Notas de Elena | Lunes 24 de octubre 2016 | Descanso en la tumba | Escuela Sabática


Lunes 24 de octubre: Descanso en la tumba
Dios no desea que quedemos abrumados de tristeza, con el corazón angustiado y quebrantado. Quiere que alcemos los ojos y veamos su rostro amante. El bendito Salvador está cerca de muchos cuyos ojos están tan llenos de lágrimas que no pueden percibirlo. Anhela estrechar nuestra mano; desea que lo miremos con fe sencilla y que le permitamos que nos guíe. Su corazón conoce nuestras pesadumbres, aflicciones y pruebas. Nos ha amado con un amor sempiterno y nos ha rodeado de misericordia. Podemos apoyar el corazón en él y meditar a todas horas en su bondad. Él elevará el alma más allá de la tristeza y perplejidad cotidianas, hasta un reino de paz.
Pensad en esto, hijos de las penas y del sufrimiento, y regocijaos en la esperanza. “Esta es la victoria que vence al mundo… nuestra fe” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 16).
La correcta comprensión de lo que dicen las Escrituras concerniente al estado de los muertos es esencial. La Palabra de Dios declara que los muertos nada saben, su odio y su amor han desaparecido. Debemos apoyar nuestra autoridad en la segura palabra profética. A menos que estemos versados en las Escrituras corremos el riesgo de ser engañados por el tremendo poder de Satanás capaz de obrar milagros, cuando éste se manifieste en nuestro mundo, y de atribuir sus obras a Dios porque la Palabra de Dios declara que, si fuere posible, los mismos escogidos serán engañados. A menos que estemos arraigados y fundamentados en la verdad, seremos barridos por las trampas engañosas de Satanás. Debemos aferramos a nuestras Biblias. Si Satanás puede hacemos creer que en la Palabra de Dios hay cosas que no son inspiradas, entonces estará preparado para entrampar vuestras almas. Entonces no tendremos seguridad ni certidumbre precisamente en el tiempo cuando necesitaremos saber cuál es la verdad (El evangelismo, pp. 184,185).
Cristo se identificó con los seres humanos, para que éstos pudieran ser uno en espíritu y vida con él. En virtud de esta unión en obediencia a la Palabra de Dios, su vida llega a ser la vida de ellos. Cristo dice al penitente: “Yo soy la resurrección y la vida”. Para Cristo la muerte es un sueño: silencio, tinieblas, sueño. Se refiere a ella como si fuera un breve momento: “Todo aquel que vive y cree en mí —dice— no morirá eternamente”… Y para el creyente la muerte es asunto de poca importancia. Para él la muerte no es nada más que un sueño.
El mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos resucitará a su iglesia, y la glorificará con Cristo como esposa suya, por encima de todos los principados y potestades, por encima de todo nombre, no solo de este mundo, sino de los atrios celestiales, o sea, del mundo superior. La victoria de los santos que duermen será gloriosa en la mañana de la resurrección (Meditaciones matinales 1952, p. 304).

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