Notas de Elena | Lunes 12 de septiembre 2016 | Escuchar las quejas | Escuela Sabática


Lunes 12 de septiembre:
Escuchar las quejas

Dios pide a cada miembro de iglesia que dedique su vida sin reservas al servicio del Señor. Pide que se lleve a cabo una reforma decidida. La creación entera gime bajo la maldición. El pueblo de Dios debiera colocarse en un lugar donde pueda crecer en gracia, y donde pueda ser santificado en cuerpo, alma y espíritu por la verdad. Cuando se aparten de las complacencias que destruyen la salud, obtendrán una percepción más clara de lo que constituye la verdadera piedad. Se observará un cambio admirable en la experiencia religiosa (Consejos sobre la salud, p. 581).
Pocos piensan en el sufrimiento que el pecado causó a nuestro Creador. Todo el cielo sufrió con la agonía de Cristo; pero ese sufrimiento no empezó ni terminó con su manifestación en la humanidad. La cruz es, para nuestros sentidos entorpecidos, una revelación del dolor que, desde su comienzo, produjo el pecado en el corazón de Dios. Le causan pena toda desviación de la justicia, todo acto de crueldad, todo fracaso de la humanidad en cuanto a alcanzar su ideal. Se dice que cuando sobrevinieron a Israel las calamidades que eran el seguro resultado de la separación de Dios, sojuzgamiento a sus enemigos, crueldad y muerte, el alma de Dios “fue afligida a causa de la desdicha de Israel” (Jueces 10:16). “En todas sus aflicciones él fue afligido… Y los alzaba en brazos, y los llevaba todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9). Su Espíritu “hace intercesión por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras”. Cuando “la creación entera gime juntamente con nosotros” (Romanos 8:26, 22), el corazón del Padre infinito gime en simpatía. Nuestro mundo es un vasto lazareto, una escena de miseria a la cual no nos atrevemos a dedicar siquiera nuestros pensamientos. Si nos diéramos cuenta exacta de lo que es, la carga sería demasiado terrible. Sin embargo, Dios lo siente todo. No se exhala un suspiro, no se siente un dolor, ni ningún agravio atormenta el alma, sin que haga también palpitar el corazón del Padre (La maravillosa gracia de Dios, p. 189).
Bienaventurados también los que con Jesús lloran llenos de compasión por las tristezas del mundo y se afligen por los pecados que se cometen en él y, al llorar, no piensan en sí mismos. Jesús fue Varón de dolores, y su corazón sufrió una angustia indecible. Su espíritu fue desgarrado y abrumado por las transgresiones de los hombres. Trabajó con celo consumidor para aliviar las necesidades y los pesares de la humanidad, y se le agobió el corazón al ver que las multitudes se negaban a venir a él para obtener la vida. Todos los que siguen a Cristo, compartirán también la gloria que será revelada. Estuvieron unidos con él en su obra, apuraron con él la copa del dolor, y participan también de su regocijo. Por medio del sufrimiento, Jesús se preparó para el ministerio de consolación. Fue afligido por toda angustia de la humanidad, y “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Quien haya participado de esta comunión de sus padecimientos tiene el privilegio de participar también de su ministerio. “Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación”. El Señor tiene gracia especial para los que lloran, y hay en ella poder para enternecer los corazones y ganar a las almas. Su amor se abre paso en el alma herida y afligida, y se convierte en bálsamo curativo para cuantos lloran (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 16, 17).
Notas de Elena para la Escuela Sabática | Lección 12 | Para el 17 de septiembre de 2016| Ministerio urbano en el tiempo del fin | El papel de la iglesia en la comunidad | Tercer trimestre 2016

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