Martes 2 de diciembre: El clamor de los pobres
Por medio de la parábola del hombre rico, Cristo demostró la necesidad de aquellos que hacen del mundo toda su ambición. Este hombre lo había recibido todo de Dios. El sol había brillado sobre sus propiedades, porque sus rayos caen sobre el justo y el injusto. Las lluvias del cielo descienden sobre el malo y el bueno. El Señor había hecho prosperar la vegetación, y producir abundantemente los campos. El hombre rico estaba perplejo porque no sabía qué hacer con sus productos. Sus graneros estaban llenos hasta rebosar, y no tenía lugar en que poner el excedente de su cosecha. No pensó en Dios, de quien proceden todas las bondades. No se daba cuenta de que Dios lo había hecho administrador de sus bienes, para que ayudase a los necesitados. Se le ofrecía una bendita oportunidad de ser dispensador de Dios, pero solo pensó en procurar su propia comodidad.
Este hombre rico podía ver la situación del pobre, del huérfano, de la viuda, del que sufría y del afligido; había muchos lugares donde podía emplear sus bienes. Hubiera podido librarse fácilmente de una parte de su abundancia y al mismo tiempo aliviar a muchos hogares de sus necesidades, alimentar a muchos hambrientos, vestir a los desnudos, alegrar a más de un corazón, ser el instrumento para responder a muchas oraciones por las cuales se pedía pan y abrigo, y una melodía de alabanza hubiera ascendido al cielo. El Señor había oído las oraciones de los necesitados, y en su bondad había hecho provisión para el pobre. En las bendiciones conferidas al hombre rico, se había hecho amplia provisión para las necesidades de muchos. Pero él cerró su corazón al clamor del necesitado, y dijo a sus siervos: “Esto haré; derribaré mis alfolíes, y los edificaré mayores, y allí juntaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años; repósate, come, bebe, huélgate” […].
Pero “la sabiduría de este mundo es necedad para con Dios”. Mientras el hombre rico espera disfrutar de años de placer en lo futuro, el Señor hace planes muy diferentes. A este mayordomo infiel le llega el mensaje: “Necio, esta noche vuelven a pedir tu alma”. Esta era una demanda que el dinero no podía suplir. La riqueza que él había atesorado no podía comprar la suspensión de la sentencia. En un momento, aquello por lo cual se había afanado durante toda su vida, perdió su valor para él (Palabras de vida del gran Maestro, p. 201, 202).

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