Martes 18 de noviembre: Causa de guerras y conflictos

Ha llegado la hora de hacer una reforma completa. Cuando ella principie, el espíritu de oración animará a cada creyente, y el espíritu de discordia y de revolución será desterrado de la iglesia. Aquellos que no hayan vivido en comunión con Cristo se acercarán unos a otros. Un miembro que trabaje en una buena dirección invitará a otros miembros a unirse a él para pedir la revelación del Espíritu Santo. No habrá confusión, porque todos estarán en armonía con el pensamiento del Espíritu. Las barreras que separan a los creyentes serán derribadas, y todos los siervos de Dios dirán las mismas cosas. El Señor trabajará con sus siervos. Todos pronunciarán de una manera inteligente la oración que Cristo les ha enseñado: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10) (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 255).
Los que han sido designados para cuidar los intereses espirituales de la iglesia deben esmerarse por ser un buen ejemplo sin dar ocasión a la envidia, los celos o las sospechas y manifestar siempre el mismo espíritu de amor, respeto y cortesía que desean estimular en sus hermanos. Deben prestar diligente atención a las instrucciones de la Palabra de Dios. Refrénese toda manifestación de animosidad o falta de bondad; arránquese toda raíz de amargura. Cuando se levantan dificultades entre hermanos, debe seguirse estrictamente la regla del Salvador. Debe hacerse todo esfuerzo posible para efectuar una reconciliación, pero si las partes persisten obstinadamente en su divergencia, deben ser suspendidas hasta que puedan armonizar.
Si se presentan pruebas en la iglesia, examine cada miembro su propio corazón para ver si la causa de la dificultad no reside en él. Por el orgullo espiritual, el deseo de dominar, el anhelo ambicioso de honores o puestos, la falta de dominio propio, por satisfacer una pasión o el prejuicio, por la inestabilidad o falta de juicio, la iglesia puede ser perturbada, y su paz sacrificada… Los cristianos considerarán que se cumple un deber religioso al reprimir el espíritu de envidia o rivalidad. Deben regocijarse en la reputación superior o prosperidad de sus hermanos, aun cuando su propio carácter o progreso parezcan quedar en la sombra. Fueron el orgullo y la ambición albergados en el corazón de Satanás los que le desterraron del cielo. Estos males están profundamente arraigados en nuestra naturaleza caída, y si no se suprimen predominarán sobre toda cualidad buena y noble, y producirán la envidia y la disensión como funestos frutos.
Debemos buscar la verdadera bondad más bien que la grandeza. Los que poseen el ánimo de Cristo tendrán humilde opinión de sí mismos. Trabajarán por la pureza y prosperidad de la iglesia, y estarán listos para sacrificar sus propios intereses y deseos antes que causar disensión entre sus hermanos.
Satanás está tratando constantemente de sembrar desconfianza, enajenamiento y malicia entre el pueblo de Dios. Con frecuencia estaremos tentados a sentir que nuestros derechos han sido invadidos, sin que haya verdadera causa para tener esos sentimientos. Los que se aman a sí mismos más que a Cristo y su causa, pondrán sus intereses en primer lugar, y recurrirán a casi cualquier expediente para guardarlos y mantenerlos. Cuando se consideren perjudicados por sus hermanos, algunos acudirán a los tribunales, en vez de seguir la regla del Salvador.
Aún muchos de los que parecen cristianos concienzudos son disuadidos por el orgullo y la estima propia de ir privadamente a aquellos a quienes creen errados, para hablar del asunto con el espíritu de Cristo y orar uno por otro. Las contenciones, disensiones y pleitos entre hermanos deshonran la causa de la verdad. Los que siguen tal conducta exponen a la iglesia al ridículo de sus enemigos, y hacen triunfar las potestades de las tinieblas. Están abriendo de nuevo las heridas de Cristo y exponiéndole al oprobio. Desconociendo la autoridad de la iglesia, manifiestan desprecio por Dios, quien dio su autoridad a la iglesia (Joyas de los testimonios, tomo 2, pp. 82-84).
http://escuelasabatica.es/

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