Martes 17 de junio: De Abraham a Moisés
Después de la dispersión de Babel, la idolatría llegó a ser otra vez casi universal, y el Señor dejó finalmente que los transgresores empedernidos siguiesen sus malos caminos, mientras elegía a Abraham del linaje de Sem, a fin de hacerle depositario de su ley para las futuras generaciones.
Abraham se había criado en un ambiente de superstición y paganismo. Aun la familia de su padre, en la cual se había conservado el conocimiento de Dios, estaba cediendo a las seductoras influencias que la rodeaban, “y servían a dioses extraños” (Josué 24:2), en vez de servir a Jehová. Pero la verdadera fe no había de extinguirse. Dios ha conservado siempre un remanente para que le sirva. Adán, Set, Enoc, Matusalén, Noé, Sem, en línea ininterrumpida, transmitieron de generación en generación las preciosas revelaciones de su voluntad. El hijo de Taré se convirtió en el heredero de este santo cometido. Por doquiera le invitaba la idolatría, pero en vano. Fiel entre los fieles, incorrupto en medio de la prevaleciente apostasía, se mantuvo firme en la adoración del único Dios verdadero. “Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Salmo 145:18). Él comunicó su voluntad a Abraham, y le dio un conocimiento claro de los requerimientos de su ley, y de la salvación que alcanzaría mediante Cristo (Patriarcas y profetas, p. 117).
Los ángeles le comunicaron a Abrahán la voluntad de Dios, y Cristo mismo le dio un conocimiento específico de su ley moral y de la gran salvación que él ofrecería al mundo. Abrahán fue elegido por Dios para preservar la verdad en medio del pecado y la corrupción; fue dotado con bendiciones especiales por haber sido fiel en guardar sus mandamientos, y su familia fue elegida como un tesoro peculiar. Sin embargo sus descendientes dejaron de adorar al Dios verdadero, se mezclaron con las naciones que no temían ni respetaban a Dios, y gradualmente imitaron sus costumbres, hasta que Dios permitió que siguieran los engaños de sus propios corazones corruptos (Review and Herald, 29 de abril de 1875).
Abraham era un hombre favorecido de Dios. El Señor dijo: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio” (Génesis 18:19). Abraham fue honrado por Dios porque cultivó la religión en la familia e hizo que el temor de Dios penetrase en toda su casa. Es Dios quien dice: “Yo sé que él mandará”, es decir, que de su parte no habrá traición del cometido sagrado; no cederá ante nadie, sino ante Dios; hay una ley, y Abraham la guardará; ninguna emoción ciega empañará su sentido del bien ni se impondrá entre Dios y las almas de sus hijos; ese tiempo de indulgencia, que es la crueldad más atroz, no hará que Abraham se extravíe (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 516, 517).
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