Lunes 22 de julio:
Recibir la promesa
En la obra que se hizo en el día de Pentecostés, podemos ver lo que se hará mediante el ejercicio de la fe. Los que creían en Cristo fueron sellados por el Espíritu Santo. Cuando los discípulos estaban reunidos, “vino… un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos”. Y Pedro se levantó entre ellos y habló con gran poder. Entre los que le escuchaban había judíos piadosos que eran sinceros en su creencia. Pero el poder que acompañaba las palabras del orador los convenció de que ciertamente Cristo era el Mesías. ¡Qué obra portentosa se realizó! Se convirtieron tres mil en un día.
La semilla había sido sembrada por el más grande Maestro que el mundo jamás había conocido. Durante tres años y medio el Hijo de Dios había vivido en la tierra de Judea proclamando el mensaje del evangelio de verdad y haciendo señales y prodigios insospechados. La semilla había sido sembrada, y después de la ascensión de Cristo se re-cogió la cosecha. Por un sermón en el día de Pentecostés se convirtieron más que los que se habían convertido durante todos los años de ministerio de Cristo. De esta prodigiosa manera obrará Dios cuan-do los hombres se entreguen al dominio del Espíritu (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1055).
Si deseamos estar en la debida posición delante de Dios, su luz nos alumbrará con rayos claros y potentes. Esta fue la experiencia de los primeros discípulos: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:1-4). Dios también está dispuesto a darnos la misma bendición, siempre que tengamos real interés en ella.
El Señor no cerró los depósitos celestiales después de haber derramado su Espíritu sobre los primeros discípulos. También nosotros podemos recibir la plenitud de su bendición. El cielo está lleno de los te-soros de su gracia, y los que con fe se acercan a Dios pueden reclamar todo lo que él ha prometido. Si no contamos con su poder es por la in-diferencia, el letargo espiritual y nuestra indolencia. Abandonemos la mortal formalidad (Recibiréis poder, p. 25).

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