Lunes 13 de octubre: Cuando la concupiscencia concibe
El comienzo del acto de ceder a la tentación está en el pecado de permitir que la mente vacile, en ser inconsecuente en vuestra confianza en Dios. El perverso siempre anda buscando la oportunidad de desfigurar a Dios, y de atraer la mente a lo que es prohibido. Si logra conseguirlo, fijará la mente sobre las cosas de este mundo, se esforzará por excitar las emociones, por despertar las pasiones, por fijar los afectos en aquello que no es para el bien; pero vosotros podéis someter toda emoción y pasión a control, en serena sujeción a la razón y la conciencia. Entonces Satanás pierde su poder de controlar la mente. La obra a que Cristo nos llama, es la obra de vencer progresivamente los males espirituales de nuestro carácter. Las tendencias naturales deben ser vencidas… Los apetitos y las pasiones deben ser subyugados, y la voluntad debe ser puesta enteramente al lado de Cristo (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, p. 31).
Nuestros pensamientos y propósitos son la fuente secreta de nuestra acción y por ello determinan nuestro carácter. Los propósitos elaborados en el corazón no necesitan expresarse en palabras o hechos para transformarse en pecado y poner al ser bajo condenación. Cada pensamiento, cada sentimiento y cada inclinación, aunque no sean vistos por los hombres, son captados por el ojo de Dios. Pero solo cuando el mal, que se ha enraizado en el corazón, se exterioriza en una palabra o en un acto impropio puede el carácter del hombre ser juzgado por su prójimo.
El cristiano es un representante de Cristo. Ha de mostrar al mundo el poder transformador de la gracia divina. Es una epístola viva de la verdad de Dios, conocida y leída por todos los hombres. La regla que dio Cristo para determinar quiénes son sus verdaderos seguidores es: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16, 20)…
La vida cristiana piadosa y la santa conversación son un testimonio diario contra el pecado y los pecadores. Pero debe manifestar a Cristo y no al yo. Cristo es el gran remedio para el pecado. Nuestro compasivo Redentor nos ha provisto la ayuda que necesitamos (Reflejemos a Jesús, p. 371).
Tenemos, sin embargo, algo que hacer para resistir a la tentación. Los que no quieren ser víctimas de los ardides de Satanás deben custodiar cuidadosamente las avenidas del alma; deben abstenerse de leer, ver u oír cuanto sugiera pensamientos impuros. No se debe dejar que la mente se espacie al azar en todos los temas que sugiera el adversario de las almas. Dice el apóstol Pedro: “Por lo cual, teniendo los lomos de vuestro entendimiento ceñidos… no conformándoos con los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino como aquel que os ha llamado es santo, sed también vosotros santos en toda conversación” (1 Pedro 1:1315). Pablo dice: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay alguna virtud, si alguna alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8). Esto requerirá ferviente oración y vigilancia incesante. Habrá de ayudamos la influencia permanente del Espíritu Santo, que atraerá la mente hacia arriba y la habituará a pensar solo en cosas santas y puras. Debemos estudiar diligentemente la Palabra de Dios. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” —dice el salmista y añade: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:9,11) (Patriarcas y profetas, p. 491).
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