Martes 10 de febrero: Otra vez las palabras

Cuando las almas pobres, heridas y maltratadas acuden a ustedes en busca de palabras de esperanza, deben hablarles las palabras de Cristo. ¿Rehusan ustedes dirigirles palabras amables, corteses y bonda¬dosas? Los que hablan como lo hizo Cristo nunca plantarán palabras amargas, como flechas dentadas, en el alma herida. “El Señor escuchó Y oyó”. ¿Quisiéramos tener en mente el hecho de que el Señor escucha las palabras que hablamos y que conoce el espíritu que motiva nues¬tras acciones? Cristo es la defensa de todos los que se esconden en él (Exaltad a Jesús, p. 142). Hemos de acostumbrarnos a hablar en tonos agradables, a usar un lenguaje puro y correcto, y palabras bondadosas y corteses. Las pala¬bras dulces, amables, son como el rocío y la suave lluvia para el alma. La Escritura dice de Cristo, que la gracia fue derramada en sus labios, para que pudiera “hablar en sazón palabra al cansado”. Y el Señor nos insta: “Sea vuestra palabra siempre con gracia”, “para que de gracia a los oyentes” (La voz: su educación y uso correcto, p. 192). Querida amiga: Debe producirse en usted una transformación com¬pleta, o en caso contrario será pesada en la balanza y hallada falta. En la iglesia de , especialmente las mujeres que hablan mucho, tienen una lección que aprender. “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Santiago 1:26). Muchos serán pesados en la balanza y hallados faltos en este asunto de tan gran importancia. ¿Dónde están los cristia¬nos que se van a someter a esta regla: que se van a poner de parte de Dios contra los que practican la maledicencia; que van a complacer a Dios y poner guardia, una guardia continua delante de su boca, y van a guardar la puerta de sus labios? No hable mal de nadie. No escuche ningún mal informe acerca de nadie. Porque si no hubiera oyentes, no habría maledicientes. Si alguien habla mal de otros en su presencia, no se lo permita. Rehuse escucharlo, aunque sus modales sean suaves y su voz dulce. Esa persona puede profesar aprecio, no obstante lo cual puede lanzar insinuaciones encubiertas para apuñalar el carácter en medio de la oscuridad. Evite resueltamente escuchar, aunque el murmurador insista en que se sentirá abrumado hasta que pueda hablar. ¡Abrumado, por cierto! Por un secreto maldito capaz de separar a los mejores amigos. Vayan, ustedes los abrumados, y libérense de su carga en la forma en que Dios lo indicó. Primeramente vayan y hablen con su hermano acerca de su falta entre ustedes y él solos. Si esto falla, lleven a dos amigos y háblenle en su presencia. Si estos pasos no dan resultado, entonces díganlo a la iglesia. Ni un solo incrédulo debe estar al tanto del más mínimo detalle del asunto. Comunicarlo a la iglesia es el último paso que se debe dar. No lo publiquen entre los enemigos de nuestra fe. Estos no tienen derecho a estar enterados de los asuntos de la iglesia, no sea que las debilidades y los errores de los seguidores de Cristo queden en evidencia (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 50).
http://escuelasabatica.es/

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