Lunes 7 de abril: Las fiestas judías (S. Juan 5:1)
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (S. Juan 7: 37).
Una vez al año, durante la fiesta de las cabañas, recordaban los hijos de Israel cuando sus padres moraron en tiendas en el desierto, mientras viajaban de Egipto a la tierra de Canaán. Los servicios del último día de la fiesta eran de una solemnidad peculiar; pero el mayor interés se centralizaba en la ceremonia que conmemoraba cuando surgió agua de la roca. Había gran regocijo cuando en un vaso de oro, las aguas de Siloé eran traídas al templo por los sacerdotes, y después de haber sido mezcladas con vino eran rociadas sobre el sacrificio en el altar… En osa ocasión, por encima de toda la confusión de la multitud y los sonidos de regocijo, se oyó una voz: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Quedó en suspenso la atención de todos. Externamente todo era gozo; pero los ojos de Jesús, contemplando la escena con la más tierna compasión, vieron el alma reseca y sedienta por el agua de vida…
La benévola invitación: “Venga a mí y beba”, llega hasta nuestro tiempo a través de todos los siglos. Y podemos estar en una posición similar a la de los judíos de los días de Jesús; regocijándonos porque se nos ha abierto la fuente de la verdad, al paso que se nos permite refrescar nuestras almas sedientas con sus aguas vivas. Debemos beber…
Así como los hijos de Israel celebraban la liberación que Dios efectuó para sus padres, y la forma milagrosa en que los preservó durante su viaje de Egipto a la tierra prometida, así el pueblo de Dios debiera en la actualidad recordar con gratitud las diversas formas en que él los ha sacado del mundo, de las tinieblas del error, a la preciosa luz de la verdad… Con gratitud, debiéramos considerar las sendas antiguas y refrigerar nuestra alma con el recuerdo de la bondad amante de nuestro generoso Benefactor (A fin de conocerle, p. 107).
El Salvador había llegado a Betania solamente seis días antes de la Pascua, y de acuerdo con su costumbre había buscado descanso en la casa de Lázaro. Los muchos viajeros que iban hacia la ciudad difundieron las noticias de que él estaba en camino a Jerusalén y pasaría el sábado en Betania. Había gran entusiasmo entre la gente. Muchos se dirigieron a Betania, algunos llevados por la simpatía para con Jesús, y otros por la curiosidad de ver al que había sido resucitado…
Los informes llevados de vuelta a Jerusalén por los que visitaron Betania aumentaban la excitación. El pueblo estaba ansioso de ver y oír a Jesús. Por todas partes se indagaba si Lázaro le acompañaría a Jerusalén, y si el profeta sería coronado rey en ocasión de la Pascua. Los sacerdotes y gobernantes veían que su influencia sobre el pueblo estaba debilitándose cada vez más, y su odio contra Jesús se volvía más acerbo. Difícilmente podían esperar la oportunidad de quitarlo para siempre de su camino. A medida que transcurría el tiempo, empezaron a temer que al fin no viniera a Jerusalén. Recordaban cuán a menudo había frustrado sus designios criminales, y temían que hubiese leído ahora sus propósitos contra él y permaneciera lejos. Mal podían ocultar su ansiedad, y preguntaban entre sí: “¿Qué os parece, que no vendrá a la fiesta?” (El Deseado de todas las gentes, p. 511, 512).

(248)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*