Lunes 23 de junio: Ciudadanos del reino
Nuestra conversación, nuestro comportamiento, nuestros actos, deben ser tales que convenzan a nuestra familia, a nuestros vecinos y a todo el mundo que pronto esperamos ir a otra patria. Más que esto, nuestro ejemplo piadoso debe hacerlos pensar en la preparación que necesitan hacer para entrar en el hogar bendito.
Nuestros actos deben corresponder con nuestra fe, y nuestra fe se perfeccionará en ellos. Nuestra preparación no debe considerarse un deber o una necesidad, sino un privilegio que aceptamos con felicidad. Y si diariamente confirmamos y fortalecemos nuestra fe con nuestras obras, sabremos como controlar y restringir el apetito y los deseos ambiciosos, y armonizar nuestros pensamientos y sentimientos con la voluntad divina. No seremos esclavizados por el pecado ni negaremos nuestra fe delante de tantos testigos, por imitar al mundo y sus costumbres. La tierra a la que viajamos es más atractiva, en todo sentido, que lo que fue la tierra de Canaán para los hijos de Israel (Review and Herald, 29 de noviembre de 1881).
Vivimos en medio de las escenas finales de la historia de este mundo, y nuestra vida no puede asemejarse a la de una mariposa; como siervos de Dios debemos ser fuertes y marcar un agudo contraste entre una vida vana y una vida llena de santo propósito. Recordemos que nuestra ciudadanía está en los cielos, no en las naciones de la Tierra. Buscamos una mejor, la celestial.
Por eso se nos pide: “Salid de entre ellos y separaos”. Solo debemos acercarnos al mundo para testificar con todo fervor por Cristo y darles la advertencia y la invitación de prepararse. Y el Señor, que es la fuente de toda gracia, nos capacitará para testificar por él con toda intrepidez. Cuando nos consagramos a Dios, el Espíritu Santo nos impartirá el aceite dorado para que nuestras lámparas se mantengan brillando (Review and Herald, 16 de mayo de 1899).
Los hijos de Dios, el verdadero Israel, aunque dispersados entre todas las naciones, no son sino advenedizos en la Tierra, y su ciudadanía está en los cielos. La condición para ser recibidos en la familia del Señor es salir del mundo, separarse de todas sus influencias contaminadoras. El pueblo de Dios no debe tener vinculación alguna con la idolatría bajo cualquiera de sus formas.
Ha de alcanzar una norma más elevada. Debemos distinguirnos del mundo, y entonces Dios dirá: “Os recibiré como miembros de mi familia real, hijos del Rey celestial”. Como creyentes en la verdad debemos diferenciarnos en nuestras prácticas, del pecado y los pecadores. Nuestra ciudadanía está en el cielo. Debiéramos comprender más claramente el valor de las promesas que Dios nos ha hecho, y apreciar más profundamente el honor que nos ha dado. Dios no puede dispensar mayor honor a los mortales que el de adoptarlos en su familia, dándoles el privilegio de llamarlo Padre (La maravillosa gracia de Dios, p. 57).

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