Lunes 23 de marzo: Un brindis “a la muerte”

Si algo hace falta para apagar la sed, el agua pura tomada poco antes o después de la comida es todo lo que la naturaleza requiere. Nunca té, café, cerveza, vino o ninguna bebida alcohólica. El agua es el mejor liquido de que dispongamos para limpiar los tejidos. Haríamos bien en considerar detenidamente la lección que aquí se presenta [la de Daniel y sus compañeros]. Nuestro peligro no está en la escasez, sino en la abundancia. Constantemente estamos tentados a excedernos. Los que quieran conservar sus facultades íntegras para el servicio de Dios deben observar estricta temperancia en el uso de sus bondades, así como una total abstinencia de toda complacencia perju¬dicial o degradante (La temperancia, pp. 89. 90). La salud es una bendición cuyo valor pocos aprecian… La vida es un sagrado cometido; y solo Dios puede capacitarnos para conservarla y usarla para su gloria. Pero el que formó la maravillosa estructura del cuerpo tendrá especial cuidado de mantenerla en buenas condiciones si los hombres no se ponen en pugna con el divino proceder. Él nos ayu¬dará a aprovechar cada talento que se nos ha encomendado y a usarlo de acuerdo con la voluntad del Dador… Hay que mantener puro y sin contaminación el sagrado templo del cuerpo, para que el Santo Espíritu de Dios pueda morar en él. Debemos conserv ar fielmente la propiedad del Señor, porque cualquier exceso que cometamos con nuestras facultades acortará el tiempo en que nuestra vida pueda ser usada para gloria de Dios. Tened presente que debemos consagrar todo, alma, cuerpo y espíritu, a Dios. Todo es la propiedad que él ha adquirido, y debemos usarla con discernimiento, a fin de conservar el talento de la vida. Al usar nuestras facultades en forma conveniente y al máximo con un propósito útil, al conservar sanos nuestros órganos, al mantener nuestro organismo en buenas con¬diciones de manera que la mente, los tendones y los músculos trabajen en armonía, podemos rendir valiosísimo servicio al Señor. Cuando hacemos cuanto está de nuestra parte para estar bien de salud, podemos esperar benéficos resultados, y podemos pedir a Dios con fe que bendiga nuestros esfuerzos por conservar la salud (Dios nos cuida. p. 50). En sus milagros, el Salvador manifestaba el poder que actúa siempre en favor del hombre, para sostenerle y sanarle. Por medio de los agentes naturales. Dios obra día tras día, hora tras hora y en todo momento, para conservamos la vida, fortalecernos y restaurarnos. Cuando alguna parte del cuerpo sufre perjuicio, empieza el proceso de curación; los agentes naturales actúan para restablecer la salud. Pero lo que obra por medio de estos agentes es ef poder de Dios. Todo poder capa/ de dar vida procede de él. Cuando alguien se repone de una enfer¬medad, es Dios quien lo sana. La enfermedad, el padecimiento y la muerte son obra de un poder enemigo. Satanás es el que destruye; Dios el que restaura. Las palabras dirigidas a Israel se aplican hoy a los que recuperan la salud del cuerpo o la del alma: “Yo soy Jehová tu Sanador” (Exodo 15:26). El deseo de Dios para todo ser humano está expresado en las pala¬bras: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas cosas, y que tengas salud, asi como tu alma está en prosperidad” (3 Juan 2). “El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias” (Salmo 103:3,4). Al curar las enfermedades. Cristo decía muchas veces a los enfer¬mos: “No peques más, porque no te venga alguna cosa peor” (S. Juan 5:14). Así les enseñaba que habían atraído su dolencia sobre si al trans¬gredir las leyes de Dios, y que la salud no puede conservarse sino por medio de la obediencia (El ministerio de curación, pp. 75-77).

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