Notas de Elena | Lunes 21 de noviembre 2016 | Aunque me matare | Escuela Sabática


Lunes 21 de noviembre: Aunque me matare
No hay salvación sin arrepentimiento. Ningún pecador impenitente puede creer con su corazón para justicia. El arrepentimiento es descrito por Pablo como un piadoso dolor por el pecado, que “produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse” (2 Corintios 7:10). Este arrepentimiento no tiene en sí ningún mérito por naturaleza, sino que prepara al corazón para la aceptación de Cristo como el único Salvador, la única esperanza del pecador perdido. Cuando el pecador contempla la ley, le resulta clara su culpabilidad, y queda expuesta ante su conciencia, y es condenado.
Su único consuelo y esperanza se encuentran en acudir a la cruz del Calvario. Al confiar en las promesas, aceptando lo que dice Dios, recibe alivio y paz en su alma. Clama: “Señor, tú has prometido salvar al que acude a ti en el nombre de tu Hijo. Soy un alma perdida, impotente y sin esperanza. Señor, sálvame, o perezco”. Su fe se aferra de Cristo, y es justificado delante de Dios.
Pero al paso que Dios puede ser justo y sin embargo justificar al pecador por los méritos de Cristo, nadie puede cubrir su alma con el manto de la justicia de Cristo mientras practique pecados conocidos, o descuide deberes conocidos. Dios requiere la entrega completa del corazón antes de que pueda efectuarse la justificación. Y a fin de que el hombre retenga la justificación, debe haber una obediencia continua mediante una fe activa y viviente que obre por el amor y purifique el alma (Mensajes selectos, t. 1, pp. 428, 429).
Necesitamos tener más de Jesús y mucho menos del yo. Necesitamos la sencillez de un niño que nos conduzca a contarle al Señor todos nuestros deseos, y creer que de acuerdo con sus riquezas y bondad y amor satisfará nuestras necesidades. “Y todo lo que pidierais al Padre en mi nombre, lo haré”. Si me aman —dice— mostrarán su amor guardando mis mandamientos. “Y yo rogare al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad” (S. Juan 14: 13, 16, 17)…
“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (S. Juan 14:21). Esta es la única prueba del carácter. Al hacer la voluntad de Dios damos la mejor evidencia de que amamos a Dios y a Jesucristo a quien ha enviado. Las palabras de amor a Dios repetidas a menudo no tienen valor a menos que el amor se manifieste en la vida práctica. El amor a Dios no es un mero sentimiento; es un poder viviente y que obra.. El hombre que hace la voluntad de su Padre que está en los cielos muestra al mundo que ama a Dios. El fruto de su amor se ve por medio de buenas obras (Reflejemos a Jesús, p. 71).

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