Martes 11 de noviembre: Las cosas “pequeñas” son las grandes

¿No deberíamos todos nosotros, jóvenes y adultos, aprender a usar en nuestra conversación, el lenguaje de los que serán trasladados al reino de Dios? ¿No debieran ser nuestras palabras, de la clase que nuestro Padre celestial escuche con placer? Como cristianos que pretendemos ser, estamos bajo la solemne obligación de revelar la verdad de nuestra profesión por medio de nuestras palabras. La lengua es un miembro pequeño, pero ¡cuánto bien puede hacer si el corazón es puro! Si damos cabida en el corazón a buenas cosas, si lo abastecemos con la ternura de Cristo, con simpatía y cortesía, esto se demostrará en las palabras que hablemos y los actos que realicemos. La luz que brilla desde la Palabra de Dios es nuestra guía. Nada puede debilitar tanto a una iglesia como el uso erróneo del talento del habla. Deshonramos a nuestro Líder, cuando nuestras palabras no son las que debieran salir de los labios de un cristiano. “Ocupaos, en vuestra salvación con temor y temblor. Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13). La calidad de nuestras obras se demuestra por nuestras palabras. Cuando nuestras palabras y obras armonizan en Cristo, demostramos que estamos consagrados a Dios, perfeccionando la santidad en su temor. A medida que entreguemos a él nuestra alma, cuerpo y espíritu, él obrará en nosotros, tanto el querer como el hacer por su buena voluntad. El amor de Cristo en el corazón, se revela por las expresiones de alabanza. Los que están consagrados a Dios lo demostrarán por su conversación santificada. Si tienen corazones puros, sus palabras serán puras, demostrando un principio elevado que obra en una dirección santificada. La mente quedará absorta en santa contemplación, y habrá un sentido de la presencia de Dios (La voz: su educación y uso correcto, p. 25). Es lo mejor para cada alma investigar cuidadosamente qué alimento mental se le ofrece para comer. Cuando los que viven para hablar vienen a usted, armados y equipados para decir: “Cuenten y nosotros lo contaremos”, deténgase y piense si la conversación dará ayuda espiritual, eficiencia espiritual, para que en comunicación espiritual pueda usted comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. “Acercándose a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Pedro 2:4). Estas palabras expresan mucho. No hemos de ser charlatanes, o chismosos, o cuenteros; no hemos de dar falso testimonio. Dios nos prohíbe ocupamos en conversaciones frívolas o necias, en hacer chistes o bromas, o en hablar palabras vanas.
Hemos de dar cuenta a Dios de lo que decimos. Seremos llevados a juicio por nuestras palabras apresuradas que no hacen bien ni al que habla ni al que oye. Hablemos todos palabras que tiendan a la edificación. Recuerde que usted tiene valor ante Dios. No permita que conversaciones vulgares o necias, o principios equivocados constituyan su experiencia cristiana (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, pp. 115, 116).

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