Notas de Elena | Lección 9 | El yugo de Jeremías | Escuela Sabática

Sábado 21 de noviembre

Satanás está trabajando constantemente; pero pocos tienen idea alguna de su actividad y sutileza. El pueblo de Dios debe estar preparado para resistir al astuto enemigo. Esta resistencia es lo que Satanás teme. El conoce mejor que nosotros el límite de su poder, y cuán fácilmente puede ser vencido si le resistimos y le hacemos frente. Por la fuerza divina, el santo más débil puede más que él y todos sus ángeles, y si se le probase podría mostrar su poder superior. Por lo tanto los pasos de Satanás son silenciosos, sus movimientos furtivos, y sus baterías enmascaradas. El no se atreve a mostrarse abiertamente, no sea que despierte las energías dormidas del cristiano, y le impulse a ir a Dios en oración.

El enemigo se está preparando para su última campaña contra la iglesia. Está de tal manera oculto de la vista que para muchos es difícil creer que existe, y mucho menos pueden ser convencidos de su asombrosa actividad y poder. Han olvidado mayormente su pasado, y cuando da otro paso adelante, no le reconocen como su enemigo, la serpiente antigua, sino que le consideran como un amigo que está haciendo una buena obra. Jactándose de su independencia, bajo la influencia espaciosa y hechicera de Satanás, obedecen a los peores impulsos del corazón humano, y sin embargo creen que Dios los está conduciendo. Si sus ojos pudiesen abrirse para distinguir a su capitán, verían que no están sirviendo a Dios, sino al enemigo de toda justicia. Verían que la independencia de que se jactan es una de las más pesadas cadenas que Satanás pueda forjar en tomo de las mentes desequilibradas (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 105, 106).

Es bueno y conveniente leer la Biblia. Sin embargo, nuestra responsabilidad no finaliza allí, puesto que debemos investigar en sus páginas. El conocimiento acerca de Dios no se consigue sin esfuerzo mental, y sin ferviente súplica de la sabiduría que nos permita separar el grano sano de la doctrina verdadera contaminada por el hombre y Satanás. El diablo y su confederación humana se han propuesto mezclar la paja del error con el trigo de la verdad. Con diligencia debemos rastrear los tesoros escondidos, y pedir sabiduría celestial para distinguir las invenciones humanas de los mandamientos divinos. El Espíritu Santo capacitará a los buscadores sinceros para que puedan hallar las preciosas verdades relacionadas con el plan de la redención.

Deseo que todos entiendan bien que un estudio ocasional de la Escrituras

no es suficiente. Debemos investigar con todo lo que la expresión implica. El minero explora la tierra con avidez para hallar las vetas de oro. Del mismo modo, debemos rastrear los tesoros escondidos de la Palabra de Dios que Satanás ha tratado de ocultar del hombre desde hace tanto tiempo. El Señor dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17).

La Palabra de Dios es verdad y luz. Es como una lámpara que guía nuestros pasos hacia los portales de la ciudad de Dios. Por esta razón, Satanás realiza esfuerzos tan desesperados para poner tropiezos en el sendero trazado para que transiten por él los redimidos del Señor. Usted no debe llevar sus ideas a la Biblia y hacer de sus opiniones el centro en tomo al cual la verdad se define. Al llegar a la puerta de la investigación, con humildad hay que deponer todas las ideas personales, y con un corazón contrito, con oración sincera y el yo escondido en Cristo hemos de buscar la sabiduría que procede de Dios (.Recibiréis poder, p. 110).

Domingo 22 de noviembre: Una vida solitaria

Desde el tiempo de su llamamiento hasta el fin de su ministerio, Jeremías se destacó ante Judá como “fortaleza” y “torre” contra la cual no podía prevalecer la ira del hombre. El Señor le había dicho de antemano: “Pelearán contra ti, y no te vencerán: porque yo estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice Jehová. Y librarte he de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes” (Jeremías 6:27; 15:20, 21).

Siendo de naturaleza tímida y sosegada, Jeremías anhelaba la paz y la tranquilidad de una vida retraída, en la cual no necesitase presenciar la continua impenitencia de su amada nación. Su corazón quedaba desgarrado por la angustia que le ocasionaba la mina producida por el pecado. Se lamentaba así: “¡Oh si mi cabeza se tomase aguas, y mis ojos fuentes de aguas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo! ¡Oh quién me diese en el desierto un mesón de caminantes, para que dejase mi pueblo y de ellos me apartase!” (Jeremías 9:1, 2).

Muy crueles eran las burlas que le tocó soportar. Su alma sensible quedaba herida de par en par por las saetas del ridículo dirigidas contra él por aquellos que despreciaban su mensaje y se burlaban de su preocupación por que se convirtieran. Declaró: “Fui escarnio a todo mi pueblo, canción de ellos todos los días”. “Cada día he sido escarnecido; cada cual se burla de mí”. “Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza” (Lamentaciones 3:14; Jeremías 20:7, 10). Pero el fiel profeta era diariamente fortalecido para resistir…

Cuando fue llamado a beber la copa de la tribulación y la tristeza, y cuando en sus sufrimientos se sentía tentado a decir: “Pereció mi fortaleza, y mi esperanza de Jehová”, recordaba las providencias de Dios en su favor, y exclamaba triunfantemente: “Es por la misericordia de Jehová que no somos consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi parte es Jehová, dijo mi alma; por tanto en él esperaré. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le buscare. Bueno es esperar callando en la salud de Jehová” (Lamentaciones 3:18, 22-26) (Profetas y reyes, pp. 308-310).

Todos los que se esfuerzan en seguir a Jesús tendrán que entrar en lucha con este enemigo implacable. Cuanto más fielmente imite el cristiano al divino Modelo, tanto más seguramente será blanco de los ataques de Satanás. Todos los que están activamente empeñados en la obra de Dios, tratando de desenmascarar los engaños del enemigo y de presentar a Cristo ante el mundo, podrán unir su testimonio al que da San Pablo cuando habla de servir al Señor con toda humildad y con lágrimas y tentaciones.

Satanás asaltó a Cristo con sus tentaciones más violentas y sutiles; pero siempre fue rechazado. Esas batallas fueron libradas en nuestro favor; esas victorias nos dan la posibilidad de vencer. Cristo dará fuerza a todos los que se la pidan. Nadie, sin su propio consentimiento, puede ser vencido por Satanás. El tentador no tiene el poder de gobernar la voluntad o de obligar al alma a pecar. Puede angustiar, pero no contaminar. Puede causar agonía pero no, corrupción. El hecho de que Cristo venció debería inspirar valor a sus discípulos para sostener denodadamente la lucha contra el pecado y Satanás (El conflicto de los siglos, p. 564).

Lunes 23 de noviembre: El yugo de Jeremías

En la historia de las naciones el que estudia la Palabra de Dios puede contemplar el cumplimiento literal de la profecía divina. Babilonia, al fin quebrantada, desapareció porque, en tiempos de prosperidad, sus gobernantes se habían considerado independientes de Dios y habían atribuido la gloria de su reino a las hazañas humanas. El reino medo-persa fue objeto de la ira del Cielo porque en él se pisoteaba la ley de Dios. El temor de Jehová no tenía cabida en los corazones de la vasta mayoría del pueblo. Prevalecían la impiedad, la blasfemia y la corrupción. Los reinos que siguieron fueron aún más viles y corruptos; y se fueron hundiendo cada vez más en su falta de valor moral.

El poder ejercido por todo gobernante de la tierra es impartido del Cielo; y del uso que hace de este poder el tal gobernante, depende su éxito. A cada uno de ellos se dirigen estas palabras del Vigía divino: “Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste” (Isaías 45:5). Y para cada uno constituyen la lección de la vida las palabras dirigidas a Nabucodonosor: “Redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordias para con los pobres; que tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad” (Daniel 4:27) (Profetas y reyes, pp. 367, 368).

La historia de las naciones nos habla a nosotros hoy. Dios asignó a cada nación e individuo un lugar en su gran plan. Hoy los hombres y las naciones son probados por la plomada que está en la mano de Aquel que no comete error. Por su propia elección, cada uno decide su destino, y Dios lo rige todo para cumplir sus propósitos {Profetas y reyes, p. 393).

Son muchos aquellos cuyo corazón se conduele bajo una carga de congojas, porque tratan de alcanzar la norma del mundo. Han elegido su servicio, aceptado sus perplejidades, adoptado sus costumbres. Así su carácter queda mancillado y su vida convertida en carga agobiadora. A fin de satisfacer la ambición y los deseos mundanales, hieren la conciencia y traen sobre sí una carga adicional de remordimiento. La congoja continua desgasta las fuerzas vitales. Nuestro Señor desea que pongan a un lado ese yugo de servidumbre. Los invita a aceptar su yugo, y dice: “Mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Los invita a buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y les promete que todas las cosas que les sean necesarias para esta vida les serán añadidas. La congoja es ciega, y no puede discernir lo futuro; pero Jesús ve el fin desde el principio. En toda dificultad, tiene un camino preparado para traer alivio. Nuestro Padre celestial tiene, para proveemos de lo que necesitamos, mil maneras de las cuales no sabemos nada. Los que aceptan el principio de dar al servicio y la honra de Dios el lugar supremo, verán desvanecerse las perplejidades y percibirán una clara senda delante de sus pies {El Deseado de todas las gentes, p. 297).

Martes 24 de noviembre: Guerra a los profetas

Jeremías, en presencia de todos los sacerdotes y del pueblo, dijo que el deseo más sincero de su corazón era que Dios trajera los utensilios del templo y a los cautivos de regreso de Babilonia; pero eso solo sucedería con la condición de que el pueblo se arrepintiera y, abandonando el camino del mal, regresara a la senda de la obediencia a la ley de Dios. Jeremías amaba a su pueblo y deseaba ardientemente que la humillación del pueblo evitara la desolación predicha. Sin embargo, sabía que el deseo era en vano. Tenía la esperanza de que el castigo de Israel sería tan suave como fuera posible y por eso urgía honestamente a sus conciudadanos a someterse al rey de babilonia durante el tiempo que el Señor había especificado…

Jeremías dijo: “El profeta que profetiza de paz, cuando se cumpla la palabra del profeta, será conocido como el profeta que Jehová en verdad envió” (Jeremías 28:9). Si Israel escogía correr el riesgo, los acontecimientos futuros decidirían cuál de ellos era el falso profeta.

Hananías, que había montado en cólera, tomó el yugo del cuello de Jeremías y lo rompió. “Y hablo Hananías en presencia de todo el pueblo, diciendo: Así ha dicho Jehová: De esta manera romperé el yugo de Nabu- codonosor rey de Babilonia, del cuello de todas las naciones, dentro de dos

años. Y siguió Jeremías su camino” (Jeremías 28:11). Había cumplido con su parte; había advertido al pueblo del peligro que corría; había indicado la única vía para recuperar el favor de Dios.

Pero aunque su único delito fue referir fielmente el mensaje de Dios al pueblo infiel, sus palabras fueron objeto de burla y escarnio y los hombres que ocupaban cargos de responsabilidad lo acusaron e intentaron instigar al pueblo para que lo matara (Testimonios para la iglesia, tomo 4, pp. 170,171).

El hombre que rechaza da Palabra del Señor, que trata de establecer su propio camino y voluntad, destruye al mensajero y al mensaje que Dios envía para descubrirle su pecado. Sus propias inclinaciones han influido su conducta, y se ha formado a sí mismo de una manera equivocada. La regla divina es: “Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios”. Pero él no quiere hacer esto. Como un hombre piensa en su corazón, así es él. Desde adentro, del corazón, proceden los malos pensamientos inspirados por Satanás. Comienza a presentar argucias sobre aspectos técnicos y maneras. El espíritu de Satanás lo une con el enemigo para presentar una palabra de crítica sobre asuntos poco importantes. La verdad llega a ser cada vez de menor valor para él. Se vuelve un acusador de sus hermanos, etc., y cambia de dirigentes. El mundo exterior tiene un peso mayor sobre él del que ha tenido la inundación de luz que Dios ha volcado sobre el mundo en mensajes que él ha dado y en los cuales una vez se regocijó (Testimonios para los ministros, p. 415).

Miércoles 25 de noviembre: El yugo de hierro

Jeremías recibió otro mensaje: “Ve y habla a Hananías, diciendo: Así ha dicho Jehová: Yugos y madera quebraste, mas en vez de ellos harás yugos de hierro. Porque así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Yugo de hierro puse sobre el cuello de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor rey de Babilonia; y aun también le he dado las bestias del campo. Entonces dijo el profeta Jeremías al profeta Hananías: Ahora oye, Hananías: Jehová no te envió, y tú has hecho confiar en mentira a este pueblo. Por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí que yo te quito de sobre la faz de la tierra; morirás este año, porque hablaste rebelión contra Jehová. Y en el mismo año murió Hananías, en el mes séptimo” (Jeremías 28:13-17).

Aquel falso profeta había alimentado la falta de fe del pueblo hacia Jeremías y su mensaje. Con maldad, había declarado que él era el mensajero del Señor y sufrió la muerte como consecuencia de aquel temible delito. El quinto mes Jeremías profetizo la muerte de Hananías y en el séptimo mes su muerte probó las palabras del profeta verdadero.

Dios había dicho que su pueblo se salvaría, que el yugo que pondría sobre su pueblo sería ligero, si se sometía sin quejas a su plan. Su servidumbre estaba representada por el yugo de madera, que era fácil de llevar; pero la

resistencia se encontraría con la severidad que le corresponde, representada por el yugo de hierro. Dios había decidido que el rey de Babilonia no pudiera causar ninguna muerte ni tampoco pudiera oprimir en demasía al pueblo. Pero al hacer escarnio de su advertencia y sus mandamientos, los israelitas trajeron sobre sí todo el rigor de la esclavitud. El pueblo prefirió recibir el mensaje del falso profeta que predijo prosperidad porque era más agradable. Que constantemente les recordaran sus pecados hería el orgullo de los israelitas; habrían preferido mantenerlos escondidos. Se encontraban en unas tinieblas morales tales que no se daban cuenta de la enormidad de su culpa ni apreciaban los mensajes de amonestación y advertencia que les enviaba Dios. Si se hubieran dado cuenta de su desobediencia habrían agradecido la justicia del Señor y habrían reconocido la autoridad de su profeta. Dios los invitaba a arrepentirse y de ese modo podría librarlos de la humillación de que el pueblo escogido de Dios se viera sometido a ser vasallo de una nación idólatra. Sin embargo, se burlaron de su consejo y siguieron a los falsos profetas (Testimonios para la iglesia, tomo 4, pp. 171, 172).

Jueves 26 de noviembre: Confiar en mentiras

Entre los falsos maestros que había en Babilonia se contaban dos hombres que aseveraban ser santos, pero cuyas vidas eran corrompidas. Jeremías había condenado la mala conducta de esos hombres, y les había advertido su peligro. Airados por la reprensión, procuraron oponerse a la obra del profeta verdadero incitando al pueblo a no creer sus palabras y a obrar contrariamente al consejo de Dios en lo que respectaba a someterse al rey de Babilonia. El Señor atestiguó por medio de Jeremías que esos falsos profetas serían entregados en manos de Nabucodonosor delante de quien serían muertos. Poco después, esta predicción se cumplió literalmente.

Hasta el fin del tiempo, se levantarán hombres que querrán crear confusión y rebelión entre los que aseveran ser representantes del Dios verdadero. Los que profetizan mentiras alentarán a los hombres a considerar el pecado como cosa liviana. Cuando queden manifiestos los terribles resultados de sus malas acciones, procurarán, si pueden, responsabilizar de sus dificultades al que los amonestó fielmente, así como los judíos culparon de su mala suerte a Jeremías. Pero tan seguramente como en la antigüedad quedaron justificadas las palabras de Jehová por medio de su profeta, se demostrará hoy la certidumbre de sus mensajes {Profetas y reyes, pp. 325, 326).

Antes de la primera venida de Cristo, y en ocasión de ese acontecimiento, los maestros religiosos elucubraron ideas extrañas tan íntimamente mezcladas con porciones de verdad, que llegaron a tener un tremendo poder para engañar, y apartaron a las almas de Dios, aunque seguían conservando aspecto de verdaderos adoradores del Señor. Encontramos una situación similar en el seno de la sociedad de estos últimos días. Los

que se apartan de la fe mezclan con su creencia diversas opiniones humanas. La Biblia es objeto de crítica. ¿Difieren tanto los pastores en su interpretación porque las Escrituras son inconsecuentes o contradictorias? No, el problema consiste en que los hombres están haciendo hoy lo que hicieron en el tiempo de Cristo, y están enseñando los mandamientos de los hombres como si fueran doctrinas. Los maestros religiosos se encuentran en la misma condición de los fariseos de quienes Jesús dijo: “Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29). Se presumía que los mismos hombres a quienes se dirigieron estas palabras debían enseñar las Escrituras al pueblo e interpretarlas.

¿Son vagas e inconsecuentes las Escrituras? ¿Hay base para las opiniones divergentes y las diversas interpretaciones y doctrinas que hallan eco en el mundo religioso? Si así fuera, podríamos albergar dudas acerca de su origen divino, porque no es la inspiración de Dios la que conduce a la gente a albergar diversas opiniones. Los que intentan interpretar la Biblia, corrompen la Palabra de Dios y tuercen el verdadero significado de la Escritura al tratar de que armonice la verdad de Dios con las invenciones y doctrinas de los hombres. Las Escrituras resultan pervertidas y son mal aplicadas, y las gemas de verdad aparecen en el marco del error. Estos maestros están ciegos y no pueden distinguir claramente cuál es el verdadero significado de las Escrituras…

Jesús, que dio su vida para salvar a los hombres, nos ha proporcionado advertencias acerca de lo que había de ocurrir en los últimos días. Los discípulos acudieron a él en privado para interrogarlo acerca del fin del mundo y Jesús les dijo: “Mirad que nadie os engañe, porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán” (Mateo 24:4, 5) (Cada día con Dios, p. 164).

Viernes 27 de noviembre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 333-336.

(196)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*