Lunes 30 de junio: Revelado por el Hijo
Cristo vino al mundo para representar al Padre delante de los hombres; porque Satanás lo había presentado ante el mundo en una luz falsa. Puesto que Dios es un Dios de justicia, de terrible majestad, que tiene poder para destruir al ser humano como para preservarlo, Satanás indujo a la gente a considerarlo con temor, y a verlo como si fuera un tirano. Antes de la creación del hombre, Jesús había estado con el Padre desde las edades eternas, y vino al mundo para revelar al Padre, declarando: “Dios es amor”.
Jesús representó a Dios como un Padre bondadoso que tiene cuidado de los súbditos de su reino. Declaró que ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que el Padre lo note, y que ante su vista los seres humanos son de mucho más valor que todos los gorriones; que los mismos cabellos de sus cabezas están contados.
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, el Señor está representado no solo como un Dios justo sino también como un Padre de amor infinito […].
Satanás disfrazó el carácter del Padre con sus propios atributos, pero Cristo lo representó con su verdadero carácter de benevolencia y amor. La forma como Cristo lo representó ante el mundo fue como si se le concediera un nuevo don al ser humano […].
El Hijo de Dios declaró en términos inequívocos que el mundo se encontraba destituido del conocimiento de Dios; pero este conocimiento era del más elevado valor, y constituía su propio regalo particular, el inestimable tesoro que él trajo a este mundo (Exaltad a Jesús, p. 30).
Como legislador, Jesús ejercía la autoridad de Dios; sus órdenes y decisiones eran apoyadas por el Soberano del trono eterno.
La gloria del Padre era revelada en el Hijo […]. Estaba tan perfectamente relacionado con Dios, tan completamente imbuido de su luz, que el que había visto al Hijo, había visto al Padre. Su voz era como la voz de Dios […]. Dice: “Yo soy en el Padre y el Padre en mí”. “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (S. Juan 14:11; S. Mateo 11:27; S. Juan 14:9) (A fin de conocerle, p. 40).
¿Quién es Cristo? Es el Hijo unigénito del Dios viviente. Es, en su relación con el Padre, como una palabra que expresa el pensamiento; como un pensamiento hecho audible. Cristo es la palabra de Dios. Cristo dijo a Felipe: “El que me ha visto, ha visto al Padre”. Sus palabras eran el eco de las de Dios. Cristo era la semejanza de Dios, el resplandor de su gloria, la misma imagen de su persona.
Como un ser personal, Dios se ha revelado a sí mismo por medio de su Hijo. Jesús, el resplandor de la gloria del Padre, “la imagen misma de su sustancia”, fue hallado en la tierra en forma de hombre. Vino al mundo como un Salvador personal. Ascendió a lo alto como un Salvador personal. Intercede en las cortes celestiales como un Salvador personal. Ante el trono de Dios ministra en nuestro favor “uno semejante al Hijo del hombre” (Apocalipsis 1:13) (Hijos e hijas de Dios, p. 23).
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