Notas de Elena | Lunes 30 de julio del 2018 | Camino a Damasco | Escuela Sabática

Lunes 30 de julio: Camino a Damasco
Cuando los cansados viajeros se acercaban a Damasco, los ojos de Saulo descansaron con placer sobre la fértil tierra, los hermosos jardines, los huertos cargados de fruta y las frescas corrientes que avanzaban murmurando entre el verdor de los arbustos. Resultaba refrigerante contemplar tal escena después de un viaje largo y cansador en medio de un desolador desierto. Mientras Saulo con sus compañeros contemplaban todo llenos de admiración, de repente una luz más brillante que la del sol resplandeció en torno de ellos “y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón”…
Una mirada a ese glorioso ser bastó para imprimir su imagen para siempre en el alma del conmovido judío: Las palabras penetraron con fuerza arrolladora hasta su corazón. Un torrente de luz llenó las oscuras cámaras de su mente, revelándole su ignorancia y su error. Vio que mientras se imaginaba que era muy celoso en su servicio a Dios al perseguir a los seguidores de Cristo, en realidad había estado haciendo la obra de Satanás (La historia de la redención, p. 281).
Qué humillación representó para Pablo saber que todo el tiempo en que él usó sus facultades contra la verdad, pensando que estaba prestando un servicio a Dios, estaba persiguiendo a Cristo. Cuando el Salvador se reveló ante Pablo en los brillantes rayos de su gloria, quedó lleno de aborrecimiento por su obra y por sí mismo. El poder de la gloria de Cristo podría haberlo destruido; pero Pablo era un prisionero de esperanza. Quedó físicamente ciego por la gloria de la presencia de Aquel a quien había blasfemado; pero eso sucedió para que pudiera tener vista espiritual, para que pudiera ser despertado del letargo que había entorpecido y desvirtuado sus percepciones. Cuando despertó su conciencia, actuó acusándose a sí misma enérgicamente. El celo de su obra, su decidida resistencia a la luz que brillaba sobre él mediante los mensajeros de Dios, ahora producía condenación en su alma y estaba embargado de amargos remordimientos. Ya no se consideraba justo, sino condenado por la ley en pensamiento, en espíritu y en acciones. Se veía a sí mismo como pecador, completamente perdido, sin el Salvador a quien había estado persiguiendo. En los días y las noches de su ceguera tuvo tiempo para reflexionar, y se rindió ante Cristo sintiéndose impotente y sin esperanza. Solo Cristo podía perdonarlo y revestirlo de justicia (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, pp. 1057, 1058).
Cuando se hace de la Biblia un libro de texto, y se suplica fervientemente la dirección del Espíritu, y al mismo tiempo se entrega completamente el corazón para que sea santificado por la verdad, se logrará todo lo que Cristo ha prometido. Tal estudio de la Biblia ‘producirá mentes bien equilibradas. Vivificará el entendimiento y despertará las sensibilidades. La conciencia se sensibilizará; las simpatías y los sentimientos se purificarán; se creará una mejor atmósfera moral; y se impartirá un nuevo poder para resistir a la tentación (Consejos para los maestros, p. 343).
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NOTAS DE ELENA G. DE WHITE
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