Lunes 20 de octubre: Ser un hacedor

Existe el peligro de no hacer un asunto personal de las enseñanzas de Cristo, de no recibirlas como si se nos dirigieran personalmente. Jesús se dirige a mí en sus palabras de instrucción. Puedo apropiarme de sus méritos, su muerte, su sangre purificadora, tan plenamente como si no hubiera otro pecador en el mundo por quien hubiera muerto Cristo…
Para todos hay esfuerzos, conflictos y abnegación. Nadie escapara de ellos. Debemos recorrer la senda que Jesús recorrió; puede significar lágrimas, pruebas, privaciones, pesar por el pecado, o procurar el dominio de los deseos depravados, del carácter desequilibrado y del temperamento violento. Se requiere un esfuerzo decidido para presentamos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Comprende a todo el ser. No hay lugar en la mente donde Satanás pueda dominar y realizar sus designios. El yo debe ser crucificado. Hay que realizar una consagración, una sumisión y un sacrificio tan intensos como si se quitara la sangre del corazón (A fin de conocerle, p. 282).
Someter completamente a Jesús todos nuestros caminos, es muy sabio; seguir la senda del Señor es el secreto del perfecto descanso en su amor. Darle la vida significa mucho más de lo que podemos imaginar. Debemos aprender de su mansedumbre y humildad antes de que podamos damos cuenta de lo que significa el cumplimiento de la promesa: “Y hallaréis descanso para vuestras almas” (S. Mateo 11:29). Como resultado de haber aprendido los hábitos de Jesús, su humildad y su docilidad, cuando se toma el yugo, el yo es transformado y nace entonces el deseo de saber más. No existe nadie que no tenga mucho que aprender. Todos deben ser enseñados por el Maestro. Cuando el creyente se entrega en las manos del Señor, cada obstáculo del carácter heredado o cultivado es eliminado. Así es como llega a ser participante de la naturaleza divina. Solo cuando muere el yo, Cristo puede vivir en el agente humano. El creyente habita en Cristo, y Jesús en él (Recibiréis poder, p. 64).
Estos dos discípulos [Juan y Judas] representan el mundo cristiano. Todos profesan ser seguidores de Cristo; pero mientras unos caminan en humildad y mansedumbre aprendidas de Jesús, otros muestran que no son hacedores de la Palabra: son solamente oidores. Mientras unos son santificados por la verdad, otros no muestran nada del poder transformador de la gracia divina. Los primeros mueren diariamente al yo y vencen al pecado; los últimos siguen sus propias concupiscencias y se transforman en siervos de Satanás (Review and Herald, 15 de febrero de 1881).
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22). El Señor quiere que toda alma lo sirva. Aquellos para quienes se han abierto los oráculos sagrados, que ven la verdad, y se entregan a Dios en cuerpo, alma y espíritu, comprenderán que las palabras del Salvador: “Ve hoy a trabajar en mi viña” (Mateo 21:28), son un requerimiento, aunque no una obligación. La voluntad de Dios se manifiesta en su Palabra y los que creen en Cristo pondrán en práctica sus creencias. Serán hacedores de la Palabra.
La prueba de la sinceridad no depende de lo que se dice, sino de los hechos. Cristo no le pregunta a nadie: “¿Hablas tú más que los demás?”, sino: “¿Haces tú más que los demás?” Estas palabras suyas están llenas de significado: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17). Las palabras no tienen valor a menos que sean sinceras y veraces. El talento de la palabra resulta eficaz y de valor cuando está acompañado de los hechos correspondientes. Es vital para cada alma que escuche la Palabra y la ponga en práctica… Por medio de nuestras buenas obras no podemos adquirir el amor de Dios, pero podemos demostrar que lo poseemos. Si sometemos nuestra voluntad y nuestra conducta a Dios, no obraremos para conseguir el amor del Señor, en cambio, obedeceremos sus mandamientos porque es justo hacerlo. Juan, el discípulo, escribió: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). La verdadera vida espiritual se manifestará en toda alma que esté sirviendo a Cristo. Los que estén vivos en el Señor estarán llenos de su Espíritu, y no podrán hacer otra cosa sino trabajar en su viña. Pondrán en práctica las palabras de Dios. Medite cada alma con oración para que pueda obrar consecuentemente (Cada día con Dios, p. 244).
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