Notas de Elena | Martes 10 de enero 2017 | El Espíritu Santo y el Santuario | Escuela Sabática


Martes 10 de enero: El Espíritu Santo y el Santuario
La oración es el medio ordenado por el cielo para tener éxito en el conflicto con el pecado y desarrollar el carácter cristiano. Las influencias divinas que vienen en respuesta a la oración de fe, efectuarán en el alma del suplicante todo lo que pide. Podemos pedir perdón del pecado, el Espíritu Santo, un temperamento semejante al de Cristo, sabiduría y poder para realizar su obra, o cualquier otro don que él ha prometido; y la promesa es: “Se os dará”. Fue en el monte con Dios donde Moisés contempló el modelo de aquel maravilloso edificio donde debía morar su gloria. Es en el monte con Dios—en el lugar secreto de comunión—donde nosotros podemos contemplar su glorioso ideal para la humanidad. En todas las edades, mediante la comunión con el cielo, Dios ha realizado su propósito para con sus hijos, desarrollando gradualmente ante sus mentes las doctrinas de la gracia (Los hechos de los apóstoles, pp. 450, 451).
El Señor dio una lección importante a su pueblo de todas las épocas cuando, en el monte, dio instrucciones a Moisés acerca de la edificación del tabernáculo. Se requirió en esa obra perfección en todo detalle. Moisés era eficiente en todo el saber de los egipcios; tenía un conocimiento de Dios, y sus propósitos le habían sido revelados en visión; pero no sabía grabar ni bordar. Israel había estado sujeto a servidumbre todos los días que pasó en Egipto; aunque había entre ellos hombres ingeniosos, no habían sido instruidos en las artes singulares que eran necesarias para la edificación del tabernáculo. Sabían hacer ladrillos, pero no labrar el oro o la plata. ¿Cómo había de realizarse el trabajo? ¿Quién se bastaba para estas cosas? Estas eran preguntas que afligían la mente de Moisés. Entonces Dios mismo le explicó cómo debía hacerse el trabajo. Designó por nombre a las personas que deseaba hicieran ciertas labores. Bezaleel tenía que ser el arquitecto. Era hombre de la tribu de Judá, a la cual Dios se deleitaba en honrar. “Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Mira, yo he llamado por su nombre a Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá: y lo he henchido de espíritu de Dios, en sabiduría, y en inteligencia, y en ciencia, y en todo artificio, para inventar diseños, para trabajar en oro, y en plata, y en metal, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para obrar en toda suerte de labor. Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan: y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado”. Éxodo 31:1-6. A fin de que el tabernáculo terrenal pudiese representar el celestial, debía ser perfecto en todas sus partes, y en todo minucioso detalle, como el modelo de los cielos. Así también ha de suceder con el carácter de los que serán finalmente aceptados a la vista del cielo (Consejos para los maestros, pp. 63, 64).
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