Notas de Elena | Lunes 30 de octubre 2017 | ¿Deuda o Gracia? | Escuela Sabática

Lunes 30 de octubre
¿DEUDA O GRACIA?
No era suficiente que los discípulos de Jesús fuesen instruidos en cuanto a la naturaleza de su reino. Lo que necesitaban era un cambio de corazón que los pusiese en armonía con sus principios. Llamando a un niñito así, Jesús lo puso en medio de ellos; y luego rodeándole tiernamente con sus brazos dijo: “De cierto os digo, que si no os volviereis, y fuereis como niños, no entrareis en el reino de los cielos”. La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el Cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza.
Jesús volvió a explicar a sus discípulos que su reino no se caracteriza por la dignidad y ostentación terrenales. A los pies de Jesús, se olvidan todas estas distinciones. Se ve a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes, sin pensamiento alguno de casta ni de preeminencia mundanal. Todos se encuentran allí como almas compradas por la sangre de Jesús, y todos por igual dependen de Aquel que los redimió para Dios (El Deseado de todas las gentes, p. 404).
Solamente por la fe en el nombre de Cristo puede ser salvo el pecador… La fe en Cristo no es obra de la naturaleza, sino la obra de Dios en las mentes humanas, realizada en la misma alma por el Espíritu Santo, que revela a Cristo, como Cristo revelo al Padre. La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven. Con su poder justificador y santificador, está por encima de lo que los hombres llaman ciencia. Es la ciencia de las realidades eternas. La ciencia humana a menudo es engañosa, pero esta ciencia celestial nunca induce a engaño. Es tan simple que un niño puede entenderla, y sin embargo los hombres más sabios no pueden explicarla. Es inexplicable e inconmensurable, más allá de toda expresión humana.
Cuan inefable el amor que el Salvador ha manifestado hacia los hijos de los hombres. No solo quita la mancha del pecado, sino que limpia, purifica el alma y lo reviste con el manto de su propia justicia, que es sin mancha, tejido en los telares del cielo. No solo quita la maldición del pecado, además lo atrae a la unidad consigo mismo y refleja sobre el los brillantes rayos de su justicia. Es recibido por el universo celestial, aceptado en el amado Hijo de Dios. Cuanta gloria puede el hombre caído, por medio del arrepentimiento y la fe, traer de nuevo a Dios (In Heavenly Places, p. 51; parcialmente en En los lugares celestiales, p. 53).

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