Lunes 30 de marzo: “Se llamará Juan”

Dios había llamado al hijo de Zacarías a una gran obra, la mayor que hubiera sido confiada alguna vez a los hombres. A fin de ejecutar esta obra, el Señor debía obrar con él. Y el Espíritu de Dios estaría con él si prestaba atención a las instrucciones del ángel.

Juan había de salir como mensajero de Jehová, para comunicar a los hombres la luz de Dios. Debía dar una nueva dirección a sus pensamientos. Debía hacerles sentir la santidad de los requerimientos de Dios, y su necesidad de la perfecta justicia divina. Un mensajero tal debía ser santo. Debía ser templo del Espíritu de Dios. A fin de cumplir su misión, debía tener una constitución física sana, y fuerza mental y espiritual. Por lo tanto, le sería necesario dominar sus apetitos y pasiones. Debía poder dominar todas sus facultades, para poder permanecer entre los hombres tan inconmovible frente a las circunstancias que le rodeasen como las rocas y montañas del desierto (El Deseado de todas las gentes, p. 75).

Juan el Bautista, el precursor de Cristo, recibió de sus padres su primera preparación. Pasó la mayor parte de su vida en el desierto… Prefirió Juan dejar de lado los goces y lujos de la vida en la ciudad para someterse a la severa disciplina del desierto. Allí el ambiente era favorable para los hábitos de sencillez y abnegación. Allí, sin que le interrumpiera el clamor del mundo, podía estudiar las lecciones de la naturaleza, de la revelación y de la providencia… Desde la infancia se le había recordado su misión, y él había aceptado el cometido santo. La soledad del desierto le proporcionaba una grata oportunidad de escapar de una sociedad en que las sospechas, la incredulidad y la impureza lo dominaban casi todo. Desconfiaba de su propia fuerza para resistir la tentación y rehuía el contacto constante con el pecado, no fuese que hubiese de perder el sentido de su excesiva pecaminosidad (El hogar cristiano, pp. 116, 117).

El mismo acto con el cual Herodías pensó que libraría al mundo de la influencia del profeta, lo transformó en un mártir santo, no solo para sus discípulos sino para aquellos que no se habían atrevido a declararse sus seguidores. Muchos que habían escuchado su mensaje y advertencias, y que secretamente estaban convencidos de sus enseñanzas, ahora, espantados por el horrible crimen a sangre fría, se declararon públicamente sus discípulos. Herodías fracasó en su intento de silenciar la influencia de las enseñanzas de Juan; éstas habrían de extenderse generación tras generación hasta el fin del tiempo, mientras que la vida corrupta de esa mujer vengativa cosecharía solamente infamia (The Spirit of Prophecy, t. 2, p. 81).

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