Martes 24 de junio: La fe y la Ley
Dios, en su amor y su justicia, ha provisto un único camino, uno solo, para que el ser humano pueda ser salvado de la separación eterna de Dios y del cielo: la fe en Cristo y, mediante él, la obediencia a su ley. Cuando el Espíritu de Dios opera en el corazón humano, nunca nos lleva a despreciar la Ley de Jehová; por el contrario, iluminados por su divina influencia, veremos con reverencia la majestad de sus requerimientos, lo terrible que es el pecado, y las inevitables penalidades que caerán sobre el transgresor.
“Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). Es a este refugio que el alma arrepentida se acerca para rogar por los méritos de la sangre del Salvador. Sin embargo, aunque el pecador arrepentido encuentra salvación por medio de la sangre de Cristo, él no excusa el pecado, y nadie encontrará paz, seguridad, y genuina esperanza, si ignora los reclamos de la Ley de Dios y la traspasa.
Confiar en las buenas obras y propósitos para salvarse sería una insensatez; suponer que unas pocas obras de beneficencia o el cumplimiento de un deber pueden cancelar una vida entera de pecado, sería aceptar una trampa satánica que intenta nublar las percepciones morales y creer que el ser humano se puede salvar por sus propios méritos (Signs of the Times, 15 de diciembre de 1887).
Mediante Jesús, la misericordia de Dios fue manifestada a los hombres; pero la misericordia no pone a un lado la justicia. La ley revela los atributos del carácter de Dios, y no podía cambiarse una jota o una tilde de ella para ponerla al nivel del hombre en su condición caída. Dios no cambió su ley, pero se sacrificó, en Cristo, por la redención del hombre. “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí”.
La ley requiere justicia, una vida justa, un carácter perfecto; y esto no lo tenía el hombre para darlo. No puede satisfacer los requerimientos de la santa Ley de Dios. Pero Cristo, viniendo a la Tierra como hombre, vivió una vida santa y desarrolló un carácter perfecto. Ofrece éstos como don gratuito a todos los que quieran recibirlos. Su vida reemplaza la vida de los hombres. Así tienen remisión de los pecados pasados, por la paciencia de Dios.
Más que esto, Cristo imparte a los hombres atributos de Dios. Edifica el carácter humano a la semejanza del carácter divino y produce una hermosa obra espiritualmente fuerte y bella.
Así la misma justicia de la ley se cumple en el que cree en Cristo.
Dios puede ser “justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”.
El amor de Dios ha sido expresado en su justicia no menos que en su misericordia. La justicia es el fundamento de su trono y el fruto de su amor. Había sido el propósito de Satanás divorciar la misericordia de la verdad y la justicia. Procuró demostrar que la justicia de la Ley de Dios es enemiga de la paz. Pero Cristo demuestra que en el plan de Dios están indisolublemente unidas; la una no puede existir sin la otra. “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron Por su vida y su muerte, Cristo demostró que la justicia de Dios no destruye su misericordia, que el pecado podía ser perdonado, y que la ley es justa y puede ser obedecida perfectamente.
Las acusaciones de Satanás fueron refutadas. Dios había dado al hombre evidencia inequívoca de su amor (El Deseado de todas las gentes, p. 710, 711).
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