Notas de Elena | Martes 22 de agosto 2017 | Yo me hice como ustedes | Escuela Sabática

Martes 22 de agosto: Yo me hice como ustedes
Lo que hizo el apóstol Pablo al encontrarse con los filósofos de Atenas encierra una lección para nosotros. Al presentar el evangelio ante el tribunal del Areópago, Pablo contestó a la lógica con la lógica, a la ciencia con la ciencia, a la filosofía con la filosofía. Los más sabios de sus oyentes quedaron atónitos. No podían rebatir las palabras de Pablo. Pero este esfuerzo dio poco fruto. Escasos fueron los que aceptaron el evangelio. En lo sucesivo Pablo adoptó un procedimiento diferente. Prescindió de complicados argumentos y discusiones teóricas, y con sencillez dirigió las miradas de hombres y mujeres a Cristo, el Salvador de los pecadores. Escribiendo a los Corintios acerca de su obra entre ellos, dijo:
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con altivez de palabra, o de sabiduría, a anunciaros el testimonio de Cristo. Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado. … Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder; para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios” (1 Corintios 2:1-5) (Ministerio de curación, pp. 164, 165).
Jesús mismo nunca compró la paz por la transigencia. Su corazón rebosaba de amor por toda la familia humana, pero nunca fue indulgente con sus pecados. Amaba demasiado a los seres humanos para guardar silencio mientras éstos seguían una conducta funesta para sus almas, las almas que él había comprado con su propia sangre. Él trabajaba para que el hombre fuese fiel a sí mismo, fiel a su más elevado y eterno interés. Los siervos de Cristo son llamados a hacer la misma obra, y deben velar, no sea que al tratar de evitar la discordia, traicionen la verdad. Han de seguir “lo que hace a la paz,” (Ro-manos 14:19) pero la verdadera paz no puede obtenerse traicionando los buenos principios. Y ningún hombre puede ser fiel a estos principios sin excitar oposición. Un cristianismo espiritual recibirá la oposición de los hijos de la desobediencia. Pero Jesús dijo a sus discípulos: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar”. Los que son fieles a Dios no necesitan temer el poder de los hombres ni la enemistad de Satanás. En Cristo está segura su vida eterna. Lo único que han de temer es traicionar la verdad, y así el cometido con que Dios los honró (El Deseado de todas las gentes, p. 322).
No transijáis con el mal. Haced frente con valor a las peligrosas influencias que se levanten. No temáis los resultados de resistir a los poderes del enemigo…
A menos que estemos individualmente bien despiertos para discernir las obras del Espíritu Santo, ciertamente tropezaremos y cae-remos en los abismos de incredulidad de Satanás. Exhorto a nuestros hermanos a que velen, como fíeles pastores y guardianes, sobre los inexpertos que están expuestos a los engaños de influencias seductoras. Mantened una continua y atenta vigilancia para evitar las ro-cas y arenas movedizas que amenazan destruir la fe en los mensajes que Dios ha dado para nosotros en este tiempo (Mensajes selectos, t. 1, p. 199).

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