Notas de Elena | Lunes 5 de septiembre 2016 | Debemos buscar | Escuela Sabática


Lunes 5 de septiembre:
Debemos buscar

En la religión verdadera no hay egoísmo ni exclusividad. El evangelio de Cristo es expansivo y agresivo. Se lo describe como la sal de la tierra, como la levadura transformadora, como la luz que alumbra en lugar oscuro. Es imposible que alguien retenga el amor y el favor de Dios, y disfrute de comunión con él, y no sienta responsabilidad por las almas por las cuales Cristo murió, que se encuentran en el error y las tinieblas, y que perecen en sus pecados. Si los que profesan ser seguidores de Cristo no resplandecen como luminarias en el mundo, el poder vital los abandonará y se volverán fríos y sin la semejanza de Cristo. El embrujo de la indiferencia se apoderará de ellos, junto con una mortal pereza espiritual, que los convertirá en cadáveres en lugar de representantes vivientes de Jesús. Todos debemos levantar la cruz, y asumir con modestia, humildad y sencillez intelectual los deberes que Dios nos asigna, para realizar esfuerzos personales en favor de los que nos rodean y que necesitan auxilio y luz. Todos los que acepten estos deberes gozarán de una experiencia rica y variada, sus propios corazones irradiarán fervor, y serán fortalecidos y estimulados para hacer esfuerzos renovados y perseverantes con el fin de obrar su propia salvación con temor y temblor, porque Dios es quien obra en ellos tanto el querer como el hacer según su buena voluntad (Cada día con Dios, p. 211).

La pobreza de la gente a quien somos enviados no ha de impedimos trabajar por ella. Cristo vino a esta tierra para andar y trabajar entre los pobres y los que sufrían. Ellos recibieron la mayor parte de su atención. Y hoy en día, en la persona de sus hijos, el Señor visita a los pobres y necesitados, para aligerar las cargas y aliviar el sufrimiento. Quítese el sufrimiento y la necesidad, y no tendremos ninguna forma de comprender la misericordia y el amor de Dios; no habrá forma de conocer al compasivo Padre celestial lleno de simpatía. Nunca se presenta el evangelio con un aspecto de mayor amabilidad y encanto que cuando se lleva a las regiones más necesitadas y destituidas. Es entonces cuando su luz brilla con mayor fulgor y mayor poder. La verdad de la Palabra de Dios entra en la choza del campesino; los rayos del Sol de justicia iluminan la casita del pobre, trayendo alegría al enfermo y al que sufre. Los ángeles de Dios están allí, y la fe sencilla manifestada convierte el mendrugo de pan y el vaso de agua en un banquete. El Salvador que perdona el pecado da la bienvenida al pobre y al ignorante, y les da a comer del pan que viene del cielo. Beben del agua de la vida. Aquellos que han sido detestados y abandonados son elevados por medio de la fe y el perdón a la dignidad de hijos e hijas de Dios. Elevados por encima del mundo, se sientan en los lugares celestiales con Cristo. Pueden no tener ningún tesoro terrenal, pero han encontrado la Perla de gran precio (Un llamado al evangelismo médico, p. 30).

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