Notas de Elena | Martes 12 de julio 2016 | Una voz profética — I | Escuela Sabática


Martes 12 de julio: Una voz profética — I
Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra ayuda. Nuestro prójimo es toda alma que está herida y magullada por el adversario. Nuestro prójimo es todo el que pertenece a Dios.
Cualquiera que sufre es nuestro prójimo. Cualquier hijo e hija de Adán que se haya extraviado, entrampado por el enemigo de las almas, y se encuentre esclavizado por malos hábitos que agostan la virilidad de origen divino, es mi prójimo.
Nuestro prójimo no son solamente nuestros compañeros y amigos dilectos, ni los que pertenecen a nuestra iglesia, o piensan lo mismo que nosotros. Nuestro prójimo es toda la raza humana. Debemos hacer el bien a todos los hombres, y especialmente a los que pertenecen a la familia de la fe. Debemos exponer ante el mundo lo que significa cumplir la ley de Dios. Debemos amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Hoy Dios nos da la oportunidad de demostrar si amamos a nuestro prójimo. El que verdaderamente ama a Dios y a sus semejantes es el que revela misericordia hacia los pobres, enfermos, heridos y moribundos. Dios invita a todos los hombres a que emprendan esta obra que se ha descuidado, a fin de tratar de restaurar la imagen moral del Creador en la humanidad (Meditaciones matinales 1952, p. 239).
Jesús miró las inocentes víctimas de los sacrificios, y vio cómo los judíos habían convertido estas grandes convocaciones en escenas de derramamiento de sangre y crueldad. En lugar de sentir humilde arrepentimiento del pecado, habían multiplicado los sacrificios de animales, como si Dios pudiera ser honrado por un servicio que no nacía del corazón. Los sacerdotes y gobernantes habían endurecido sus corazones con el egoísmo y la avaricia. Habían convertido en medios de ganancia los mismos símbolos que señalaban al Cordero de Dios. Así se había destruido en gran medida a los ojos del pueblo la santidad del ritual de los sacrificios. Esto despertó la indignación de Jesús; él sabía que su sangre, que pronto había de ser derramada por los pecados del mundo, no sería más apreciada por los sacerdotes y ancianos que la sangre de los animales que ellos vertían constantemente (El Deseado de todas las gentes, pp. 540, 541).
La religión no ha de limitarse a las formas o ceremonias externas. La religión que proviene de Dios es la única que conducirá a Dios. A fin de servirle debidamente, debemos nacer del Espíritu divino. Esto purificará el corazón y renovará la mente, dándonos una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una obediencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto. Es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es formulada toda oración sincera, y una oración tal es aceptable para Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. Él busca adoradores tales. Espera para recibirlos y hacerlos sus hijos e hijas (El Deseado de todas las gentes, pp. 159, 160).

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