Lunes 5 de enero: Protege tu familia
Aquel que conoce bien su propio carácter, que sabe cuál es el pecado que más fácilmente lo asedia, y las tentaciones que tienen más probabilidades de vencerlo, no debe exponerse innecesariamente e invitar la tentación colocándose en el terreno del enemigo. Si el deber lo llama a actuar en circunstancias desfavorables, recibirá ayuda, especial de Dios, lo cual lo fortificará especialmente para sostener un conflicto con el enemigo.
El conocimiento propio salvará a muchos de caer en graves tentaciones, y evitará más de una deshonrosa derrota. A fin de conocernos a nosotros mismos, es esencial que investiguemos fielmente los motivos y principios de nuestra conducta, comparando nuestras acciones con la norma de deber revelada en la Palabra de Dios (Obreros evangélicos, p. 293).
En el uso del lenguaje no hay quizá error que tanto los viejos como los jóvenes estén más listos a tolerarse a sí mismos livianamente que el de la expresión apresurada, impaciente. Creen que es excusa suficiente decir: “No estaba en guardia, y no tenía realmente intención de decir lo que dije”. Pero la Palabra de Dios no lo trata ligeramente. La Escritura dice: “¿Has visto hombre ligero en sus palabras? Más esperanza hay del necio que de él”. “Como ciudad derribada y sin muro, es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda”.
La mayor parte de las contrariedades de la vida, de sus dolores de corazón, de sus irritaciones, se deben al genio indómito. En un momento, las palabras precipitadas, apasionadas, descuidadas, pueden hacer un daño que el arrepentimiento de toda una vida no pueda reparar. ¡Oh, cuántos corazones quebrantados, amigos distanciados, vidas arruinadas por las palabras precipitadas y rudas de aquellos que podían haber proporcionado ayuda y curación! (Mensajes para los jóvenes, p. 133).
En todas nuestras pruebas, tenemos un Ayudador que nunca nos falta. Él no nos deja solos para que luchemos con la tentación, batallemos contra el mal, y seamos finalmente aplastados por las cargas y tristezas. Aunque ahora esté oculto para los ojos mortales, el oído de la fe puede oír su voz que dice: “No temas; yo estoy contigo. Yo soy ‘el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que vivo por siglos de siglos’. He soportado vuestras tristezas, experimentado vuestras luchas, y hecho frente a vuestras tentaciones. Conozco vuestras lágrimas; yo también he llorado. Conozco los pesares demasiado hondos para ser susurrados a ningún oído humano. No penséis que estáis solitarios y desamparados. Aunque en la tierra vuestro dolor no toque cuerda sensible alguna en ningún corazón, miradme a mí, y vivid. ‘Porque los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti'” (El Deseado de todas las gentes, p. 446, 447).
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