Notas de Elena | Lunes 23 de octubre 2017 | La justicia de Dios | Escuela Sabática

Lunes 23 de octubre: La justicia de Dios
Pablo se explayó especialmente en las abarcantes exigencias de la ley de Dios. Explicó que alcanza a los profundos secretos de la naturaleza moral del hombre y derrama un raudal de luz sobre lo que se ha ocultado de la vista y el conocimiento de los hombres. Lo que las manos pueden hacer o la lengua puede declarar, lo que la vida entera revela, no muestra sino imperfectamente el carácter moral del hombre. La ley discierne los pensamientos, motivos y propósitos. Las obscuras pasiones que yacen ocultas de la vista de los hombres, como el celo, el odio, la concupiscencia y la ambición, las malas acciones meditadas en las obscuras reconditeces del alma, aunque nunca se hayan realizado por falta de oportunidad: todo esto lo condena la ley de Dios.
Pablo trató de dirigir los pensamientos de sus oyentes hacia el gran sacrificio hecho por el pecado. Señaló los sacrificios que eran sombra de los bienes venideros, y presentó entonces a Cristo como la realidad prefigurada por todas esas ceremonias: el objeto al cual todas señalaban como la única fuente de vida y esperanza para el hombre caído…
Dios no puede rebajar los requerimientos de su ley para satisfacer la norma de los impíos; ni pueden los hombres, por su propio poder, satisfacer las demandas de la ley. Solamente por la fe en Cristo puede el pecador ser limpiado de sus culpas y capacitado para prestar obediencia a la ley de su Hacedor (Los hechos de los apóstoles, pp. 338, 339).
Cuán asombroso el amor que Cristo manifestó al venir al mundo a cargar con nuestros pecados y enfermedades, y caminar el sendero del
sufrimiento, a fin de mostramos por medio de su vida intachable cómo hemos de caminar, y vencer como él venció…
El mundo había perdido el modelo original de la bondad, y se había sumergido en la apostasía universal y en la corrupción moral; y la vida de Cristo fue de esfuerzo laborioso y abnegado para atraer de vuelta al hombre a su primitivo estado y para imbuirlo del espíritu de la generosidad y del amor divinos. Aunque estaba en el mundo, no era del mundo. Era un constante dolor para él estar en contacto con la enemistad, la depravación y la impureza que Satanás había producido; pero tenía una obra que hacer para poner al hombre en armonía con el plan divino, y a la tierra en relación con el cielo, y no consideraba ningún sacrificio demasiado grande para cumplir este propósito (God’s Amazing Grace, pp. 164, 165; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, p. 165).
La fe salvadora no es un mero asentimiento intelectual a la verdad. El que aguarda hasta tener un conocimiento completo antes de querer ejercer fe, no puede recibir bendición de Dios. No es suficiente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. La única fe que nos beneficiará es la que le acepta a él como Salvador personal; que nos pone en posesión de sus méritos. Muchos estiman que la fe es una opinión. La fe salvadora es una transacción por la cual los que reciben a Cristo se unen con Dios mediante un pacto. La fe genuina es vida. Una fe viva significa un aumento de vigor, una confianza implícita por la cual el alma llega a ser una potencia vencedora {El Deseado de todas las gentes, p. 312).

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