Notas de Elena | Lunes 16 de octubre 2017 | Todos hemos pecado | Escuela Sabática

Lunes 16 de octubre: Todos hemos pecado
Mi alma cayó postrada por la angustia cuando se me reveló la condición débil de los que profesan pertenecer al pueblo de Dios. Abunda la iniquidad, y el amor de muchos se enfría. Son tan solo pocos los cristianos profesos que consideran este asunto según la debida luz y que ejercen el dominio debido sobre sí mismos cuando la opinión pública y las costumbres no los condenan. ¡Cuán pocos refrenan sus pasiones porque se sienten bajo la obligación moral de hacerlo, y porque el temor de Dios está ante sus ojos! Las facultades superiores del hombre están esclavizadas por el apetito y las pasiones corruptas.
Algunos reconocerán el mal de las prácticas pecaminosas y, sin embargo, se disculparán diciendo que no pueden vencer sus pasiones. Esta es una admisión terrible de parte de una persona que lleva el nombre de Cristo. “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”. 2 Timoteo 2:19. ¿Por qué existe esta debilidad? Es porque las propensiones animales han sido fortalecidas por el ejercicio, hasta que han prevalecido sobre las facultades superiores. A los hombres y mujeres les faltan principios. Están muriendo espiritualmente porque han condescendido durante tanto tiempo con sus apetitos naturales que su dominio propio parece haber desaparecido. Las pasiones inferiores de su naturaleza han empuñado las riendas, y la que debiera ser la facultad dominante se ha convertido en la sierva de la pasión corrupta. Se mantiene al alma en la servidumbre más abyecta. La sensualidad ha apagado el deseo de santidad, y ha agostado la prosperidad espiritual (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 312).
El alma imbuida con el amor de Jesús… gusta de contemplar a Je-sús, y contemplándolo, será transformada a su semejanza. Cristo, la esperanza de gloria, se forma en el interior. Su confianza aumenta… y su amor se profundiza y amplía, a medida que tiene la seguridad de que mora en Cristo, y Cristo en él… Y nosotros podemos volvemos a Jesús en busca de su más tierna simpatía y recibir ánimo para perseverar, poniendo toda nuestra confianza en el que dijo: “Confiad, yo he vencido al mundo” ( Hijos e hijas de Dios, p. 312).
Jesús es nuestra única esperanza. Podemos contemplarlo: Es nuestro Salvador. Podemos confiar en su palabra y depender de él. Sabe exactamente qué clase de ayuda necesitamos, y podemos confiar seguramente en él. Si dependemos únicamente de la sabiduría humana para conducimos, nos hallaremos en el bando de los perdedores. Pero podemos acudir directamente al Señor Jesús…
Tenemos un auditorio divino al cual presentar nuestras peticiones. Nada nos impida, pues, ofrecer nuestras súplicas en el nombre de Jesús, creyendo con fe inquebrantable que Dios nos escucha y que nos responderá (Testimonios para los ministros, pp. 486, 487).

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