Lunes 28 de abril: Un tiempo de descanso y adoración (S. Lucas 4:16)
Según el cuarto mandamiento el sábado se destinó al descanso y el culto religioso. En ese día había que suspender todos los trabajos seculares; pero las palabras de misericordia y benevolencia están de acuerdo con el propósito del Señor. No han de limitarlas el tiempo y el espacio. La tarea de aliviar a los afligidos y consolar a los tristes es una obra de amor que honra el santo día del Señor.
El hombre también tiene una obra que cumplir en este día: atender las necesidades de la vida, cuidar a los enfermos, proveer a los menesterosos. No será tenido por inocente quien descuide el alivio del sufrimiento en sábado. El santo día de reposo de Dios fue hecho para el hombre, y las obras de misericordia están en perfecta armonía con su propósito. Dios no desea que sus criaturas sufran una hora de dolor que pueda ser aliviada en sábado o en cualquier otro día…
El sábado no está destinado a ser un período de inactividad inútil. La ley prohíbe el trabajo secular en el día de reposo del Señor; debe cesar el trabajo con el cual nos ganamos la vida; ninguna labor que tenga por fin el placer mundanal o el provecho es lícita en este día; pero como Dios abandonó su trabajo de creación y descansó el sábado y lo bendijo, el hombre ha de dejar las ocupaciones de su vida diaria, y consagrar esas horas sagradas al descanso sano, al culto y a las obras santas. La obra de Cristo de sanar a los enfermos estaba en perfecta armonía con la ley. Honraba el sábado.
Nuestro Salvador dictaminó que la obra de aliviar los sufrimientos es una tarea de misericordia y no una violación del sábado.
Nunca se deben descuidar las necesidades de la humanidad doliente. Con su ejemplo el Salvador nos ha demostrado que es justo aliviar el sufrimiento en sábado (Meditaciones matinales 1952, p. 238).
Ninguna otra institución confiada a los judíos propendía tan plenamente como el sábado a distinguirlos de las naciones que los rodeaban. Dios se propuso que su observancia los designase como adoradores suyos. Había de ser una señal de su separación de la idolatría, y de su relación con el verdadero Dios.
Pero a fin de santificar el sábado, los hombres mismos deben ser santos. Por la fe, deben llegar a ser partícipes de la justicia de Cristo. Cuando fue dado a Israel el mandato: “Acordarte has del día del reposo, para santificarlo”, el Señor también les dijo: “habéis de serme varones santos”. Únicamente en esa forma podía el sábado distinguir a los israelitas como adoradores de Dios (El Deseado de todas las gentes, p. 250).
El Señor se acerca mucho a su pueble en el día que él ha bendecido y santificado. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra al otro día, y una noche a la otra noche declara sabiduría”. El sábado es un monumento conmemorativo de Dios, que señala a los hombres al Creador, que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él. En las colinas eternas, en los árboles majestuosos, en todo capullo que se abre y en toda flor que florece, podemos contemplar la obra del gran Artífice Maestro. Todo nos habla de Dios y de su gloria (‘Testimonios para los ministros, p. 133,134).
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