Martes 21 de octubre: La ley de la libertad

Los demás no pueden leer nuestros corazones pero pueden observar nuestras vidas, examinar nuestras acciones, comparar nuestros modales y pesarlas en la balanza del juicio humano. Somos, “espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1 Corintios 4:9). Puede parecemos que podemos estudiar nuestro propio corazón y adecuar nuestras acciones a nuestras propias reglas; pero este no es el caso, porque entonces, en lugar de reformamos, nos llevará a deformamos. La obra debe comenzar en el corazón; entonces las palabras, las expresiones del rostro, el espíritu y las acciones de la vida manifestarán que se ha producido un cambio. Mediante la gracia de Cristo, la que él ofrece abundantemente, somos cambiados. El carácter es santificado, la vida interior se fortalece, y la conducta se comporta de acuerdo con la voluntad de Dios. Debe cultivarse la humildad para sentir nuestra debilidad y comprender nuestra dependencia de Dios. Debemos recordar que hemos sido comprados con el precio de la sangre del Hijo de Dios, y cada facultad de nuestro ser debe ser puesta en cautividad a Cristo para poder glorificarlo (The Youth’s Instructor, 31 de agosto de 1893).
Toda verdadera obediencia proviene del corazón. La de Cristo procedía del corazón. Y si nosotros consentimos, se identificará de tal manera con nuestros pensamientos y fines, amoldará de tal manera nuestro corazón y mente en conformidad con su voluntad, que cuando le obedezcamos estaremos tan solo ejecutando nuestros propios impulsos. La voluntad, refinada y santificada, hallará su más alto deleite en servirle. Cuando conozcamos a Dios como es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia. Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado llegará a sernos odioso (El Deseado de todas las gentes, p. 621).
El hombre que trata de guardar los mandamientos de Dios solamente por un sentido de obligación —porque se le exige que lo haga— nunca entrará en el gozo de la obediencia. El no obedece. Cuando los requerimientos de Dios son considerados como una carga porque se oponen a la inclinación humana, podemos saber que la vida no es una vida cristiana. La verdadera obediencia es el resultado de la obra efectuada por un principio implantado dentro. Nace del amor a la justicia, el amor a la ley de Dios. La esencia de toda justicia es la lealtad a nuestro Redentor. Esto nos inducirá a hacer lo bueno porque es bueno, porque el hacer el bien agrada a Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 70).
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