MARTES 16 DE JULIO: JESÚS Y LA PALABRA
Ningún hombre, mujer o joven, podrá lograr la perfección cristiana si descuida el estudio de la Palabra de Dios. Al estudiar cuidadosa y atentamente su Palabra, obedeceremos la orden de Cristo: “Escudriñad las Escrituras” […]. El estudio capacita al que lo efectúa a observar atentamente el Modelo divino, pues ellas testifican de Cristo. El Modelo debe ser examinado a menudo y con toda atención a fin de imitarlo. A medida que uno llega a dominar la historia del Redentor, descubre en sí mismo defectos de carácter; su falta de semejanza a Cristo es tan grande que ve que no puede ser un seguidor de él sin efectuar un gran cambio en su vida. Continúa estudiando, con un deseo de ser igual a su gran Ejemplo […], observando se transforma.
Todas las filosofías de la naturaleza humana han venido a parar en confusión y vergüenza, siempre que Dios ha dejado de ser reconocido como todo en todo. Pero la preciosa fe inspirada de Dios comunica fuerza y nobleza de carácter. Al espaciarse en su bondad, su misericordia y su amor, la percepción de la verdad se hará cada vez más clara; el deseo de la pureza de corazón y de la claridad de pensamiento se hará también más elevado y más santo. Moviéndose el alma en la pura atmósfera de santos pensamientos, se transforma por su comunión con Dios mediante el estudio de su Palabra. La verdad es tan amplia, de tanto alcance, tan profunda, tan ancha, que se pierde uno a sí mismo de vista. El corazón se ablanda y se rinde a la humildad, la bondad y el amor (La fe por la cual vivo, p. 225).
Se necesita disciplina de espíritu y pureza de corazón y pensamiento. Son de más valor que los brillantes talentos, el tacto o el conocimiento. Una mente común, educada para obedecer un “así dice Jehová”, está mejor calificada para hacer la obra de Dios que las de aquellos que tienen capacidad, pero no la emplean correctamente […]. Los hombres se pueden enorgullecer de su conocimiento relativo a las cosas mundanas; pero si no tienen un conocimiento del verdadero Dios, de Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, son lamentablemente ignorantes y su conocimiento perecerá con ellos. El conocimiento secular implica poder; pero el conocimiento de la Palabra, que tiene una influencia transformadora sobre la mente humana, es imperecedero. Es conocimiento santificado (Maranata: El Señor viene!, p. 61).
A medida que uno se familiariza con la historia del Redentor, descubre en sí mismo serios defectos […], comprende las miras y el espíritu de su amado Maestro, “Mirando a Jesús, el Autor y consumador de nuestra fe”, nos transformamos a su misma imagen. No imitamos la vida de Jesús al mirar lejos de él; sino al hablar de él, al vivir en su perfección, al tratar de refinar el gusto y elevar el carácter, al procurar acercarnos al Modelo perfecto por medio de la fe y el amor, y el esfuerzo decidido y perseverante. Al conocer a Cristo, su Palabra, sus hábitos y sus lecciones, nos apropiamos de las virtudes manifestadas en el carácter que hemos estudiado tan profundamente, y nos imbuimos del espíritu que tanto hemos admirado (Hijos e hijas de Dios, p. 343).

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