Notas de Elena | Lunes 22 de agosto 2016 | ¿Cómo puedo ayudarte? | Escuela Sabática


Lunes 22 de agosto: ¿Cómo puedo ayudarte?

El corazón del pecador va tras de Aquel que puede ayudarle solo cuando siente necesidad del Salvador. Cuando Jesús anduvo entre los hombres, los enfermos eran los que necesitaban un médico. Los pobres, los afligidos y los angustiados lo seguían para recibir la ayuda y el consuelo que no podían encontrar en otra parte. El ciego Bartimeo está esperando a la orilla del camino; ha esperado mucho para encontrarse con Cristo. Multitudes de personas que ven, van de aquí para allá, pero no desean ver a Jesús. Una mirada de fe tocaría el corazón de amor de Cristo y les traería las bendiciones de su gracia, pero no conocen la enfermedad y pobreza de su alma y no sienten necesidad de Cristo. No sucede así con el pobre ciego. Su única esperanza está en Jesús. Mientras espera y vigila, oye los pasos de muchos pies, y pregunta con avidez: ¿Qué significa este ruido de pisadas? Los circunstantes le contestaron “que pasaba Jesús nazareno”. Con el fervor de un intenso deseo, clama: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” Tratan de hacerlo callar, pero clama con más vehemencia: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” Este pedido es escuchado. Su fe perseverante es recompensada. No solo se le restaura la vista física, sino que son abiertos los ojos de su entendimiento; y ve en Cristo a su redentor y el Sol de justicia brilla en su alma. Todos los que sienten necesidad de Cristo como la sintió el ciego Bartimeo, y tengan tanto fervor y tanta determinación como él tuvo, recibirán como él la bendición que anhelan.

Los afligidos, los dolientes que buscaban a Cristo como su ayudador, quedaban encantados con la perfección divina, con la belleza de la santidad que resplandecían en su carácter. Pero los fariseos no lo deseaban porque no podían ver su belleza. Su vestido sencillo y su vida humilde, desprovista de ostentación externa, hacían que fuera para ellos como raíz de tierra seca (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1086).

Muchos se dan cuenta de su desamparo; desean con ansia aquella vida espiritual que los pondrá en armonía con Dios, y se esfuerzan por conseguirla; pero en vano. Desesperados, exclaman: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” (Romanos 7:24). Alcen la mirada estas almas que luchan presa del abatimiento. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su sangre, diciendo con inefable ternura y compasión: “¿Quieres ser salvo?” Él os invita a levantaros llenos de salud y paz. No esperéis hasta sentir que sois sanos. Creed en la palabra del Salvador. Poned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza. Cualquiera que sea la mala práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar vuestra alma y vuestro cuerpo, por haber cedido largo tiempo a ella, Cristo puede y anhela libraros…

Cuando el pecado contiende por dominar vuestra alma y agobia vuestra conciencia, mirad al Salvador. Su gracia basta para vencer el pecado. Vuélvase hacia él vuestro agradecido corazón que tiembla de incertidumbre. Echad mano de la esperanza que os es propuesta. Cristo aguarda para adoptarnos en su familia. Su fuerza auxiliará vuestra flaqueza; os guiará paso a paso. Poned vuestra mano en la suya, y dejaos guiar por él.

Nunca penséis que Cristo está lejos. Siempre está cerca. Su amorosa presencia os circunda. Buscadle sabiendo que desea ser encontrado por vosotros. Quiere que no solo toquéis su vestidura, sino que andéis con él en comunión constante (El ministerio de curación, pp. 56, 57).

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