Notas de Elena | Lunes 18 de mayo 2015 | La parábola del Hijo Perdido – Parte 1 | Escuela Sabática


 Lunes 18 de mayo: La parábola del hijo perdido – 1a parte

Jesús presentó la parábola del hijo pródigo con el fin de exponer acertadamente el cuidado tierno, amante y misericordioso ejercido por su Padre. Aunque sus hijos yerren y se aparten de él, si se arrepienten y vuelven, él los recibe con el gozo manifestado por un padre terrenal que recibe a su hijo perdido durante largo tiempo pero que regresa arrepentido (El evangelismo, p. 46).

El amor de Dios aun implora al que ha escogido separarse de él, y pone en acción influencias para traerlo de vuelta a la casa del Padre. El hijo pródigo volvió en sí en medio de su desgracia. Fue quebrantado el engañoso poder que Satanás había ejercido sobre él. Se dio cuenta de que su sufrimiento era la consecuencia de su propia necedad, y dijo: “¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, e iré a mi padre”. Desdichado como era, el pródigo halló esperanza en la convicción del amor de su padre. Fue ese amor el que lo atrajo hacia el hogar. Del mismo modo, la seguridad del amor de Dios constriñe al pecador a volverse a Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 159).

La lucha entre el bien y el mal no se ha vuelto menos fiera de lo que era en los días del Salvador. El camino al cielo no es más liso ahora que entonces. Debemos apartar todos nuestros pecados. Debemos abandonar toda indulgencia predilecta que obstaculice nuestro progreso espiritual. Si el ojo derecho o la mano derecha nos son causas de ofensa, debemos sacrificarlos. ¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestra propia sabiduría y a recibir el reino de los cielos como niñitos? ¿Estamos dispuestos a deshacernos de nuestra propia justicia? ¿Estamos dispuestos a sacrificar la aprobación de los hombres? El premio de la vida eterna es de valor infinito. ¿Estamos dispuestos a dar la bienvenida a la ayuda del Espíritu Santo y a cooperar con él, haciendo esfuerzos y sacrificios proporcionados al valor del objeto a obtenerse? (Mensajes para los jóvenes, p. 54).

El Señor perdona a todos los que se arrepienten de sus pecados. Él se aparta de los que no se arrepienten, de los que se apoyan en la confianza propia. Nunca rehusará escuchar la voz de las lágrimas y del arrepentimiento. Nunca volverá su rostro del alma humilde que acude a él arrepentida y apesadumbrada…

El miembro de iglesia que cree en la Palabra de Dios nunca mirará indiferente a un alma que se humilla y confiesa su pecado. Sea recibido con regocijo el arrepentido. Cristo vino al mundo para perdonar a todo el que dice: “Me arrepiento. Lamento mi pecado”. Cuando un hermano dice: “Dios me ha perdonado. ¿Me perdonará usted?”, tome su mano, y diga: “Así como espero ser perdonado, yo perdonó” (Reflejemos a Jesús, p. 195).

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