Martes 15 de julio: El Espíritu Santo es de naturaleza divina
El Consolador que Cristo prometió enviar después de su ascensión al cielo es el Espíritu en toda la plenitud de la Deidad, que pone de manifiesto el poder de la gracia divina a todos los que reciben a Cristo y creen en él como un Salvador personal.
Hay tres personas vivientes en el trío celestial: en el nombre de esos tres grandes poderes: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son bautizados los que reciben a Cristo por medio de una fe viviente, y esos poderes cooperarán con los obedientes súbditos del cielo en sus esfuerzos por vivir una nueva vida en Cristo (En lugares celestiales, p. 336).
La gloria del evangelio está reflejada en el compromiso de restaurar la imagen divina en la raza caída. La Deidad se llenó de compasión por la familia humana, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dedicaron a trabajar en el plan de redención (Review and Herald, 2 de mayo de 1912).
Debemos orar con tanto fervor por el advenimiento del Espíritu Santo, como oraron los discípulos por él en el día de Pentecostés.
Si ellos lo necesitaban en aquel tiempo, más lo necesitamos nosotros hoy. Toda clase de doctrinas falsas, herejías y engaños, está descarriando las mentes de los hombres; y sin la ayuda del Espíritu, nuestros esfuerzos por presentar la verdad divina, serán en vano.
Estamos viviendo en el tiempo del derramamiento del poder del Espíritu Santo. El Espíritu procura manifestarse mediante los instrumentos humanos, aumentando de esta manera su influencia en el mundo. Porque cualquier hombre que bebe del agua de la vida, será, “una fuente de agua que salte para vida eterna” (S. Juan 4:14); y la bendición no quedará confinada a él mismo, sino que será compartida por otros […].
Rechazar el Espíritu Santo, a través de cuyo poder vencemos la fuerza del mal, es el pecado que sobrepasa a todos los demás, porque nos separa de la fuente de nuestro poder, de Cristo, y de la comunión con él […].
La batalla entre el bien y el mal no ha disminuido en violencia desde los días del Salvador. El camino que conduce al cielo no es más suave ahora que entonces. Todos nuestros pecados deben ser abandonados. Toda complaciente indulgencia que obstruye nuestra vida religiosa debe desaparecer. El ojo derecho y la mano derecha deben ser sacrificados, si es que son motivos de ofensa.
¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestra propia sabiduría y a recibir el reino del cielo, como niñitos? ¿Estamos dispuestos a abandonar nuestra justicia propia? ¿Estamos dispuestos a sacrificar la aprobación de los hombres? El precio de la vida eterna es de valor infinito. ¿Estamos dispuestos a recibir la ayuda del Espíritu Santo, a colaborar con él, realizando esfuerzos y sacrificios proporcionales al valor del objeto que debemos alcanzar?
El corazón del hombre debe ser la morada del Espíritu Santo.
La paz de Cristo, que sobrepasa toda comprensión, debe descansar en vuestra alma, y el poder transformador de su gracia debe obrar en vuestra vida y capacitaros para las cortes de gloria (Nuestra elevada vocación, p. 157).

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