Martes 1 de julio: El amor de nuestro Padre celestial
Juan no puede encontrar palabras adecuadas para describir el admirable amor de Dios para el hombre pecador; pero insta a todos para que contemplen el amor de Dios revelado en el amor de su Hijo unigénito. Por la perfección del sacrificio hecho por la raza culpable, los que creen en Cristo […]. pueden ser salvados de la ruina eterna. Cristo era uno con el Padre. Sin embargo, cuando el pecado entró en nuestro mundo por la transgresión de Adán, estuvo dispuesto a descender de la excelsitud de Aquel que era igual a Dios, que moraba en luz inaccesible para la humanidad, tan llena de gloria que ningún hombre podía contemplar su rostro y vivir, y se sometió a los insultos, vilipendios, sufrimientos, dolores y muerte, a fin de responder a las demandas de la inmutable Ley de Dios y establecer un camino de escape para el transgresor por medio de su muerte y de su justicia. Esta fue la obra que su Padre le dio que hiciera; y los que aceptan a Cristo, reposando plenamente sobre sus méritos, se convierten en los hijos e hijas adoptivos de Dios, son herederos de Dios y coherederos con Cristo (A fin de conocerle, p. 62).
En las misericordiosas bendiciones que nuestro Padre celestial ha derramado sobre nosotros, podemos discernir evidencias innumerables de un amor infinito y una tierna piedad muy superiores a la simpatía ansiosa de una madre por su hijo descarriado.
Cuando estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, descubrimos misericordia, ternura y perdón mezclados con equidad y justicia. En las palabras de Juan exclamamos: “Mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1). En medio del trono vemos a Uno que lleva en sus manos, pies, y costado las marcas del sufrimiento que tuvo que soportar para reconciliar al hombre con Dios, y a Dios con el hombre. La misericordia incomparable nos revela a un Padre infinito, que mora en luz inaccesible, y sin embargo está dispuesto a recibirnos mediante los méritos de su Hijo (Exaltad a Jesús, p. 243).
El amor del Padre hacia una raza caída es insondable, indescriptible y sin parangón. Este amor lo indujo a consentir dar a su Hijo unigénito para que muriera, a fin de que el hombre rebelde pudiera ser puesto en armonía con el gobierno del cielo, y pudiera salvarse de la penalidad de la transgresión. El Hijo de Dios depuso su trono real, a fin de hacerse pobre por causa de. nosotros, para que por medio de su pobreza nosotros fuéramos enriquecidos.
Llegó a ser “varón de dolores” para que pudiéramos participar de su eterno regocijo […]. Dios permitió que su amado Hijo, lleno de gracia y de verdad, descendiera de un mundo de indescriptible gloria a otro mundo viciado y agostado por el pecado, entenebrecido con las sombras de la muerte y la maldición [La maravillosa gracia de Dios, p. 79).
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