Martes 16 de diciembre: Sanidad para el alma

En su obra de enseñar y sanar, los discípulos siguieron el ejemplo de su Maestro, quien ministraba tanto al alma como al cuerpo. Su evangelio era un mensaje de vida espiritual y restauración física. Se vinculaban la liberación del pecado y la curación de la enfermedad. Y al final de su ministerio terrenal, cuando encargó a sus discípulos la solemne comisión de ir “por todo el mundo” para predicar “el evangelio a toda criatura”, declaró que su ministerio se investiría de autoridad por la devolución de la salud a los enfermos. Dijo: “Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:15, 18). Al sanar en su nombre las enfermedades del cuerpo iban a testificar de su poder para sanar el alma… Este mundo es un vasto lazareto, pero Cristo vino para sanar a los dolientes, proclamar la liberación de los cautivos de Satanás. Era en sí mismo la salud y la fuerza. Impartió su vida a los enfermos, a los afligidos, a los poseídos de los demonios. Sabía que muchos de los que le pedían ayuda habían atraído la enfermedad sobre sí mismos; sin embargo no se negaba a curarlos. Y cuando la virtud de Cristo entraba en esas pobres almas, se convencían del pecado, y muchos eran sanados de su enfermedad espiritual tanto como de sus dolencias físicas (Consejos para los maestros, pp. 451, 452). Se necesitaba nada menos que un poder creador para devolver la salud a ese cuerpo decaído. La misma voz que infundió vida al hombre creado del polvo de la tierra, la infundió al paralítico moribundo. Y el mismo poder que dio vida al cuerpo, renovó el corazón. Aquel que en la creación “dijo, y fue hecho”; que “mandó, y existió” (Salmo 33:9), infundió vida al alma muerta en transgresiones y pecados. La curación del cuerpo era prueba evidente del poder que había renovado el corazón… El paralítico encontró en Cristo curación para su alma y para su cuerpo. Necesitaba la salud del alma antes de poder apreciar la salud del cuerpo. Antes de poder sanar la enfermedad física,
Cristo tenía que infundir alivio al espíritu y limpiar el alma de pecado. No hay que pasar por alto esta lección. Actualmente miles que adolecen de enfermedades físicas desean, como el paralítico, oír el mensaje: “Tus pecados te son perdonados”. La carga del pecado, con su desasosiego y sus deseos nunca satisfechos, es la causa fundamental de sus enfermedades. No podrán encontrar alivio mientras no acudan al Médico del alma. La paz que él solo puede dar devolverá el vigor a la mente y la salud al cuerpo (El ministerio de curación, pp. 51, 52).
“Confesaos vuestras faltas unos a otros, y rogad los unos por los otros, para que seáis sanos; la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho” (Santiago 5:16). En la palabra de Dios encontramos instrucción respecto a la oración especial para el restablecimiento del enfermo. Pero el acto de dirigir semejante oración es de lo más solemne, y no debe hacerse sin la debida consideración… Sabemos que Dios nos oye si le pedimos conforme a su voluntad; pero el importunarle sin espíritu de sumisión no está bien: nuestras oraciones tienen que revestir la forma, no de orden, sino de intercesión (La fe por la cual vivo, p. 317).
http://escuelasabatica.es/

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