Lunes 5 de mayo: La Ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:1-8)

Al presentar las demandas vigentes de la ley, muchos han dejado de describir el infinito amor de Cristo. Los que tienen verdades tan grandes, reformas tan decisivas que presentar a la gente, no han com¬prendido el valor del sacrificio expiatorio como una expresión del gran amor de Dios al hombre. El amor a Jesús y el amor de Jesús por los pecadores fueron eliminados de la experiencia religiosa de los que han sido comisionados para predicar el evangelio, y el yo ha sido exaltado en lugar del Redentor de la humanidad. La ley ha de ser presentada a sus transgresores no como algo apartado de Dios, sino más bien como un exponente de su pensamiento y carácter. Así como la luz del sol no puede ser separada del sol, así la ley de Dios no puede ser presentada adecuadamente al hombre separada de su Autor divino. El mensajero debiera poder decir: “En la ley está la voluntad de Dios. Venid, ved por vosotros mismos que la ley es lo que Pablo declaró: ‘santa, justa y buena'”. Reprocha el pecado, condena al pecador, pero le muestra su necesidad de Cristo, en el cual hay abundante misericordia, bondad y verdad. Aunque la ley no puede remitir el castigo del pecado, sino cargar al pecador con toda su deuda, Cristo ha prometido perdón abun¬dante a todos los que se arrepienten y creen en su misericordia. El amor de Dios se extiende en abundancia hacia el alma arrepentida y creyente. El sello del pecado en el alma puede ser raído solamente por la sangre del sacrificio expiatorio. No se requirió una ofrenda menor que el sacrificio de Aquel que era igual al Padre. La obra de Cristo, su vida, humillación, muerte e intercesión por el hombre perdido, mag-nifican la ley y la hacen honorable.
Han estado desprovistos de Cristo muchos sermones predicados acerca de las demandas de la ley. Y esa falta ha hecho que la ver-dad fuera ineficaz para convertir a las almas. Sin la gracia de Cristo, es imposible dar un paso en obediencia a la ley de Dios. Por lo tan-to, ¡cuán necesario es que el pecador oiga del amor y poder de su Redentor y Amigo! Al paso que el embajador de Cristo debiera presentar claramen¬te las demandas de la ley, debiera también ha-cer comprender que nadie puede ser justificado sin el sacrificio ex-piatorio de Cristo. Sin Cristo, no puede haber sino condenación y una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego y una se-paración final de la presencia de Dios. Pero aquel cuyos ojos han sido abiertos para ver el amor de Cristo, contemplará el carácter de Dios lleno de amor y compasión. Dios no aparecerá como un ser tiránico e implacable sino como un Padre que anhela recibir en sus brazos a su hijo arrepentido. El pecador clamará con el salmista: “Como el padre se compadece de los hijos, se compa¬dece Jehová de los que le temen” (Salmo 103:13). Toda desesperación es elimi-nada del alma cuando se ve a Cristo en su verdadero carácter (Men-sajes selectos, tomo 1, pp. 435, 436).
“Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20); pues “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Median-te la ley los hombres son convencidos de pecado y deben sentirse como pecadores, expuestos a la ira de Dios, antes de que compren-dan su nece¬sidad de un Salvador. Satanás trabaja continuamente para disminuir en el concepto del hombre el atroz carácter del peca-do. Y los que pisotean la ley de Dios están haciendo la obra del gran engañador, pues están rechazando la única regla por la cual pueden definir el pecado y hacerlo ver claramente en la conciencia del transgresor. La ley de Dios llega hasta aquellos propósitos secre-tos que, aunque sean pecaminosos, con frecuencia son pasados por alto livianamente, pero que son en realidad la base y la prueba del carácter. Es el espejo en el cual ha de mirarse el pecador si quiere tener un conocimiento correcto de su carácter moral. Y cuando se vea a sí mismo condenado por esa gran norma de justicia, su si-guiente paso debe ser arrepentirse de sus pecados y buscar el per-dón mediante Cristo. Al no hacer esto, muchos tratan de romper el espejo que les revela sus defectos, para anular la ley que señala las tachas de su vida y su carácter (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 256, 257).
http://escuelasabatica.es/

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