradores con Cristo (Consejos para los maestros, p. 452).

Martes 11 de agosto: La misión a los judíos

Antes de ascender al cielo, Cristo dio a los discípulos su comisión. Les dijo que debían ser los ejecutores del testamento por el cual él lega­ba al mundo los tesoros de la vida eterna. Vosotros habéis sido testigos de mi vida de sacrificio en favor del mundo, les dijo. Habéis visto mis labores por Israel. Y aunque mi pueblo no quiso acudir a mí para poder tener vida, a pesar de que los sacerdotes y gobernantes han hecho con­migo lo que querían, aunque me han rechazado, tendrán todavía otra oportunidad de aceptar al Hijo de Dios. Habéis visto que recibo libre­mente a todos los que acuden a mí confesando sus pecados. Al que a mí viene no lo echaré fuera de ninguna manera. Os encomiendo a vosotros, mis discípulos, este mensaje de misericordia. Ha de darse tanto a los judíos como a los gentiles, _primero a Israel y entonces a todas las naciones, lenguas y pueblos. Todos los que crean integrarán una iglesia.

La comisión evangélica es la magna carta misionera del reino de Cristo. Los discípulos habían de trabajar fervorosamente por las almas, dando a todos la invitación de misericordia. No debían esperar que la gente viniera a ellos; sino que debían ir ellos a la gente con su mensaje (Los hechos de los apóstoles, pp. 22, 23).

La iglesia es la agencia de Dios para la proclamación de la verdad, facultada por él para hacer una obra especial; y si le es leal y obediente a todos sus mandamientos, habitará en ella la excelencia de la gracia divina. Si manifiesta verdadera fidelidad, si honra al Señor Dios de Israel, no habrá poder capaz de resistirle.

El celo por Dios y su causa indujo a los discípulos a ser testigos del evangelio con gran poder. ¿No debería semejante celo encender en nuestros corazones la determinación de contar la historia del amor redentor, del Cristo crucificado? Es el privilegio de cada cristiano, no solo esperar, sino apresurar la venida del Salvador (¡Maranata: El Señor viene!, pp. 126).

La luz de la gloria de Dios debe iluminamos. Necesitamos la santa unción de lo alto, porque por más inteligente y educado que un hombre sea, no está calificado para enseñar a menos que se sostenga firmemente en el Dios de Israel. El que está conectado con el cielo hará las obras de Cristo. Su fe en Dios le dará poder para trabajar por la humanidad y buscar a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Si el poder divino no se combina con el esfuerzo humano, nada podrá lograr el más grande de los hombres. Por eso es tan necesario el Espíritu Santo (Review and Herald, 18 de febrero, 1890).

Miércoles 12 de agosto: La misión a los gentiles

Jesús anhelaba revelar los profundos misterios de la verdad que habían quedado ocultos durante siglos, a fin de que los gentiles fuesen coherederos con los judíos y “consortes de su promesa en Cristo por el evangelio”. Los discípulos tardaron mucho en aprender esta verdad, y el Maestro divino les dio lección tras lección. Al recompensar la fe del centurión en Capernaúm y al predicar el evangelio a los habitantes de Sicar, había demostrado ya que no compartía la intolerancia de los judíos. Pero los samaritanos tenían cierto conocimiento de Dios; y el centurión había manifestado bondad hacia Israel. Ahora Jesús relacionó a los discípulos con una pagana a quien ellos consideraban tan despro­vista como cualquiera de su pueblo de motivos para esperar favores de él. Quiso dar un ejemplo de cómo debía tratarse a una persona tal. Los discípulos habían pensado que él dispensaba demasiado libremente los dones de su gracia. Quería mostrarles que su amor no había de limitarse a raza o nación alguna.

Cuando dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, dijo la verdad, y en su obra en favor de la mujer cananea cumplió su comisión. Esta mujer era una de las ovejas perdidas que Israel debiera haber rescatado. Esta era la obra que había sido asig­nada a Israel, la obra que había descuidado; la obra que Cristo estaba haciendo.

Este acto reveló con mayor plenitud a los discípulos la labor que les esperaba entre los gentiles. Vieron un amplio campo de utilidad fuera de Judea. Vieron almas que sobrellevaban tristezas desconocidas para los que eran más favorecidos. Entre aquellos a quienes se les había enseñado a despreciar, había almas que anhelaban la ayuda del gran Médico y que tenían hambre por la luz de la verdad que había sido dada en tanta abundancia a los judíos.

Después, cuando los judíos se apartaron con mayor insistencia de los discípulos, porque estos declaraban que Jesús era el Salvador del mundo, y cuando el muro de separación entre judíos y gentiles fue derribado por la muerte de Cristo, esta lección y otras similares, que señalaban la obra de evangelización que debía hacerse sin restricción de costumbres o nacionalidad, ejercieron una influencia poderosa en los representantes de Cristo y dirigieron sus labores (El Deseado de todas las gentes, pp. 368, 369).

Jueves 13 de agosto: La Gran Comisión

Debiéramos orar con tanto fervor por el descenso del Espíritu Santo como los discípulos lo hicieron en el día de Pentecostés. Si ellos necesitaban el poder del Espíritu en aquel tiempo, mucho más lo nece­sitamos en la actualidad. Todo tipo de doctrinas falsas, herejías y enga­ños están extraviando las mentes de los hombres; y sin el auxilio del Espíritu serán vanos nuestros esfuerzos por presentar la verdad divina.

Dios desea refrigerar a su pueblo con el don del Espíritu Santo, bautizándolo nuevamente en su amor. No es necesario que haya escasez del Espíritu en la iglesia. Después de la ascensión de Cristo, el Espíritu Santo vino sobre los ansiosos, suplicantes y confiados discípulos con una plenitud y un poder que alcanzó a todo corazón. En el futuro la tierra ha de ser iluminada con la gloria de Dios. De aquellos que son santificados por la verdad fluirá hacia el mundo una santa influencia. La tierra ha de ser circuida con una atmósfera de gracia. El Espíritu Santo ha de obrar en los corazones humanos, tomando las cosas de Dios y manifestándolas, a los hombres (En lugares celestiales, p. 334).

Así como Cristo envió a sus discípulos, envía hoy a los miembros de su iglesia. El mismo poder que los apóstoles tuvieron es para ellos. Si desean hacer de Dios su fuerza, él obrará con ellos, y no trabajarán en varo. Comprendan que la obra en la cual están empeñados es una sobre la cual el Señor ha puesto su sello. Dios dijo a Jeremías: “No digas, soy niño; porque a todo lo que te enviaré irás tú, y dirás todo lo que te mandaré. No temas delante de ellos, porque contigo soy para librarte”. Luego el Señor extendió su mano y tocó la boca de su siervo, diciendo: “He aquí he puesto mis palabras en tu boca” (Jeremías 1:7-9). Y nos envía a seguir anunciando las palabras que nos ha dado, sintiendo su toque santo sobre nuestros labios.

Cristo dio a la iglesia un encargo sagrado. Cada miembro debe ser un medio por el cual Dios pueda comunicar al mundo los tesoros de su gracia, las inescrutables riquezas de Cristo. No hay nada que el Salvador desee tanto como tener agentes que quieran representar al mundo su Espíritu y su carácter. No hay nada que el mundo necesite tanto como la manifestación del amor del Salvador por medio de seres humanos. Todo el cielo está esperando a los hombres y a las mujeres por medio de los cuales pueda Dios revelar el poder del cristianismo.

La iglesia es la agencia de Dios para la proclamación de la verdad, facultada por él para hacer una obra especial; y si le es leal y obediente a todos sus mandamientos, habitará en ella la excelencia de la gracia divina. Si manifiesta verdadera fidelidad, si honra al Señor Dios de Israel, no habrá poder capaz de resistirle (Los hechos de los apóstoles, pp. 479, 480).

Los que trabajan para Cristo deben obedecer implícitamente sus instrucciones. La obra es de Dios, y si queremos beneficiar a otros debemos seguir sus planes. No puede hacerse del yo un centro; el yo no puede recibir honra. Si hacemos planes según nuestras propias ideas, el Señor nos abandonará a nuestros propios errores. Pero cuando, después de seguir sus indicaciones, somos puestos en estrecheces, nos librará. No hemos de renunciar a la lucha, desalentados, sino que en toda emer­gencia hemos de procurar la ayuda de Aquel que tiene recursos infinitos a su disposición. Con frecuencia, estaremos rodeados de circunstancias penosas, y entonces, con la más plena confianza, debemos depender de Dios. Él guardará a toda alma puesta en perplejidad por tratar de andar en el camino del Señor (El Desea

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