Notas de Elena | Lección 9 | Pedro y los gentiles | Escuela Sabática


Sábado 22 de agosto

Las poderosas barreras que ha levantado el prejuicio se derribarán tan ciertamente como las murallas de Jericó delante de los ejércitos de Israel. Debe haber fe continua y confianza en el Capitán de nuestra sal­vación. Debemos obedecer sus órdenes. Cayeron las murallas de Jericó como resultado de obedecer órdenes (Comentario bíblico adventista, tomo 2, p. 990).

La vida de la iglesia depende del interés que sus miembros manifiesten por los que están fuera del redil. Que la iglesia de Dios recuerde que Cristo se entregó a sí mismo como sacrificio para salvar al mundo de la destrucción. Por amor a nosotros se hizo pobre, para que nosotros, por su pobreza, pudiéramos llegar a poseer las riquezas eternas. ¿Sería posible que las personas a quienes Dios ha bendecido con el conocimiento de la verdad se volvieran mezquinas en sus pla­nes? Despiértense y vean la naturaleza de sus grandes obligaciones, eliminando cada hebra de egoísmo para que el Señor pueda derramar su Santo Espíritu sobre ellos. Busquen al Señor mientras lo puedan hallar, y llámenlo en tanto está cercano. No tienen ninguna razón para ser incrédulos y quejosos. Abandonen todo lo que sea murmuraciones y buscar faltas en los demás, y cultiven un espíritu de gratitud por las misericordias y bendiciones ya recibidas. Alaben al Señor con gratitud no fingida por la luz de su Palabra (Exaltad a Jesús, p. 288).

“Entonces Pablo y Bernabé, usando de libertad, dijeron: A vosotros a la verdad era menester que se os hablase la palabra de Dios; mas pues que la desecháis, y os juzgáis indignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, dicien­do: Te he puesto para luz de los gentiles, para que seas salud hasta lo postrero de la tierra. Y los gentiles oyendo esto, fueron gozosos, y glo­rificaban la palabra del Señor: y creyeron todos los que estaban orde­nados para vida eterna”. Se regocijaron sobremanera porque Cristo los reconocía como hijos de Dios, y con corazones agradecidos escucharon la palabra predicada. Los que creyeron fueron celosos en comunicar a otros el mensaje evangélico, y así “la palabra del Señor era sembrada por toda aquella provincia”.

Siglos antes, la pluma de la inspiración había descrito esta cosecha de los gentiles; pero esas declaraciones proféticas se habían entendido solo obscuramente. Oseas había dicho: “Sin embargo… el número de los hijos de Israel será como las arenas del mar, que no pueden ser medidas ni contadas: y acontecerá que en el lugar donde les fue dicho: No sois mi pueblo, les será dicho: ¡Hijos sois del Dios vivo!” Y en otro lugar: “Te sembraré para mí mismo en la tierra; y me compadeceré de la no compadecida, y al que dije que no era mi pueblo, le diré: ¡Pueblo mío eres! y él me dirá a mí: ¡Tú eres mi Dios!” (Oseas 1:10; 2:23, V.M.).

El Salvador mismo, durante su ministerio terrenal, predijo la difu­sión del evangelio entre los gentiles. En la parábola de la viña, declaró a los impenitentes judíos: “El reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él” (S. Mateo 21:43). Y después de su resurrección, comisionó a sus discípulos a ir “por todo el mundo”, y doctrinar “a todos los gentiles”. No debían dejar a nadie sin amones­tar, sino que habían de predicar “el evangelio a toda criatura” (Mateo 28:19; Marcos 16:15) (Los hechos de los apóstoles, pp. 140, 141).

Domingo 23 de agosto: Pedro en Pentecostés

Para continuar su obra, Cristo no escogió la erudición o la elo­cuencia del Sanedrín judío o el poder de Roma. Pasando por alto a los maestros judíos que se consideraban justos, el Artífice Maestro escogió a hombres humildes y sin letras para proclamar las verdades que habían de llevarse al mundo. A esos hombres se propuso prepararlos y edu­carlos como directores de su iglesia. Ellos a su vez habían de educar a otros, y enviarlos con el mensaje evangélico. Para que pudieran tener éxito en su trabajo, iban a ser dotados con el poder del Espíritu Santo. El evangelio no había de ser proclamado por el poder ni la sabiduría de los hombres, sino por el poder de Dios…

Al ordenar a los doce, se dio el primer paso en la organización de la iglesia que después de la partida de Cristo habría de continuar su obra en la tierra. Respecto a esta ordenación, el relato dice: “Y subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:13, 14).

Contemplemos la impresionante escena. Miremos a la Majestad del cielo rodeada por los doce que había escogido. Está por apartarlos para su trabajo. Por estos débiles agentes, mediante su Palabra y Espíritu, se propone poner la salvación al alcance de todos.

Con alegría y regocijo, Dios y los ángeles contemplaron esa escena. El Padre sabía que la luz del cielo habría de irradiar de estos hombres; que las palabras habladas por ellos como testigos de su Hijo repercutirían de generación en generación hasta el fin del tiempo.

Los discípulos estaban por salir como testigos de Cristo, para declarar al mundo lo que habían visto y oído de él. Su cargo era el más importante al cual los seres humanos habían sido llamados alguna vez, siendo superado únicamente por el de Cristo mismo. Habían de ser colaboradores con Dios para la salvación de los hombres. Como en el Antiguo Testamento los doce patriarcas eran los representantes de Israel, así los doce apóstoles son los representantes de la iglesia evan­gélica (Los hechos de los apóstoles, pp. 15, 16).

Pedro no se refirió a las enseñanzas de Cristo para probar su aser­to, porque sabía que el prejuicio de sus oyentes era tan grande que sus palabras a ese respecto no surtirían efecto. En lugar de ello, les habló de David, a quien consideraban los judíos como uno de los patriarcas de su nación. “David —dice de él— declaró: Veía al Señor siempre delante de mí: porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y gozóse mi lengua; y aun mi carne descansará en esperanza; que no dejarás mi alma en el infierno, ni darás a tu Santo que vea corrupción… Varones hermanos, se os puede libremente decir del patriarca David, que murió, y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy… Habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el infierno, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Los hechos de los apóstoles, p. 34).

Lunes 24 de agosto: La conversión de Cornelio — I

Esta visión reprendía a Pedro a la vez que le instruía. Le reveló el propósito de Dios, que por la muerte de Cristo los gentiles fueran hechos herederos con los judíos de las bendiciones de la salvación. Todavía ninguno de los discípulos había predicado el evangelio a los gentiles. En su mente, la pared de separación, derribada por la muerte de Cristo, existía todavía, y sus labores se habían limitado a los judíos; porque habían considerado a los gentiles excluidos de las bendiciones del evangelio. Ahora el Señor trataba de enseñarle a Pedro el alcance mundial del plan divino.

Muchos de los gentiles habían oído con interés la predicación de Pedro y de los otros apóstoles, y muchos judíos griegos habían creído en Cristo, pero la conversión de Cornelio había de ser la primera de importancia entre los gentiles.

Había llegado el tiempo en que la iglesia de Cristo debía empren­der una fase enteramente nueva de su obra. Debía abrirse la puerta que muchos de los judíos conversos habían cerrado a los gentiles. Y de entre éstos los que aceptaran el evangelio habían de ser considerados iguales a los discípulos judíos, sin necesidad de observar el rito de la circuncisión.

¡Cuán cuidadosamente obró el Señor para vencer los prejuicios contra los gentiles, que tan firmemente había inculcado en la mente de Pedro su educación judaica! Por la visión del lienzo y de su contenido, trató de despojar la mente del apóstol de esos prejuicios, y de enseñarle la importante verdad de que en el Cielo no hay acepción de personas; que los judíos y los gentiles son igualmente preciosos a la vista de Dios; que por medio de Cristo los paganos pueden ser hechos partícipes de las bendiciones y privilegios del evangelio (Los hechos de los apóstoles, pp. 110, 111).

En el capítulo décimo de los Hechos tenemos otro ejemplo más de la ministración de los ángeles celestiales, que dio como resultado la conversión de Cornelio y de los suyos. Léanse estos capítulos y prés­teseles especial atención. En ellos vemos que el cielo está mucho más cerca del cristiano que se ocupa de la obra de salvar almas de lo que muchos suponen. También debiéramos aprender de ellos la lección del aprecio de Dios por cada ser humano, y que cada uno debiera tratar a su prójimo como a uno de los instrumentos escogidos del Señor para la realización de su obra en la tierra.

[Se cita Hechos 10:1 -4], Es una distinción maravillosa que un hom­bre en esta vida sea alabado por Dios como lo fue Cornelio. ¿Y cuál fue el motivo de esa aprobación? “Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios”.

Ni la oración ni las limosnas tienen en sí mismas virtud alguna para que el pecador sea aceptable ante Dios. La gracia de Cristo, mediante su sacrificio expiatorio, es lo único que puede renovar el corazón y hacer nuestro servicio aceptable delante de Dios. Esa gracia había conmovido el corazón de Cornelio. El Espíritu de Cristo había hablado a su alma; Jesús lo había atraído, y él había cedido a esa atracción. Sus oraciones y limosnas no fueron obligadas o a la fuerza; no era un precio que él buscaba pagar para asegurarse el cielo, sino el fruto del amor y de la gratitud a Dios (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1059).

Martes 25 de agosto: La conversión de Cornelio — II

Dios no escoge, para que sean sus representantes entre los hom­bres, a ángeles que nunca cayeron, sino a seres humanos, a hombres de pasiones semejantes a las de aquellos a quienes tratan de salvar. Cristo se humanó a fin de poder alcanzar a la humanidad. Se necesitaba un Salvador a la vez divino y humano para traer salvación al mundo. Y a los hombres y mujeres ha sido confiado el sagrado cometido de dar a conocer “las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8).

En su sabiduría, el Señor pone a los que buscan la verdad en rela­ción con semejantes suyos que conocen la verdad. Es plan del Cielo que los que han recibido la luz la impartan a los que están todavía en tinie­blas. La humanidad, sacando eficiencia de la gran Fuente de la sabidu­ría, es convertida en instrumento, agente activo, por medio del cual el evangelio ejerce su poder transformador sobre la mente y el corazón.

Cornelio obedeció gustosamente la orden recibida en visión (Los hechos de los apóstoles, pp. 109, 110).

Cornelio no conocía el evangelio tal como había sido revelado en la vida y muerte de Cristo, y Dios le envió un mensaje directo del cielo, y por medio de otro mensaje mandó al apóstol Pedro para que fuera a verlo y a instruirlo. Cornelio no se había unido con la congregación judaica, y hubiera sido considerado por los rabinos como pagano e impuro; pero Dios veía la sinceridad de su corazón, y desde su trono envió mensajeros para que se unieran con su siervo en la tierra y ense­ñaran el evangelio a este oficial romano.

Así busca Dios hoy también almas entre las clases altas como entre las bajas. Hay muchos como Cornelio, a quienes Dios desea poner en relación con su iglesia. Las simpatías de estos hombres están por el pueblo del Señor. Pero los lazos que los unen con el mundo los tienen fuertemente sujetos. Necesitan estos hombres valor moral para juntarse con las clases bajas. Hay que hacer esfuerzos especiales por estas almas que se encuentran en tan gran peligro a causa de sus responsabilidades y relaciones (El ministerio de curación, p. 160).

Cornelio no comprendía cabalmente la fe de Cristo, aunque creía en las profecías y estaba esperando al Mesías venidero. Mediante su amor y su obediencia a Dios se había acercado a él y estaba preparado para recibir al Salvador cuando se le revelara. La condenación se produ­ce cuando se rechaza la luz que Dios da. El centurión pertenecía a una noble familia y ocupaba un cargo de mucha responsabilidad y honor; pero esas circunstancias no pervirtieron los atributos de su carácter. La verdadera bondad y la grandeza se unían en él para darle una elevada condición moral. Su influencia era beneficiosa para todos los que se ponían en contacto con él.

Creía en el Dios único, Creador del cielo y de la tierra. Lo reveren­ciaba, reconocía su autoridad, y procuraba su consejo en todas las tran­sacciones de su vida. Era fiel a sus deberes hogareños como asimismo a sus responsabilidades oficiales, y había levantado un altar para Dios en su casa. No se atrevía a llevar a cabo sus planes y asumir el peso de sus responsabilidades sin la ayuda de Dios: por eso oraba mucho y con fer­vor para recibir esa ayuda. La fe caracterizaba todas sus obras, y Dios lo consideraba por la pureza de sus actos, por su generosidad, y se acercó a él en palabra y en espíritu (La historia de la redención, pp. 295, 296).

Miércoles 26 de agosto: La visión de Pedro

“Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia”. Aunque Dios había favorecido a los judíos por encima de todas las naciones, si rechazaban la luz y no vivían de acuerdo con su profesión de fe, no serían más estimados por él que otras naciones. Los gentiles que, como Cornelio, temían a Dios y prac­ticaban justicia, y vivían de acuerdo con la luz que tenían, era bondado­samente considerados por Dios, quien aceptaba sus sinceros servicios…

Pedro predicó a Jesús frente a ese grupo de atentos oyentes: su vida, su ministerio, sus milagros, su traición, su crucifixión, su resu­rrección y su ascensión, y su obra en el cielo como Representante y Abogado del hombre, para suplicar en favor del pecador. Mientras el apóstol hablaba, su corazón se llenaba de gozo por la verdad que el Espíritu de Dios le estaba ayudando a presentar a esa gente. Sus oyentes estaban encantados con la doctrina que escuchaban, porque sus corazones habían sido preparados para recibir la verdad. El apóstol fue interrumpido por el descenso del Espíritu Santo que se manifestó como en el día de Pentecostés. “Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarles en nombre del Señor Jesús” (La historia de la redención, pp. 301-303).

Jueves 27 de agosto: El decreto de Jerusalén

Pedro les presentó todo el asunto. Relató su visión, e insistió en que ella le amonestaba a no observar más la distinción ceremonial de la circuncisión e incircuncisión, y a no considerar a los gentiles como inmundos. Les habló de la orden que le había sido dada de ir a los gen­tiles, de la llegada de los mensajeros, de su viaje a Cesárea y de la reu­nión con Cornelio. Relató el resumen de su entrevista con el centurión, en la que este último le había referido la visión donde se le indicaba que mandase llamar a Pedro.

“Y como comencé a hablar —dijo, relatando el incidente— cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé del dicho del Señor, como dijo: Juan ciertamente bautizó en agua; mas vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo. Así que, si Dios les dio el mismo don también como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?”

Al oír esta explicación, los hermanos callaron. Convencidos de que la conducta de Pedro estaba de acuerdo con el cumplimiento directo del plan de Dios, y que sus prejuicios y espíritu exclusivo eran totalmente contrarios al espíritu del evangelio, glorificaron a Dios, diciendo: “De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida”.

Así, sin discusión, los prejuicios fueron quebrantados, se abandonó el espíritu exclusivista establecido por la costumbre secular, y quedó expedito el camino para la proclamación del evangelio a los gentiles (Los hechos de los apóstoles, p. 115).

Los gentiles, y especialmente los griegos, eran extremadamente licenciosos, y había peligro de que algunos, de corazón inconverso, pro­fesaran la fe sin renunciar a sus malas prácticas. Los cristianos judíos no podían tolerar la inmoralidad que no era considerada criminal por los paganos. Los judíos, por lo tanto, consideraban muy conveniente que se impusiesen a los conversos gentiles la circuncisión y la observancia de la ley ceremonial, como prueba de su sinceridad y devoción. Creían que esto impediría que se añadieran a la iglesia personas que, adoptando la fe sin la verdadera conversión del corazón, pudieran después deshonrar la causa por la inmoralidad y los excesos.

Los diversos puntos envueltos en el arreglo del principal asunto en disputa parecían presentar ante el concilio dificultades insuperables. Pero en realidad el Espíritu Santo había resuelto ya este asunto, de cuya decisión parecía depender la prosperidad, si no la existencia misma, de la iglesia cristiana.

“Habiendo habido grande contienda, levantándose Pedro, les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis como ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio, y creyesen”. Arguyó que el Espíritu Santo había decidido el asunto en disputa descendiendo con igual poder sobre los incircuncisos gentiles y los circuncisos judíos…

Pedro relató la sencilla interpretación de estas palabras, que se le dio casi inmediatamente en la intimación a ir al centurión e instruirlo en la fe de Cristo. Este mensaje probaba que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta y reconoce a todos los que le temen (Los hechos de los apóstoles, pp. 156, 157).

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