Martes 1 de abril: Las leyes ceremoniales de Moisés
El pueblo de Dios, a quien él llamaba su especial tesoro, tenía el privilegio de contar con un doble sistema legal: el moral y el ceremonial.
El primero, que se fundamentaba en el Dios viviente, Creador del mundo, tenía como propósito que todos los seres humanos, en cada generación y hasta la eternidad, obedecieran sus preceptos. El segundo, dado por causa de la transgresión a la ley moral, y que consistía en ofrendas y sacrificios, señalaba hacia la futura redención. Ambos se distinguían claramente. La ley moral era parte esencial del plan divino para la humanidad y tan inmutable como él mismo. La ley ceremonial tenía el propósito particular de mostrar el plan de Cristo para la salvación de la raza. El sistema de sacrificios y ofrendas simbólicas fue establecido para que el pecador pudiera contemplar a Cristo como la gran Ofrenda. Pero los judíos estaban tan enceguecidos por el pecado y el orgullo, que eran muy pocos los que podían prefigurar la muerte de animales como expiación por el pecado. Por eso, cuando llegó Aquel a quien los sacrificios prefiguraban, no pudieron discernirlo. La ley ceremonial era gloriosa; era la provisión hecha por Cristo en consulta con su Padre para ejemplificar la salvación de la raza. Todo en ella señalaba a Cristo. Adán pudo ver a Cristo prefigurado en la inocente víctima que sufría por su transgresión a la Ley de Jehová. Toda esperanza de salvación dependía del momento cuando el símbolo se encontrara con la realidad; toda fe se basaba en el momento en que el tipo se encontrara con el antitipo.
Los estatutos que especificaban el deber de una persona hacia su prójimo eran instrucciones importantes que definían y simplificaban los principios de la ley moral, y tenían el propósito de ayudar a adquirir el conocimiento religioso que permitiría que el pueblo de Dios se mantuviera separado y distinguido de las naciones idólatras. Los reglamentos concernientes al matrimonio, la herencia y la imposición de una justicia estricta, eran peculiares y contrarios a las costumbres de otras naciones. Esa necesidad de preservar al pueblo de Dios de llegar a ser como las otras naciones que no amaban ni temían a Dios, también es una necesidad en esta era corrupta cuando prevalece la trangresión a la Ley de Dios y una temible idolatría. Si Israel necesitaba tal seguridad, cuanto más nosotros debemos ser guardados para no ser confundidos con los transgresores de la ley. El corazón humano es proclive a apartarse de Dios; por eso son tan necesarias la restricción y la disciplina (Review and Herald, 6 de mayo de 1875).
Aunque la ley ceremonial judía se había cumplido, y el templo estaba en ruinas, y Jerusalén iba a ser destruida, la ley de los Diez Mandamientos se mantenía viva, y viviría por las edades eternas.
El sistema de sacrificios y ofrendas había cesado cuando el símbolo se encontró con la realidad en la muerte de Cristo. La sombra dio lugar a la luz. Cuando el Cordero de Dios ofreció su ofrenda perfecta en la cruz, todas las ofrendas y sacrificios, los tipos y las sombras, dejaron de tener virtud alguna. Pero la Ley de Dios no fue crucificada con el Salvador; si así hubiera ocurrido, Satanás hubiese ganado la victoria que intentó en el cielo.
Pero fue expulsado de las cortes celestiales y ahora intenta engañar a los seres humanos con relación a la Ley de Dios. Pero esa Ley mantendrá su elevado carácter por la eternidad, así como es eterno el trono de Jehová. Cristo vino a vivir esa Ley, y declaró: “He guardado los mandamientos de mi Padre” (Review and Herald, 10 de octubre de 1899). www.EscuelaSabatica.es

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