Lunes 31 de marzo: Las leyes civiles de Moisés
Cristo vino a cumplir cada palabra de la Ley divina, y también a observar los preceptos y ceremonias de las instituciones mosaicas.
Al mismo tiempo, vino para hacer nuevas todas las cosas y transformarlas. La Ley de Dios había sido pervertida por los maestros judíos, quienes se consideraban celosos abogados de la Ley, pero a la vez eran sus transgresores (Manuscript Releases, t.18, p. 116).
La predicación de Juan se había posesionado tan profundamente de la nación, que exigía la atención de las autoridades religiosas.
El peligro de que se produjera alguna insurrección, inducía a los romanos a considerar con sospecha toda reunión popular, y todo lo que tuviese el menor viso de un levantamiento del pueblo excitaba los temores de los gobernantes judíos. Juan no había reconocido la autoridad del Sanedrín ni pedido su sanción sobre su obra; y había reprendido a los gobernantes y al pueblo, a fariseos y saduceos por igual. Sin embargo, el pueblo le seguía ávidamente. El interés manifestado en su obra parecía aumentar de continuo. Aunque él no le había manifestado deferencia, el Sanedrín estimaba que, por enseñar en público, se hallaba bajo su jurisdicción.
Ese cuerpo estaba compuesto de miembros elegidos del sacerdocio, y de entre los principales gobernantes y maestros de la nación. El sumo sacerdote era quien lo presidía, por lo general.
Todos sus miembros debían ser hombres de edad provecta, aunque no demasiado ancianos; hombres de saber, no solo versados en la religión e historia de los judíos, sino en el saber general.
Debían ser sin defecto físico, y hombres casados, y además, padres, pues así era más probable que fuesen humanos y considerados.
Su lugar de reunión era un departamento anexo al Templo de Jerusalén. En el tiempo de la independencia de los judíos, el Sanedrín era la corte suprema de la nación, y poseía autoridad secular tanto como eclesiástica. Aunque en el tiempo de Cristo se hallaba subordinado a los gobernadores romanos, ejercía todavía una influencia poderosa en los asuntos civiles y religiosos (El Deseado de todas las gentes, p. 106,107).
Poco después de llegar a la ciudad, el cobrador del impuesto para el templo vino a Pedro preguntando: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” Este tributo no era un impuesto civil, sino una contribución religiosa exigida anualmente a cada judío para el sostén del templo. El negarse a pagar el tributo sería considerado como deslealtad al templo, lo que era en la estima de los rabinos un pecado muy grave. La actitud del Salvador hacia las leyes rabínicas, y sus claras reprensiones a los defensores de la tradición, ofrecían un pretexto para acusarle de estar tratando de destruir el servicio del templo. Ahora sus enemigos vieron una oportunidad para desacreditarle. En el cobrador del tributo encontraron un aliado dispuesto.
Pedro vio en la pregunta del cobrador una insinuación de sospecha acerca de la lealtad de Cristo hacia el templo. Celoso del honor de su Maestro, contestó apresuradamente, sin consultarle, que Jesús pagaría el tributo (El Deseado de todas las gentes, p. 399, 400). www.EscuelaSabatica.es

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